Cómo nos encontramos frente a la pantalla
La primera vez que se vieron fue por error —o tal vez por designio— en una app de encuentros que, según decía, “buscaba conexiones reales”. Nahuel, 32 años, abogado de oficina con corbata de seda y mirada cansada de jueves, subió su foto con una sonrisa tímida, una cerveza en mano y el fondo de su balcón en Retiro, con las luces de la ciudad parpadeando como estrellas retrasadas. Lucía, 29, diseñadora gráfica, publicó una imagen taken from a mirror: pelo negro recogido en un nudo desordenado, labios entreabiertos, una mano apoyada en la cadera y la otra sosteniendo una taza de café que aún humeaba. Nada de poses exageradas. Nada forzado. Solo presencia.
Se cruzaron un “me gusta” mutuo a las 23:17 del viernes. Diez minutos después, Nahuel le escribió: —¿También te pasó que te picó el dedo y no pudiste evitar darle al botón? Lucía respondió enseguida: —Sí. Pero después me arrepentí, porque no sé qué más decirte si no me contás algo interesante.
Así comenzó. Charla tras charla, mensaje tras mensaje, hasta que, a los tres días, ya se contaban anécdotas de la infancia, miedos disfrazados de chistes y planes imposibles que jamás harían, pero que les gustaba imaginar. El viernes de la segunda semana, Lucía propuso: —¿Y si hablamos en voz alta? No por mensaje. Por WhatsApp. Pero en directo.
Nahuel, que hasta entonces había guardado su voz como un secreto, aceptó con un “sí” que le salió más rápido que su razón.
Esa noche, se pusieron los audífonos. Nahuel se sentó en su cama, con una manta sobre las piernas, y Lucía se acostó boca arriba, con la almohada bajo la nuca, la teta izquierda descubierta sin intención de ocultarla, solo porque sí, porque estaba cómoda.
—¿Estás cómoda? —preguntó Nahuel, con la voz un poco más aguda de lo normal, como si estuviera recitando un poema en una feria del libro. —Sí. Y vos ¿estás bien sentado? No querés que te duela la espalda. —Bueno, la verdad que sí. Pero es por vos.
Rieron. Una risa suave, que comenzó en sus gargantas y terminó en el silencio que siguió, más cargado que antes.
—¿Te gustaría que te tocara la pantalla? —preguntó Lucía, sin prisa, con la mano ya posada sobre su muslo, los dedos rozando la tela del pijama. —Sí —dijo Nahuel, y trago saliva—. Me encantaría.
Ella se sentó un poco más erguida, y con la palma de la mano, lentamente, rozó el cristal. —Acá —dijo—. Acá está mi cuello. Si vos ponés tu mano a la altura de tu pecho, es como si la sintieras. Nahuel, con los dedos temblorosos, apoyó su mano contra su propio pecho, justo donde él sabía que estaría el corazón si ella lo miraba. —¿Sí? ¿Te lo siento? —Sí. late fuerte. Como si me estuvieras llamando desde otro país.
Lucía se mordió el labio inferior con los dientes, y con la otra mano, desabrochó el primer botón del pijama. Una línea oscura de vello bajo el pezón. Una sombra que hacía más intensa la luz del cuarto.
—¿Te parece si me desabrocho otro? —Sí —susurró Nahuel—. Desabrochá todos.
Ella lo hizo. Con calma. Cada botón como un paso hacia adentro. El algodón se abrió, dejando al descubierto la curva de sus pechos, suaves, perfectos, con pezones que ya se habían endurecido sin necesidad de toque físico.
—Mirá cómo me pongo —dijo ella, y mientras hablaba, pasó el pulgar por encima del pezón izquierdo, con una presión suave, casi experimental. Nahuel se mordió el labio. Tuvo que apretar los muslos uno contra otro, como si quisiera frenar algo que le subía por las piernas.
—Estás hermosa —dijo, y le costó decirlo, porque era verdad y eso lo ponía vulnerable. —No, Nahuel. Estoy *así* por vos. Por la forma en que me escuchás. Por cómo decís las cosas con voz baja, como si me las susurraras al oído aunque sepamos que no está ahí.
Él se levantó de la cama. Caminó hasta el espejo de su habitación, frente a su computadora, y se miró. Se vio la cara roja, los ojos brillantes, el pelo despeinado. Y se toco la entrepierna, con una mano firme, sin vergüenza.
—Estoy duro, Lucía. Tremendo. Como si me hubieras tocado de verdad y no solo por mensaje. —Entonces cogéme, Nahuel. No con la mano, no con el dedo. Con la voz. Decime qué querés hacer conmigo.
Él respiró hondo. Cerró los ojos.
—Quiero que te acuestes boca abajo. Que levantés las caderas un poco. Quiero ver tu concha, Lucía. Quiero ver cómo se humedece sola, solo con escucharme.
Ella se volvió sobre su estómago, con las rodillas separadas, y se pasó la mano por la espalda baja, hacia atrás, hasta rozar la tela de su ropa interior.
—Ya está mojada. Mirá vos.
—Me la voy a imaginar mejor. Decime cómo se ve.
—Es rosa. Claro. Con un pliegue chiquito arriba, donde el clítoris se levanta un poco. Y abajo, el agujerito de la entrada. Está húmeda. Se ve brillante bajo la luz.
Nahuel se acercó más a la pantalla, como si quisiera entrar en ella. Con la mano, se movió con suaves idas y vuelta, mientras Lucía hacía lo mismo, ahora con dos dedos que se deslizaban por su clítoris, con círculos lentos.
—¿Te gusta así? —preguntó ella, con la voz rota. —Sí. Me gusta más si decís “quiero que me garches”. Decilo.
—Quiero que me garches, Nahuel. Con la mano, con la boca, con la voz. Con todo lo que tenés.
Él jadeó. Se movió más fuerte. Se imaginó arrodillado frente a ella, con su cabeza entre sus piernas, lamiéndole el clítoris hasta que soltaba un grito ahogado. Se imaginó entrándole despacio, sintiendo cómo su concha lo aprisionaba, cómo su cuerpo se abría solo para recibirla.
—Voy a llegar —dijo, con la voz rota. —Yo también —respondió ella, y se movió más rápido, con la mano entera ahora, con los dedos metidos hasta la segunda falange, moviéndose con un ritmo que los dos sabían que era real.
—Lucía… —Nahuel… —Estoy…
Y se vinieron. Ella con un grito que no supo si lo dijo en voz alta o solo en su cabeza, él con un sudor frío en la nuca y un estremecimiento que le subió por la columna.
Cinco minutos después, ambos sin aliento, con los ojos cerrados, escucharon el silencio.
—¿Volvemos a hacerlo? —preguntó Lucía, sin abrir los ojos. —Sí —dijo Nahuel—. Mañana. A la misma hora. Y esta vez… —¿Esta vez? —Esta vez querés que te toque con la boca. Y vos me dejás hacer lo que se me ocurra.
Ella sonrió, por fin, con la boca cerrada, pero con los ojos brillantes. —Voy a estar esperándote.
Y así fue. Cada noche, frente a la pantalla, se encontraban. Sin tocarse, pero más cerca que en persona. Porque en la distancia, todo lo que se decían tenía más peso. Porque en la oscuridad, sus cuerpos inventaban lo que el mundo no les permitía ver.
Y entre mensajes y latidos, entre palabras y silencios, descubrieron que lo virtual no era un reemplazo, sino una puerta. Una puerta abierta de par en par, con el umbral de cristal roto y la llave en la mano.
Una noche con su vecina, no. Una noche con alguien que aún no conocía, pero que ya sabía cómo la quería garchada.
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