Cuando el jefe me cogió en su escritorio
4 minCuando el jefe me cogió en su escritorio
La puerta del despacho se cerró con un clic seco tras él. El aire se volvió denso, cargado de sudor, perfume caro y la promesa implícita de que nada de lo que iba a pasar era casualidad. Elena —secretaria ejecutiva, 29 años, pechos pequeños pero duros, tetas de mujer que no se rinde— se mantuvo de pie, con la falda ajustada alrededor de las caderas, los talones juntos, las manos detrás de la espalda. Él no le había pedido que esperara de pie, pero lo había insinuado con una mirada.
—Siéntate —dijo Joaquín, con voz ronca, sin levantar la vista del portátil. Pero no era una orden, era una invitación a la rendición.
Ella dio un paso adelante, luego otro, y se dejó caer en la silla frente al escritorio. El metal frío de la estructura contrastaba con el calor que ya le subía por las piernas. Se cruzó de piernas, lentamente, dejando que el pliegue de la falda se abriera un centímetro más de lo necesario. Él la miró por primera vez. Sus ojos, oscuros y quietos, se deslizaron por su cuello, por el hueco entre sus pechos, por el muslo izquierdo, y se detuvieron en la entrepierna. Ella sintió el peso de esa mirada como una mano.
—Desabróchate —ordenó.
No hubo dudas. Sus dedos, ya temblorosos, deshicieron los dos botones superiores de la blusa blanca. El tejido se abrió, revelando la tira de encaje negro del sostén, el borde superior de sus pechos, redondeados pero firmes, con pezones que se tensaron nada más sentir el aire. Él no se movió. La observó while desabrochando el tercer botón. Luego el cuarto. La blusa cayó sobre sus hombros, y ella la empujó hacia abajo, dejando sus pechos al descanso, libres pero aún sujetos. Él se levantó.
Caminó despacio, con paso seguro, hasta detrás de ella. Las manos le rodearon la cintura, apretando con fuerza, los pulgares rozando la curva de sus costillas. Ella exhaló, el aire saliendo en un hilo. Él se inclinó, la boca a un centímetro de su oreja.
—Hace tres meses que te veo moverte por esta oficina… y cada día me cuesta más no hacer algo con esa cadera que se balancea al caminar.
Sus manos subieron, deslizándose bajo el encaje del sostén, los dedos encontrando los pezones al instante, duros como piedras. Los retorcieron con un movimiento suave pero firme, tirando, estirando, apretando hasta que ella gimió, bajando la cabeza, los dedos aferrándose al borde del escritorio. Él se separó apenas, lo justo para meterse entre sus piernas, separándolas con una patada en la silla. Ella abrió las rodillas, sabiendo exactamente lo que venía.
Joaquín se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. Su pene, grueso y ya medio erecto, saltó al aire, la cabeza roja, húmeda. Ella se giró, lo vio, y sin dudar, lo agarró por la base con ambas manos, acariciándolo con movimientos lentos, desde abajo hacia arriba, sintiendo el calor, la textura, el latido bajo la piel. Él gruñó, apretándole la cintura.
—Me quieres —preguntó.
—Sí —respondió ella, sin titubear, con la mirada clavada en su entrepierna.
—Dime qué quieres.
—Tu pene en mi culo. Tu pene en mi boca. Tu pene dentro de mí, joder.
Él sonrió, una sonrisa fría y satisfecha. La giró de golpe, la inclinó sobre el escritorio, le subió la falda de un tirón. El tejido se enroscó hasta la cintura. Ella sintió el aire frío en la ropa interior de encaje, luego la mano de él rozándole la nalga izquierda, luego la derecha, separándolas con los pulgares. La encontró: húmeda, ya abierta, su clítoris palpitando bajo el tejido. Él tiró de la tira lateral, la arrancó con un movimiento brusco, dejándola colgando de un tobillo.
—Voy a cogerte sin condón —dijo, acercando la punta de su pene a su entrada. Ella sintió el roce áspero, el calor que la quemaba. Se apartó, pero él la sujetó por la cadera, la obligó a quedarse quieta. —No te muevas. No respires. Solo déjame entrar.
Y la empujó.
Su pene la abrió de golpe, rompiendo la barrera húmeda de sus paredes, hundiéndose hasta la raíz. Ella gritó, un grito ahogado contra la palma de su mano, los dedos clavados en la madera del escritorio. Él se quedó inmóvil, los hombros tensos, la respiración cortada. Luego empezó a moverse. Primero lento, con un ritmo profundo, sacudiéndole los senos cada vez que se hundía, luego más rápido, más brusco, con la pelvis golpeándole el pubis, el coño, la base de su espalda. Ella gemía ahora, sin vergüenza, con la cabeza vuelta hacia la ventana, los ojos cerrados, sintiendo cada latido de su pene dentro de ella.
—Dime que me quieres —repitió, agarrándole el pelo, tirando de ella hacia atrás, hasta que su cuello se arqueó, hasta que sus pechos tocaron el borde del escritorio.
—Te quiero —susurró—. Te quiero dentro de mí, Joaquín. Cógeme más fuerte.
Él aceler
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.