Bajo el Sol de Medellín — Parte 3

@adriana_v ·6 de febrero de 2026 · ★ 4.4 (21) · 535 lecturas

La tarde caía sobre Medellín con ese tono dorado que solo el mes de marzo regala, cuando el sol se despide sin querer irse del todo, como si se detuviera a mirar por última vez entre los cerros. En el apartamento del Poblado, las cortinas blancas ondeaban con la brisa tibia del valle, y sobre la cama deshecha, Valeria yacía boca arriba, con el pelo pegado a las sienes, el pecho subiendo y bajando con lentitud, como si el cuerpo aún no decidiera si descansar o volver a arder.

Diego estaba sentado al borde del colchón, desnudo, el pito aún medio tieso, relajándose poco a poco. Lo miró con una sonrisa perezosa, una de esas que nacen del placer completo, del “aquí estoy, y no quiero estar en otro lado”. Se acercó gateando, rodó sobre él y se acomodó entre sus piernas, con la espalda pegada a su pecho. Diego le besó el hombro, luego el cuello, y ella se estremeció, aunque no de frío, sino de anticipación.

—¿Y ahora qué, paisa? —preguntó ella, con voz suave, casi cantarina—. ¿Ya se te bajó el coraje?

Él soltó una carcajada ronca, le mordió el lóbulo de la oreja y le apretó la cintura con ambas manos.

—Coraje no me falta, Valeria. Lo que me falta es aliento pa’ otra ronda como la anterior. Pero si vos querés seguir, yo no soy de decir que no.

Ella giró el rostro, lo miró de frente, con esos ojos oscuros que brillaban como si tuvieran fuego adentro.

—No quiero que sea igual —dijo, bajando la voz—. Quiero que me lo hagas lento. Muy lento. Que me lo metas y te quedes adentro, sin moverte. Que sienta cada centímetro tuyo llenándome, que me bailes adentro sin sacarlo.

Diego la miró fijo, como si estuviera midiendo la profundidad de sus palabras. Luego, sin decir nada, la tomó de las caderas y la giró con cuidado, hasta dejarla a cuatro patas. Le acarició el culo con las dos manos, le separó despacio las nalgas, le pasó la lengua por el surco, lento, húmedo, caliente. Valeria gimió, se arqueó, se aferró a la almohada.

—Ay, Diego… no me vayas a dejar así…

Él no respondió. Siguió lamiendo, bajando, explorando, hasta que ella temblaba entera. Luego se puso de rodillas detrás de ella, tomó el pito con una mano y lo frotó contra su entrada, mojada, caliente, palpitante. Lo fue metiendo con calma, centímetro a centímetro, mientras ella gemía, mientras le decía “así, así, no pares”.

Cuando estuvo todo adentro, se detuvo. Se quedó quieto, con el pecho pegado a su espalda, los brazos alrededor de su cintura, el aliento caliente en su nuca.

—¿Así? —preguntó él, con voz grave—. ¿Así de quieto?

—Sí… —susurró ella—. Qué rico… me siento tan llena… como si fueras parte mía.

El aire se espesó. No había prisa. Solo el latido de dos cuerpos que se reconocían, que se sabían suyos. Diego comenzó a moverse apenas, con empujones cortos, casi invisibles, pero profundos, como olas que rompen suave en la orilla. Cada leve vaivén hacía que Valeria soltara un gemido nuevo, que se le quebrara la voz, que se le doblaran las rodillas.

—No quiero correrme todavía —dijo él—. Quiero durar aquí adentro toda la noche.

—Entonces no pares —respondió ella—. No pares ni un segundo.

Y así siguieron, en ese vaivén lento, íntimo, casi sagrado. Las sombras crecían en la habitación, el cielo se tornaba violeta, y ellos seguían unidos, como si el mundo afuera hubiera desaparecido. Diego le mordía el hombro, le jalaba el pelo con suavidad, le hablaba al oído frases que solo ella entendía: “te quiero”, “te deseo”, “eres mía”.

De pronto, Valeria se corrió. Fuerte. Con un grito que se ahogó en la almohada, con espasmos que le recorrieron todo el cuerpo. Diego sintió cómo su coño se apretaba, cómo lo exprimía, cómo lo llamaba más adentro. No aguantó. Aceleró. Empujó con fuerza, con ganas, con hambre, y se vino dentro de ella, con un gruñido ronco, con todo el alma.

Se quedaron así, quietos, pegados, respirando juntos. El sudor les brillaba en la piel, el silencio era dulce, completo.

—¿Sabes una cosa? —dijo Valeria, sin aliento—. En toda mi vida, nunca me habían hecho el amor así. Tan lento, tan rico, tan… de verdad.

Diego sonrió, le besó el cuello.

—Porque vos no eres cualquiera, Valeria. Y esto —dijo, dándole un último empujón suave—, esto no es cualquiera. Esto es chimba pura.

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