Bajo la Sombra del Agave — Parte 3

@adriana_v ·23 de mayo de 2026 · ★ 3.9 (29) · 899 lecturas

La madrugada se fue despintando con un cielo entre gris y azul, como si el alba no se atreviera a romper del todo el hechizo de la noche. El aire aún cargaba el olor a sudor, sexo y agave machacado por el calor del día anterior. En la cama deshecha, Alma yacía boca arriba, con una pierna ligeramente doblada, la piel perlada de un sudor que no se había secado del todo. La luz tenue del amanecer le acariciaba las nalgas, redondas y marcadas por las manos de Sombra, que ahora dormía a su lado, boca abajo, con una pierna colgando fuera del colchón y el trasero moreno expuesto al fresco del alba.

Sombra no roncaba. Solo respiraba hondo, lento, como si su cuerpo aún estuviera recuperándose de la batalla que había librado entre sábanas. Su espalda, ancha y marcada por cicatrices antiguas, subía y bajaba con cada inhalación. Alma lo miró, sin prisas, con una mezcla de temor y fascinación. No sabía quién era ese hombre que había entrado en su vida como un rayo, ni de dónde venía, pero lo que sí sabía era que ya no podía vivir sin su boca, sin su verga, sin la forma en que la miraba como si fuera la única mujer sobre la tierra.

Se incorporó despacio, cubriéndose apenas con la sábana, y se asomó a la ventana. El patio seguía en silencio. Las piedras del cerco brillaban con el rocío. No había rastro de la figura que los había observado. Pero Alma sentía, en la nuca, como un cosquilleo: alguien los había visto. Y no había huido. Había esperado. Y volvería.

Regresó a la cama, gateando sobre el colchón como una gata. Sombra abrió un ojo, apenas, y sonrió sin moverse.

—¿Y ahora quién se quiere coger a quién? —murmuró, con voz ronca.

—Tú empezaste —respondió ella, bajando la voz hasta hacerla un susurro caliente—. Pero yo no soy de las que se quedan quietas.

Y sin más, se sentó sobre su espalda, deslizando las palmas por sus hombros, bajando por la columna, hasta posarse en sus nalgas. Las apretó con fuerza, masajeándolas como si amasara masa de maíz. Sombra gruñó, complacido, y se dejó hacer.

—Así no, chingona —dijo—. Yo no soy tu burro.

—No —respondió ella, bajando la boca a su oreja—. Eres mi macho. Mi hombre. Y voy a cabalgarte como se monta un caballo bravo.

Se levantó de nuevo, gateó hasta quedar frente a frente con él, y le tomó la verga con la mano. Ya estaba dura, tiesa como una vara de maguey. Lo acarició lento, arriba y abajo, mientras con la otra mano le jalaba suavemente del pelo.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Me mata —respondió él, con los ojos cerrados.

Entonces, Alma se acomodó encima, de rodillas, y sin más ceremonia, se sentó sobre él. La penetración fue lenta, profunda, como si el cuerpo de ella lo reconociera, como si ya supiera el camino. Sombra abrió los ojos, como si acabara de despertar de un sueño.

—¡Chinga! —exclamó, y le puso las manos en las caderas, ayudándola a subir y bajar.

Ella comenzó a moverse, despacio, con ondulaciones de cadera que hacían que la verga de Sombra rozara justo donde más le gustaba. El cuarto volvió a llenarse de jadeos, de crujidos de madera, del olor intenso del sexo. Afuera, un grillo cantó. Y luego otro. Como si la naturaleza entera hubiera decidido acompañarlos.

—Más rápido —pidió él—. Hazlo como si te fuera la vida en ello.

Y ella obedeció. Subía y bajaba con fuerza, con pasión, con una desesperación que venía del alma. Cada vez que bajaba, sentía cómo la llenaba por completo, cómo su cuerpo se abría para él como una flor en la noche. Y Sombra, con las manos en sus nalgas, la ayudaba, la guiaba, la marcaba.

—Eres mía —gruñó—. Solo mía.

—Sí —respondió ella—. Tuya. Desde que te vi. Desde que me miraste como si me conocieras desde antes.

Y en ese momento, como si el universo se detuviera, el orgasmo la alcanzó. Fuerte, largo, como un relámpago que baja del cielo y parte la tierra en dos. Gritó su nombre, sin vergüenza, sin miedo, con el cuerpo arqueado, las tetas temblando, las nalgas apretándose alrededor de su verga.

Sombra no aguantó. Con un último empujón, se corrió dentro de ella, con un gemido que sonó como un canto ancestral, como un rezo olvidado. La llenó de nuevo, caliente, espeso, como si le estuviera dejando parte de su alma.

Se quedaron así, quietos, sudorosos, respirando al mismo ritmo. Hasta que el sol se asomó del todo sobre los cerros.

Y entonces, desde la ventana, entre los agaves, la figura volvió a aparecer. Más cerca esta vez. Con el cuchillo envainado. Con una sonrisa apenas dibujada en los labios.

—La promesa —murmuró—. Se cumple al tercer día.

Y desapareció entre la niebla, dejando solo el eco de sus pasos y el viento entre las hojas.

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