Bajo la Sombra del Agave — Parte 2

@marco_vidal ·10 de febrero de 2026 · ★ 4.3 (36) · 51 lecturas

La lengua de Sombra dibujaba círculos húmedos alrededor del clítoris de Alma, suave como el viento que acaricia el maizal al amanecer. Ella se arqueaba en la cama, los dedos enterrados en su cabello oscuro, jalándolo sin piedad, como si temiera que fuera a escapársele. Pero él no tenía intención de huir. Se aferró a sus nalgas con ambas manos, firmes, posesivas, y abrió más sus piernas con los pulgares, exponiéndola por completo al calor de su boca.

—¡Ay, Dios…! —jadeó ella, con la voz rota entre el llanto y el placer—. Sombra… no pares… no pares…

Él no pensaba hacerlo. Chupó con más fuerza, con hambre contenida por años de mirarla desde lejos, de soñar con ese momento en que pudiera probarla, devorarla, hacerla suya sin pedir permiso. Su verga palpitaba bajo el pantalón, dura como piedra, deseando enterrarse en ella. Pero no todavía. Primero quería que gritara su nombre. Quería que se olvidara del pasado, del rancho, del silencio que tanto la atormentaba.

Y entonces lo hizo.

—¡Sombra! —gritó Alma, con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo. Sus caderas se alzaron del colchón, temblando, mientras la oleada del orgasmo la atravesaba como un rayo en plena siembra. Él siguió chupando, lento, hasta que los espasmos se apaciguaron, hasta que ella cayó sobre las sábanas, jadeante, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido bajo el sol del mediodía.

Sombra se incorporó lentamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Sus ojos brillaban en la penumbra, negros como el agave maduro. Se desabrochó el pantalón con calma, sin dejar de mirarla. La prenda cayó al suelo con un sonido sordo, seguida de los calzoncillos. Su verga, larga, gruesa, con una leve curva hacia arriba, se alzó orgullosa, palpitando bajo la luz tenue que entraba por la ventana.

—Déjame verte —pidió ella, con voz temblorosa.

Él dio un paso hacia la cama, se subió sobre ella, apoyado en los codos, y le besó el cuello, el hombro, el pecho. Le desabrochó el sostén con los dientes, lento, y luego tomó uno de sus pezones entre los labios, chupando con fuerza. Alma gimió, arqueándose otra vez, buscando su contacto.

—¿Quieres esto? —preguntó él, rozando la punta de su verga contra la entrada de su sexo, ya mojado, hinchado de deseo.

—Sí —respondió ella, sin dudar—. Sí, cógeme… te quiero adentro…

Sombra no se hizo esperar. Con una embestida lenta, profunda, se hundió en ella hasta el fondo. Ambos soltaron un gemido al unísono, como si el tiempo se detuviera. Ella era estrecha, caliente, como si su cuerpo hubiera estado esperándolo toda la vida. Él se quedó quieto un momento, dejándola acostumbrarse, mirándola a los ojos.

—No soy un hombre bueno —dijo, ronco—. Pero contigo… contigo quiero ser verdadero.

—No quiero hombres buenos —respondió ella, rodeándolo con las piernas—. Quiero esto. Quiero tu verga, tu sudor, tu rabia… todo.

Y entonces empezó a moverse. Con ritmo lento al principio, cadencioso, como el vaivén del norteño que se canta en las noches de luna llena. Pero pronto el fuego se apoderó de ellos. Las sábanas crujían, el colchón rechinaba, y los jadeos de Alma se mezclaban con los gruñidos de Sombra, que ahora la cogía con fuerza, con pasión, con una necesidad que parecía salir del fondo del alma.

—¡Sí! ¡Así! —gritó ella, clavándole las uñas en la espalda—. ¡No pares, cabrón… no pares!

Él sonrió, salvaje, y la tomó de las caderas, levantándola un poco para penetrarla más profundo. Cada embestida era un latido, un latido de tierra, de sangre, de deseo puro. El olor a sexo llenó la habitación, mezclándose con el aroma del agave que entraba por la ventana.

Afuerza, la figura en el cerco seguía allí. Observaba. El cuchillo brilló un instante bajo la luna. Pero no se movió. No aún.

Dentro, el placer crecía como un incendio. Alma sentía que volaba, que se deshacía, que ya no era dueña de su cuerpo. Solo sentía a Sombra, su verga, sus labios, sus manos. Y cuando el segundo orgasmo la alcanzó, fue más fuerte que el primero, más largo, más completo. Gritó su nombre, largo, como un rezo.

Sombra, al sentirla contraerse a su alrededor, perdió el control. Con tres embestidas más, profundas, brutales, se corrió dentro de ella, llenándola con su semilla caliente, con un gruñido que parecía salido del fondo de un pozo antiguo.

Se quedó sobre ella, jadeando, el corazón latiendo como un tambor. Ella lo abrazó, sin hablar, con las lágrimas resbalando por sus sienes.

—No fue solo sexo —dijo ella, al fin.

—No —respondió él—. Fue un milagro.

Y afuera, la figura desapareció entre las sombras, con el cuchillo en la mano y una promesa en los ojos.

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