Cuando el primo se quedó a dormir en mi cuarto y me chupó la verga hasta que me corrí en su boca

Cuando el primo se quedó a dormir en mi cuarto y me chupó la verga hasta que me corrí en su boca

@renata_sol ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (10) · 154 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que Renato me dijo que me gustaba su cuerpo, yo reí como si me hubiera caído una cerveza encima: una risa forzada, nerviosa, con la lengua pegándome al paladar. Él solo se encogió de hombros y se metió otra cucharada de helado de vainilla con chocolate líquido, sentado en el sofá de la sala, los muslos separados, las manos grandes y morenas como el café recién hecho. Éramos primos, sí. Pero de los que no se ven mucho: yo vivía en Guadalajara, él en Monterrey, y cada navidad o verano nos veíamos como si fuera un deber familiar. Pero este verano fue diferente. Porque mi tía Rosa —su mamá— se fue a Cancún con su nueva pareja, y Renato, que acababa de terminar la carrera de ingeniería y andaba desempleado, se quedó en mi casa hasta que consiguiera algo.

Mi casa era pequeña, de dos habitaciones: una mía, otra de mis papás que ya no usaban (ellos dormían en la de al lado, en un cuarto que habían acondicionado cuando se volvieron viejos y ciegamente cariñosos). La habitación de mis padres tenía cama Queen, y la mía, una sencilla soltera, con un colchón que ya no daba para más. Cuando Renato dijo, con su voz ronca y esa sonrisa que tenía de cuando le gustaba algo pero no lo decía directo —“¿Y dónde duermo, primo?”,— yo sentí un cosquilleo en la entrepierna que no era por el calor de julio.

—Tu habitación tiene espacio para un colchón inflable —dije, como si no me temblara la voz.

—Sí, pero ¿y si dormimos juntos? —dijo, y me miró de una forma que hizo que mis orejas se encendieran—. Como cuando éramos chavos, ¿no? Solo para ahorrar espacio.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia. Pero por dentro, me latía el corazón como si me hubiera bebido dos litros de mezcal puro.

Esa noche, después de ver una peli de acción en la tele —él con una cerveza en la mano, yo con una coca fría—, me dijo: —¿Tienes algo de ropa para dormir? Porque yo solo traje shorts y playera.

—Sí, hay uno viejo de mi papá, pero te quedará gigante.

—Me da igual —dijo, y se levantó con esa postura de hombre que sabe que tiene cuerpo y lo usa sin pedir permiso.

Entramos a mi cuarto, y la verdad es que no hubo ningún dramatismo. Fue como entrar a un cuarto cualquiera. Pero cuando se quitó la playera, y vi su torso, todo cambió.

Renato siempre había sido alto y musculoso, pero ahora tenía los hombros anchos, el pecho cubierto de vello fino pero denso, y un ombligo que parecía hecho para que le metieran la lengua. Me di cuenta de que lo estaba mirando fijo, y bajé la mirada como una chavala de 15 años. Pero él no hizo ruido. Solo se metió al baño a bañarse, y yo me quedé ahí, sentado en la cama, con las manos en las rodillas, sintiendo el calor de la verga que se me levantaba sin pedir permiso.

Cuando salió, estaba envuelto en una toalla, el agua still gota a gota en su cuello, en sus pechos, en el vello del pecho. Se secó con la otra toalla que le di, sin prisa, como si estuviera solo, como si no supiera que yo lo estaba viendo.

—¿Te paso pijama o no? —le pregunté, con la voz ronca.

—No, así me siento como en casa —dijo, y se acostó en la cama, de lado, con la toalla enrollada en la cadera. Y yo me acosté del otro lado, con la espalda pegada a la pared, a dos palmos de distancia.

No dijimos nada por un rato. Solo escuchamos el ruido del ventilador en el techo y el crujido del colchón cuando él se volteó hacia mí.

—¿Te importa si me toco un poco? —dijo, con voz baja, casi un susurro—. Me siento raro, primo. Como si estuviera dormido y no lo supiera.

Me giré a mirarlo. Sus ojos estaban oscuros, brillantes. Y entonces, con una lentitud que me partió el alma, soltó la toalla.

No fue un gesto provocativo. Fue un gesto natural. Como cuando uno se estira después de dormir. Pero al hacerlo, su verga salió a la luz: gruesa, morena, con la punta ligeramente rojiza, colgando un poco hacia el lado, pero firme. Y la piel de sus nalgas, redondeadas, tersas, con ese lunar que siempre tuvo en la nalga izquierda. Me recordó cuando teníamos 12 años y jugábamos fútbol en la calle, y él se caía y se raspaba las rodillas. Pero ahora no era un chavalo. Era un hombre. Y su cuerpo lo decía todo.

—¿Tienes condón? —pregunté, sin poder evitarlo.

—No —dijo, y me sonrió—. Pero no vamos a coger. Solo… estar.

Me acerqué. Lento. Como si temiera que si corría, él desaparecería. Me acerqué hasta que sentí su aliento en la cara. Y entonces, con la mano que aún no sabía si era mía o de él, le toqué el muslo. Su piel estaba cálida, suave, con un olor a jabón y sudor ligero.

—¿Te gusta? —me susurró.

—Sí —dije, sin vergüenza.

—Yo también te gusto, primo —dijo, y me tomó la mano, y la puso sobre su verga.

La primera vez que sentí su piel contra la mía fue como una descarga. La verga era dura, pesada, pulsando en mi palma. Le acaricié el tronco con la yema de los dedos, despacio, como si le estuviera leyendo la piel. Y entonces él se inclinó, y con la lengua me lamió la oreja. Me dio un escalofrío.

—¿Quieres que te chupe? —me preguntó, y sus labios rozaron mi cuello.

—Sí —dije, y me desabroché los shorts.

Me bajó la ropa hasta las rodillas, y cuando vi su mirada mientras me veía la verga, sentí un calor en la entrepierna que me hizo temblar. Estaba bien: gruesa, erguida, con la cabeza hinchada, la punta brillante por el pre-cum que ya empezaba a salir.

Renato no dudó. Se puso de rodillas frente a mí, con una naturalidad que me hizo sentir que lo habíamos hecho antes. Me abrió las piernas con las manos, y entonces bajó la cabeza. Su boca se cerró sobre mi glande como si naciera para eso. Me dio un estremecimiento tan fuerte que tuve que agarrarme de la sábana.

—Joder, Renato —susurré.

Y entonces empezó. No con prisa. No con fuerza. Con un ritmo lento, profundo, como si estuviera saboreando cada centímetro. Me chupaba el glande con la boca húmeda, la lengua girando en círculos, y luego bajaba hasta la base, donde el vello empezaba, y lo chupaba todo, con ese sonido húmedo y cariñoso que solo un buen chupetón sabe hacer.

Me incliné hacia atrás, con la cabeza contra la pared, y lo vi mientras me cogía. Su boca estaba llena de mi verga, sus ojos cerrados, las cejas ligeramente fruncidas, como si estuviera concentrado en algo muy serio. Y era serio. Porque Renato no hacía nada a la mitad.

Me agarró las nalgas con las manos, y las apretó, y me las separó, y volvió a meterse la verga entera en la boca. Me dio una sensación de plenitud tan intensa que sentí que me iba a correr enseguida. Pero no. Me controlé. Porque quería verlo. Quería que me siguiera chupando. Quería sentirlo todo.

—Renato —le dije, con la voz rota—. No te detengas.

Y él no se detuvo. Me chupaba, me lamía, me tragaba la punta con su garganta, y cuando sentí que me corría, que mis piernas temblaban y que el orgasmo me subía por la espina dorsal, él me tomó las caderas y me hizo mirarlo. Me miró a los ojos mientras lo hacía.

Y entonces me corrí.

No fue un chorro suave. Fue una descarga fuerte, caliente, que salió de mi verga como una manguera abierta. Él tragó todo. Me lo tragó con la boca abierta, con la nariz pegada a mi vello púbico, y cuando terminé, me lo chupó todo, hasta que no salió ni una gota.

Se limpió la boca con el dorso de la mano, y me miró con esa sonrisa que siempre tuvo cuando le gustaba algo. Pero ahora era distinta. Era más profunda. Más sincera.

—Tú sí que sabes hacerlo bien, primo —dijo.

—Y tú sí que sabes chupar, Renato —le respondí, y le acaricié el pelo.

Y entonces, sin decir nada más, me acosté, y él se acostó detrás de mí. Me puso un brazo sobre la cintura, y me besó el cuello.

—¿Nos dormimos así? —me preguntó.

—Sí —dije, y me giré a mirarlo—. Pero mañana, ¿me dejas chuparte?

Renato rió, bajo, y me besó la frente.

—Claro, primo. Mañana te dejo chuparte. Y después te dejo cogerme.

Y me dormí con su aliento en la nuca, y su verga dura contra mi nalga, y con la certeza de que nada volvería a ser igual.

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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.

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