Una noche entre amigos
Nunca pensé que una cena de cumpleaños terminaría así. Fue en mi departamento, un jueves cualquiera que se alargó con botellas de vino tinto y risas que subieron de tono. Yo había invitado a unos cuantos amigos cercanos: Daniela, mi vecina del quinto; Raúl, un compañero de la oficina; y Sergio, un viejo amigo de la universidad que hace poco regresó de Guadalajara. Todos mayores, todos con ganas de desquitarse de una semana pesada.
La música sonaba baja, un bolero de Los Panchos que Daniela puso para “dar ambiente”. Ella traía un vestido rojo ajustado que le marcaba el culo como si fuera de segunda piel. Yo no pude evitar mirarla más de una vez mientras servía el tequila. Sus nalgas se movían al ritmo de la canción, y cada vez que se inclinaba, sentía un cosquilleo en la ingle. Pero no era solo eso. Raúl, sentado frente a mí, con su camisa desabrochada y esos ojos verdes que brillan como esmeraldas cuando ríe, también me tenía caliente. No lo admitía ni en mis sueños, pero desde hace meses me gusta verlo, imaginarlo desnudo, imaginarlo encima de mí.
—¿Y tú, Lucía? —dijo Daniela, sirviéndome otra copa—. ¿Nunca has querido probar algo… distinto?
—¿A qué te refieres? —pregunté, aunque sabía exactamente a qué se refería.
—A tener a dos al mismo tiempo —dijo con una sonrisa pícara, mirando de reojo a Raúl—. Uno enfrente, otro por detrás. O los dos juntos, viéndote gozar.
Sentí que el calor me subía desde el cuello hasta las orejas. Raúl me miró, y en sus ojos vi que no estaba bromeando. Sergio, que ya llevaba unas cuantas copas de más, soltó una carcajada.
—¡Ay, chingados! Si van a empezar, no me dejen fuera.
Pero no duró ni cinco minutos más. Se despidió con un beso en la mejilla y un “no los vayan a matar, cabrones”. Quedamos solo los tres. Y el aire cambió.
Daniela se acercó a mí, sentándose a mi lado en el sillón. Me tomó la mano, me miró fijo y me dijo al oído:
—Yo también te he mirado, Lucía. Te he visto salir del baño con solo la toalla, y me he imaginado metiéndote los dedos mientras tú te miras en el espejo.
Su aliento caliente me erizó el cuello. No pude contenerme. La besé. Fue un beso lento, profundo, con sabor a tequila y deseo. Sus labios eran suaves, pero firmes, y su lengua se abrió paso como si ya supiera el camino. Mientras la besaba, sentí que Raúl se acercaba por detrás. Me puso las manos en los hombros, luego bajó por mi espalda, hasta posarlas en mis nalgas.
—Me encanta verte así —murmuró—. Tan entregada, tan lista.
Me separé de Daniela, y vi cómo ella se ponía de pie, se quitaba el vestido con lentitud, dejando al descubierto un cuerpo esbelto, con tetas pequeñas pero firmes, y una piel morena que brillaba bajo la luz tenue. Raúl no perdió tiempo. Se quitó la camisa, luego los pantalones. Su verga estaba dura, larga, gruesa. Me miró, como pidiéndome permiso. Asentí.
Daniela se acercó a él, lo tomó de la cintura y lo besó. Fue un beso intenso, de lengua, de manos recorriendo cuerpos. Yo me quité la blusa, luego el sostén. Mis tetas, más grandes que las de Daniela, se mecieron libres. Me sentí poderosa, deseada. Me acerqué a ellos, y los tres nos fundimos en un abrazo caliente, sudoroso, hambriento.
—¿Quieres que te coja? —me preguntó Raúl al oído—. O prefieres que primero te vea con ella…
—Hazlo —dije—. Quiero ver cómo te la chupa mientras yo me acuesto en la cama.
Sonrió. Daniela se arrodilló frente a él, tomó su verga con una mano y empezó a lamerla desde la base. La miré con deseo, con envidia casi. Sus labios rodearon la punta, la chupó con fuerza, con devoción. Yo me tumbé en la cama, me abrí las piernas, comencé a tocarme. Mis dedos se mojaron al instante. Me metí dos dentro, imaginando que era él, que era ella, que eran ambos.
—Ay, chinga… —gemí.
Daniela se levantó, se acercó a mí, me besó con pasión. Pude probar el sabor de la verga de Raúl en su boca. Me encantó. Me encantó saber que lo había tenido entre sus labios, que lo había preparado para mí.
—Quiero verte entrar en ella —le dijo a Raúl.
Él se acercó, se subió a la cama, se colocó entre mis piernas. Lo miré con los ojos llenos de deseo. Me separó los muslos con sus manos grandes, y con la punta de su verga tocó mi entrada. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, centímetro a centímetro, llenándome. Grité. Fue un grito largo, gutural, de placer puro.
—¡Sí, cabrón, métemela toda! —le grité.
Y lo hizo. Comenzó a moverse, lento al principio, luego más fuerte, más profundo. Cada embestida me hacía vibrar. Daniela se acostó a mi lado, me tomó un pezón en la boca, lo chupó con ansia. Yo no podía creer lo que estaba pasando. Tenía a un hombre dentro de mí, follando como si fuera la última vez, y a una mujer chupándome los pechos, acariciándome el culo con una mano mientras con la otra se tocaba.
—Quiero que me cojas después —le dije a Daniela, sin dejar de mirarla.
Ella sonrió, asintió. Raúl seguía entrando y saliendo, su respiración cada vez más agitada. Sentí que iba a correrme, y no quise esperar. Lo tomé de las nalgas, lo jalé más fuerte.
—¡Voy a venirme, cabrón! ¡Métemela hasta el fondo!
Y así lo hizo. Con un último empujón, sentí que su verga se hinchaba dentro de mí, y me corrí al mismo tiempo. Fue un orgasmo largo, intenso, que me dejó temblando. Él se desplomó encima de mí, sudoroso, agitado.
—Chingaste bien, cabrón —le dije, y él rio entre jadeos.
Daniela me ayudó a levantarme, me llevó al baño. Me lavó con ternura, con una esponja, como si fuera algo precioso. Luego me pidió que hiciera lo mismo con ella. Y lo hice. Le lavé el cuerpo entero, le besé cada centímetro, le mordí las nalgas, le metí un dedo mientras le enjabonaba la espalda.
Cuando salimos, Raúl ya estaba dormido en la cama. Daniela y yo nos acostamos juntas, desnudas, piel con piel. Me abrazó por detrás, me metió un dedo con suavidad.
—¿Te gusta? —me susurró.
—Sí —respondí—. Me encanta.
Y mientras ella me hacía el amor despacio, yo miraba a Raúl, dormido, con una sonrisa en la cara. Y supe que esto no había sido solo una noche. Había sido el comienzo de algo nuevo, intenso, prohibido. Y no quería que terminara nunca.
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