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La pantalla parpadeó con el ícono verde de Zoom y mi corazón dio un vuelco. Él no me había mandado foto desde hace tres días. Solo mensajes cortos, juguetones, cargados de puntos suspensivos que dejaban el aire denso. Hoy no iba a esperar más.
—Hola, valeria_storm —dijo, y su voz salió como un susurro arrastrado por el micrófono, grave, con ese tono que me hacía apretar los muslos antes de que siquiera me saluda.
—Hola, *mi servidor* —respondí, ya con el botón de cámara encendido, pero sin mostrar más que mis ojos y el borde de los hombros. Me había vestido con un top negro de tirantes, abierto hasta el ombligo, y nada más. La luz del cuarto era tenue, pero suficiente para que notara cómo se le hinchó la entrepierna al otro lado de la pantalla.
—¿Te gusta verme? —preguntó, sin moverse, solo con los ojos fijos en mí.
—Sí. Me encanta verte. Pero hoy no voy a conformarme con mirar.
Apagó su luz. Solo quedó su silueta recortada contra la ventana del fondo, donde el cielo nocturno se filtraba en franjas grises. Se quitó la camiseta con lentitud, y su pecho se descubrió: ancho, musculoso, con una línea de vello que descendía hasta el borde de los pantalones.
—Desabróchate. Todo.
No dudé. Tiré de los elásticos de mis shorts hasta que cayeron por mis muslos, y los dejé en el suelo. Me incliné un poco para que me viera mejor, y separé con dos dedos mis labios húmedos ya.
—Mira cómo me pregunto qué vas a hacerme —susurré, moviendo los dedos con lenta intención sobre mi clítoris, que ya palpitaba, hinchado, ansioso.
—Cariño… —dijo, y su voz se quebró—. Tienes que meterme los dedos. Ahora.
Hice lo que me decía: dos dedos húmedos de mi propia saliva, entraron con un movimiento suave, profundizando poco a poco, sintiendo cómo mi cuerpo respondía, arqueándose contra la pantalla.
—¿Sientes cómo se me pone duro? —murmuró él, moviendo las caderas contra su mano derecha, que ya tenía apretada contra su pene, visiblemente agrandado, la punta brillante de pre-cum.
—Sí —respiré—. Lo veo todo. Cómo se estira, cómo se encoge cuando te tocas. Quiero vernos juntos.
—Entonces ponte en posición. Rodillas en el colchón. Pantorrillas separadas. Y no apagues la cámara.
Lo hice. Me recosté boca abajo, con las caderas levantadas, el culo enmarcado en el centro del encuadre. Mis dedos aún estaban dentro, moviéndose con ritmo constante, mientras con la mano libre separaba mis labios y empujaba con más fuerza, sintiendo el calor subir, la tensión acumularse.
—Ahora toca el tuyo —dije, con la boca entreabierta, los dientes apretados.
—Estoy dentro —respondió, y vi cómo se movía su mano, la piel del pene rozando el pene, el movimiento rítmico, rápido, desesperado—. Ya no puedo más.
—Tú primero. Ven. —Me giré de golpe, sentándome en la cama, las piernas abiertas, los dedos aún empapados, y los llevé a la cámara, mostrándole lo que me había hecho por pensar en él.
—Mierda —gimió, y se corrió con un gemido ahogado, el cuerpo estremeciéndose, el semen saliendo en chorros visibles contra su mano—. Dios, Valeria…
—Ahora yo —dije, y metí tres dedos, profundo, con fuerza, mientras con la mano libre me acariciaba el clítoris, apretando, presionando, buscando ese punto que me hacía perder el control.
Sentí cómo mi cuerpo se encendía, como mi respiración se volvía agónica, como mis caderas comenzaron a moverse contra mis propios dedos, en un vaivén desesperado, sin pausa.
—¡Sí! —grité—. ¡Sí, sí, sí!
Y me corrí. Fuerte. Con un grito que apenas salió de mi garganta, con los ojos cerrados, con el cuerpo entero temblando, con la pantalla aún frente a mí, capturando cada segundo de mi caída.
—Eres malditamente hermosa —dijo él, ya sin aliento, con una sonrisa en la cara y los ojos brillantes.
—Lo sabía —respondí, y sonreí también, con la voz rota, con el cuerpo aún latiendo, con la pantalla que aún nos mantenía unidos, aunque estuviéramos a cientos de kilómetros.
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