Una noche sola en el apartamento del quinto piso

Una noche sola en el apartamento del quinto piso

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 4.6 (28) · 289 lecturas · 3 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del quinto piso, un ritmo lento y constante que parecía sincronizarse con la respiración de Clara. Se sentó en el borde de la cama, aún con la ropa puesta: una blusa de algodón color crema, una falda plisada hasta la rodilla y medias finas que le subían hasta las pantorrillas. Había llegado hace poco, cansada del trabajo, con los tacones arrojados a un lado de la puerta y el bolso sobre el sofá. Pero el agotamiento no había bastado para apagar lo que llevaba días acumulando: una tensión silenciosa, un calor interior que no cesaba, una necesidad que no sabía aún cómo nombrar.

Se desabrochó el primer botón de la blusa. Luego, otro. Con lentitud deliberada, dejó que el tejido se abriera sobre sus hombros, descubriendo la tanga de encaje negro que llevaba bajo, apenas visible bajo la seda del sostén. No se apresuraba. Cada movimiento era un susurro que se repetía en su piel: *ahora, ahora no, aún no*. El aire acondicionado soplaba suave, pero ella ya no sentía frío. Su cuerpo, más bien, se volvía consciente de sí mismo: los muslos se rozaban al cruzar las piernas, el pecho subía y bajaba con un ritmo más acelerado, y entre las piernas, una punzada leve —casi imaginaria— se extendía como una llama que aún no encontraba combustible.

Se levantó. Caminó hasta la ventana, sin apagar las luces. El reflejo de su silueta en el vidrio mojado era borroso, difuminado por las gotas, pero ella se reconoció: hombros alzados, cuello estirado, labios entreabiertos. Se pasó la lengua por el diente canino, y ese gesto —tan casual en otros contextos— se volvió una promesa. Con la mano derecha, desprendió una miga de pelo del hombro, pero no lo tiró. Lo sostuvo entre los dedos, rozándolo con el pulgar, y por un instante, el simple acto adquirió una carga inesperada.

Volvió a la cama, esta vez sentándose con las piernas separadas, las palmas apoyadas en el colchón detrás de ella. Se inclinó hacia adelante, la frente casi tocando las rodillas, y exhaló. El aire salió caliente, cargado de algo que ya no podía negarse. Se quitó la blusa por completo, dejándola caer al suelo con un susurro de tela. Luego, con los dedos, deslizó los tirantes del sostén hacia abajo, sin apuro, sintiendo cómo el tejido se despegaba de su piel, dejando al descubierto los pezones, ya endurecidos, pequeños y oscuros en la penumbra.

No se tocó aún.

Se puso de pie. Se quitó la falda, los calcetines, y quedó sola, vestida solo por el encaje negro que cubría su centro, ajustado, húmedo ya no por la transpiración, sino por algo más antiguo, más íntimo. Se acercó a su bolso, lo abrió sin mirar, y sacó una pequeña botella de aceite de almendras. Volcó una gota en la palma, frotó las manos, y las llevó al cuello. Se massó la zona, dejando que el frío inicial del aceite se transformara en calor al rozar con su piel. Se humedeció los labios con la yema del pulgar. Se miró en el espejo del armario.

Entonces, por fin, se tocó.

Un dedo, el índice, deslizándose por debajo de la cintura del encaje, rozando los labios ya hinchados, ya húmedos. Se detuvo. Contuvo la respiración. Y volvió a moverse. Lentamente, con un ritmo que parecía venir de fuera, como si alguien más la guiara. Una presión suave. Una curva. Una rotación que hacía temblar sus rodillas. El ceño se le frunció, no por el esfuerzo, sino por la intensidad de lo que sentía: no era solo placer, era *reconocimiento*. Como si su cuerpo, durante semanas, hubiera estado buscando una clave, y ahora, por fin, la hubiera encontrado.

La lluvia seguía cayendo. La ciudad, más allá del cristal, no existía. Solo ella. Solo el calor. Solo el aceite, el encaje, los dedos que ya no dudaban. Solo el suspiro que rompió el silencio, largo, profundo, y que no fue un final, sino un comienzo.

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