Cómo empecé a desnudarme por videollamada

@valentina_ruiz ·4 de junio de 2026 · ★ 3.8 (38) · 180 lecturas

Nunca pensé que un simple “hola” por mensaje me pondría tan nervioso. Era de madrugada, casi las dos de la mañana, y yo, como todos los viernes, estaba en mi cama con el ventilador encendido, el pijama medio desabrochado y el celular en la mano, aburrido, desganado, buscando algo que hacer. Hasta que vi que ella había respondido.

—¿Todavía despierto? —escribió.

—Tú también —le contesté, sonriendo como idiota.

Había conocido a Carla hace unas tres semanas en un grupo de lectura de libros eróticos. Nada raro, todos adultos, la mayoría solteros, algunos casados, todos con ganas de hablar de sexo sin tapujos. Ella escribía con una mezcla de picardía y dulzura que me desarmaba. Usaba frases como “me encantó cómo describió el beso en el ascensor” o “ese pasaje me hizo encenderme como veladora”, y yo, que no soy de muchos cumplidos, le respondía con más entusiasmo del que debería.

Un día, después de comentar un capítulo donde la protagonista se masturba mientras habla con su amante por teléfono, Carla me escribió en privado: “¿Te ha pasado?”. No supe qué responder. Le dije que no, que nunca había hecho algo así. Y ella, con esa risa cómplice que ya conocía por los audios, me dijo: “¿Quieres probar?”.

No dije que sí de inmediato. Le pedí tiempo. Una semana. Dos. Pero cada vez que hablábamos, el aire se volvía más denso, más caliente. Sus mensajes eran suaves, como caricias de texto: “Ayer pensé en tus manos”, “Me pregunto cómo te verías desnudo”, “¿Tienes paciencia para algo lento?”.

Y así llegamos a esa madrugada. No fue planeado, no hubo preparación, ni velas, ni música. Solo estábamos ella y yo, conectados por una videollamada que temblaba un poco por la señal, pero que mostraba lo suficiente.

—¿Puedo verte? —me preguntó, con la voz baja, como si alguien pudiera escucharla.

—Sí —dije, y tragué saliva.

Encendí la cámara. Me vi pálido, despeinado, con los ojos brillantes. Ella estaba sentada en su cama, con una camisita blanca que dejaba ver demasiado y muy poco al mismo tiempo. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado, y los labios entreabiertos.

—Estás hermoso —dijo, y sonó tan sincera que me ruboricé.

—Tú sí que estás hermosa —le respondí—. Pero… ¿te puedo pedir algo?

—Dime.

—¿Puedes quitarte la camiseta? Lentamente.

Se mordió el labio inferior, como si estuviera sopesando el riesgo. Luego, con una sonrisa traviesa, empezó a levantar la tela. Poco a poco. Primero el vientre, plano y suave. Luego el ombligo, que dibujaba un hoyuelo perfecto. Después los costados, la cintura estrecha, los pechos apenas cubiertos por un sostén negro. Hasta que al final, la camiseta quedó en el suelo, y ella frente a mí, mirándome fijo.

—¿Te gusta lo que ves?

—Me encanta —dije, y no mentía. Tenía los pechos pequeños, firmes, con pezones oscuros que ya estaban erguidos. No necesitaba más.

—Ahora tú —dijo—. Quítate la camisa.

Me desabroché los botones uno por uno, sin apuro. Me gustaba la lentitud, el suspense. Cada gesto era una promesa. Cuando la camisa cayó, me miró como si me descubriera por primera vez.

—Tienes un cuerpo precioso —dijo, y no supe si reír o llorar.

—¿Quieres que siga?

—Sí. Pero lento. Solo las manos. Quiero verte tocándote.

Así que empecé. Con las yemas de los dedos, me recorrí el cuello, los hombros, el pecho. Me detuve en los pezones, los pellizqué suavemente, y ella gimió. Un sonido bajo, gutural, que me encendió más. Seguí bajando, por el abdomen, por el borde del pantalón del pijama. Me detuve ahí.

—No pares —dijo—. Por favor.

Saqué el pantalón lentamente, sin dejar de mirarla. Quedé solo con la ropa interior. Un bóxer negro que ya no ocultaba nada.

—¿Puedo verte todo? —preguntó.

—Sí —dije—. Pero quiero que hagas lo mismo.

Se quitó el sostén con una sola mano, sin deshacer el moño. Luego, con la otra, se acarició un pecho, luego el otro. Yo no podía apartar la vista. Me bajé el bóxer despacio, mostrándome completo. Ella jadeó.

—Dios… estás tan… grande.

—Tú me haces así —dije, y empecé a acariciarme. Lento, como me lo había pedido. Con una mano en la base, la otra recorriendo la punta, humedeciéndome con mi propia humedad.

—Hazlo más fuerte —pidió—. Quiero verte llegar.

Pero no quería correrme tan rápido. Quería prolongar eso, ese espacio entre dos pantallas, entre dos soledades que se encontraban.

—¿Puedo verte más abajo? —le pregunté.

—Sí —dijo—. Pero tú primero.

Y así, con una risa nerviosa, me mostró todo. Se abrió con los dedos, despacio, mostrando el sexo hinchado, brillante, rosado. Me quedé sin aire.

—Eres hermosa —dije—. Joder, eres hermosísima.

—Tócame —dijo—. Con tu voz.

Y empecé. Le describí cómo sería si estuviera allí, cómo pondría mi boca en su cuello, cómo bajaría por su espalda, cómo separaría sus nalgas con las manos, cómo hundiría la lengua en su sexo mientras ella gritaba mi nombre.

—Sí —dijo—. Sigue.

Y seguí. Le hablé de mis dedos entrando en ella, de cómo los movería, de cómo chuparía su clítoris hasta que no pudiera más. Mientras tanto, ella se acariciaba, gemía, me miraba con los ojos entrecerrados.

—Voy a correrme —dijo de pronto—. No pares.

—No pares tú —le dije—. Hazlo. Quiero verte.

Y entonces, con un gemido largo, se corrió. Vi cómo se estremecía, cómo apretaba los muslos, cómo su mano temblaba sobre su sexo. Y yo, sin poder aguantar más, me corrí también, con el semen cayéndome por la mano, por el muslo, sin importarme nada.

Nos quedamos en silencio un rato, jadeando, mirándonos. Luego, ella se rió.

—Fue… más intenso de lo que pensaba.

—Para mí también —dije—. Nunca había sentido algo así sin tocar a nadie.

—Pero nos tocamos —dijo—. Con la voz, con las palabras, con la mirada. Fue real.

Y tenía razón. No hubo piel contra piel, pero hubo deseo, hubo entrega, hubo intimidad. Más de la que muchos tienen follando todos los días.

Nos quedamos hablando un rato más, tranquilos, como si nada hubiera pasado. Pero todo había cambiado.

Desde esa noche, seguimos conectándonos. A veces solo para hablar. Otras, para vernos desnudos, para tocarnos a distancia. No siempre terminamos en orgasmo. A veces es suficiente con mirar.

Pero esa primera vez… esa primera vez fue especial. Porque fue la primera vez que me sentí completamente expuesto, completamente yo, completamente deseado.

Y todo por un “hola” en un grupo de lectura.

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