Cenizas en el espejo

Cenizas en el espejo

@renata_sol ·6 de junio de 2026 · ★ 4.4 (6) · 316 lecturas · 7 min de lectura

La casa de los Padilla olía a café recién hecho, a humo de cigarro apagado y a sudor seco de verano. Renata se miró en el espejo del baño, se ajustó la franela holgada que le quedaba corta en el vientre, y sus dedos se detuvieron en la cicatriz de la cesárea: una línea rosada que se perdía bajo el borde de sus pantalones cortos. Treinta y dos años, dos hijos, un matrimonio que se había vuelto tan silencioso como el refrigerador encendido a las tres de la mañana.

Su hermano menor, Daniel, llegó a las ocho y pico con una caja de donas y el olor a gasolina de su camioneta nueva. Llevaba el pelo más corto que la última vez, los hombros más anchos, y esos ojos que antes le hacían reír cuando se ponía a hacer de psiquiatra en el parque con sus primos. Ahora, esos ojos la miraban como si la estuviera leyendo palabra por palabra.

—¿Te pasaste de desayuno o qué? —le preguntó, agarrando una dona de chocolate.

—Me pasé de todo —respondió ella, sin mirarlo.

Daniel se acercó a la mesa de la cocina, le quitó la taza de café de la mano y la puso a un lado. Luego, con la punta del dedo, trazó un círculo en su muñeca, despacio, como si estuviera marcando el tiempo. Renata no se movió.

—¿Te acuerdas cuando te subías a mi cama por las noches y me pedías que te contara historias de *Star Wars*? —dijo, bajando la voz.

—Me acordaba hasta que me dolía la espalda de tanto reírme —respondió ella, con una sonrisa amarga.

—Yo te agarraba por las piernas y te decía: *“Renata, si no te callas, te chingamos a patadas”*. Y tú me decías: *“Pues chingame ya, wey”*.

Renata le dio una palmada en el brazo, pero no con fuerza, y Daniel rio, un sonido seco y limpio, como vidrio roto en el asfalto.

—¿Y cómo quedamos después? —preguntó él, sin quitarle la vista.

—Se acabó el cuento.

—¿Se acabó o se pospuso?

Renata se puso de pie. Se sacó la franela, dejando su torso descubierto, el pecho un poco caído, las areolas oscuras por el sol del verano. Se acercó a él sin decir nada, le agarró la camisa y se la levantó. Daniel no se movió. Se quedó quieto, respirando hondo, los músculos del estómago tensos como cuerdas de guitarra. Ella se acercó el rostro, respiró su cuello: sudor, jabón de menta y ese olor suyo que no cambió desde los quince años.

—¿Tú crees que esas cosas se posponen? —le preguntó, con la boca casi pegada a su oreja.

—No. Esas cosas no se posponen. Se agudizan.

Renata le desabrochó el cinturón. Daniel no lo detuvo. No dijo nada. Solo la miró, con los ojos medio cerrados, la boca ligeramente abierta. Ella se arrodilló, le bajó el pantalón y los boxers, y lo vio salir: la verga tiesa, gruesa, con los cojones apretados y pequeños, como dos nueces.

—Mira qué bonita te quedó la mano —dijo él, agarrándole la cabeza por detrás, sin apretar.

Renata no respondió. Se inclinó, le tocó el glande con la punta de la lengua, y luego lo tomó todo con la boca. Daniel soltó un gruñido bajo, su espalda se arqueó, y sus dedos se tensaron en su cabello, pero no la detuvieron. No la forzaron. Solo la dejaron hacer.

Ella lo chupó lento, con la mano en la base, moviendo la lengua en círculos sobre la cabeza, mordisqueando los pelos del vello púbico, lamiendo los cojones como si fueran caramelos. Daniel respiraba con dificultad, la miraba con los ojos en blanco, con la boca cerrada, los dientes apretados.

—Renata… —murmuró, con voz ronca.

Ella se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y le quitó el pantalón a él también. Se puso de pie frente a él, se desabrochó el short, se lo bajó hasta las rodillas, y se inclinó un poco para que él pudiera verla: su vagina, húmeda ya, los labios abiertos, el clítoris hinchado como un guisante maduro.

—Tú me cogiste cuando teníamos quince y veinte años. Hoy, hoy te dejo hacerlo de nuevo. Pero no como entonces. Hoy lo hacemos como adultos. Hoy no hay miedo. Hoy no hay vergüenza. Hoy solo estamos tú y yo, y el calor que nos queda.

Daniel la agarró por la cintura, la levantó como si fuera nada, y la sentó sobre la mesa de la cocina. Le separó las piernas con las rodillas, le puso las manos en los muslos, y bajó la cabeza. Le lamió el clítoris una, dos, tres veces, con la lengua plana, lenta, firme. Renata cerró los ojos, soltó un grito ahogado, arqueó la espalda, y apretó los puños contra el mármol frío.

—Me encanta cómo te pones cuando te lo hago así —dijo él, sin levantar la cabeza, con la voz llena de humedad.

—Cógeme, Daniel —le pidió ella, con los ojos abiertos, la respiración cortada.

Él se puso de pie, se colocó entre sus piernas, apoyó la verga en su entrada, y la empujó adentro con un solo movimiento. Renata soltó un grito, pero no de dolor: de puro placer, de puro *sí*, de puro *ya*. Daniel entró todo, lento, hasta la raíz, y ella sintió el peso de sus cojones contra su cuerpo, el calor de su vientre pegado al suyo, la punta de su verga tocándole el fondo.

—Estás más apretada que en los sueños —musitó él, con la frente pegada a la suya.

—Y tú más grande —respondió ella, y le mordió el labio.

Daniel empezó a moverse. No con furia, no con desesperación. Con calma, con intención, con los ojos clavados en los suyos. Cada empuje la sacudía contra la mesa, sus pechos rebotaban suavemente, sus pezones se frotaban contra su pecho, y cada vez que él se retiraba un poco, ella le ponía las uñas en las nalgas, jalándolo hacia adentro.

—Dime qué sientes —le pidió él.

—Te siento dentro de mí, Daniel. Te siento caliente, grande, *mío*.

—Dime qué más.

—Que quiero que me lo metas hasta el fondo, que quiero que me lo saques y me lo pongas en la boca, que quiero que me gire y me lo meta por el culo, que quiero que me agarres por las nalgas y me digas *“chingada, Renata, eres la única”*.

Daniel rio, un riso bajo, gutural, y la tomó por las caderas y le dio un empuje más fuerte. Ella gritó, esta vez con el cuerpo entero, con las piernas temblando, con los dedos aferrándose al borde de la mesa.

—Sí —dijo ella, con la voz rota—. Sí, sí, sí.

Él aceleró. Los empujes se hicieron más cortos, más duros, más húmedos. Renata sintió el orgasmo subirle por la espina dorsal, apretó sus nalgas, apretó sus muslos, y se vino con un grito que no pudo contener:

—¡Daniel! ¡Daniel! ¡Daniel!

Él la siguió segundos después, con un gruñido gutural, su cuerpo se tensó, su verga palpitó dentro de ella, y él se derritió contra su pecho, con la frente apoyada en su hombro, con la respiración entrecortada.

Se quedaron así un buen rato, sin hablar, sin moverse. Daniel la abrazó por la espalda, le puso una mano en el vientre, y la otra en su pecho. Renata cerró los ojos, escuchó su latido, y sintió el sabor salado de su piel en sus labios.

—¿Qué hacemos ahora? —le preguntó ella, por fin.

—Ahora —dijo él, y le dio un beso en la nuca—… ahora te ayudo a lavar los platos.

Renata rio, y fue una risa limpia, de esas que no han salido en años.

—Verga, hermano. Estás más chingón que en los sueños.

—Y tú más chingona que en los recuerdos —respondió él, y la besó otra vez, más lento esta vez, como una promesa.

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