Una noche en la casa de la montaña

Una noche en la casa de la montaña

@fernanda_luz ·23 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (29) · 97 lecturas · 7 min de lectura

La casa de madera y vidrio, escondida entre los pinos de la sierra, olía a resina, cedro y velas de vainilla. Era el lugar de retiro de Sofía y Lucía, dos amigas que hacía tres años se habían propuesto una noche anual: desconectar del mundo, del ruido, del tiempo. Ese año, habían invitado a Daniel, un amigo común que habían conocido en un taller de cocina seis meses atrás. Un hombre tranquilo, de mirada suave y manos que siempre parecían saber dónde ponerse: en el mango del cuchillo, en el respaldo de una silla, en el hombro de alguien que necesitaba un poco de apoyo.

—¿Segura que no te incomoda? —le preguntó Lucía a Sofía mientras ajustaba el cuello de su camisón de seda color crema, apenas cubriendo sus muslos.

Sofía, sentada en el sofá de lana gris, sonrió sin dejar de acariciar la taza de té que sostuvo entre ambas manos. Tenía el pelo suelto, rizado, y una marca de nacimiento en forma de media luna bajo la oreja izquierda. —No. Es solo Daniel. Y… tú también lo miras.

Lucía soltó una risita baja, cubrió su boca con la mano y se acercó a la ventana. Afuera, el sol se hundía tras las cumbres, pintando el cielo de naranja y morado. —Sí. Lo miro. Pero no por curiosidad. Por… interés. Hay algo en la forma en que escucha cuando hablas. Como si cada palabra fuera un regalo.

Daniel llegó justo cuando las luces del exterior se encendieron. Llevaba jeans oscuros, una camisa blanca abierta sobre una camiseta negra, y una sonrisa tímida que le rozaba los ojos. Saludó con un beso en la mejilla a cada una, en orden: primero a Lucía, cuyo cabello corto olió a café recién hecho; luego a Sofía, cuyo cuello dejó un rastro de calor bajo sus labios.

—Gracias por invitarme —dijo, con voz baja y cálida—. No sabía qué esperar, la verdad.

—Nada de lo que esperes —respondió Lucía, tomándole la mano y guiándolo hacia el jardín trasero—. Solo ven, sentate, respira.

La fogata crujía suavemente, chispas subiendo hacia la oscuridad. Las tres estaban sentadas en mantas, rodeadas de cojines, con vinos blancos helados y frutos secos en un plato de cerámica. Hablaron de cosas simples: el trabajo, los libros que habían leído, los sueños que habían dejado pasar. Daniel contó cómo se había separado de su pareja dos años atrás, sin rencor, con paz. Sofía habló de su hermano menor, que se casaba al mes siguiente. Lucía, de su gato, que había aprendido a abrir la puerta del refrigerador.

—Es peligroso —dijo con una sonrisa—. Ahora no hay nada que esté seguro.

—Algunas cosas, sí —murmuró Daniel, y sus ojos encontraron los de Sofía.

La conversación se volvió más lenta, más íntima. Alguien apagó la luz de la terraza. El fuego brilló más fuerte, proyectando sombras danzarinas sobre sus cuerpos. La brisa del norte movió las cortinas del porche, y con ella, una sensación de confianza plena, de tiempo suspendido.

—¿Alguna vez han tenido una noche así? —preguntó Lucía—. Donde todo parece posible, pero no por locura, sino por… libertad.

Sofía asintió. —Sí. Pero nunca con alguien nuevo. Nunca con alguien que… me mira así.

Daniel no dijo nada. Solo la miró más profundamente. Su mano, que descansaba sobre su muslo, se movió lento, como si temiera asustarla. Se detuvo a centímetros de su rodilla. Sofía no se apartó. Al contrario, inclinó el cuerpo hacia él, casi sin notarlo, y dejó que sus dedos rozaran la tela de su camisón.

—¿Y si ahora sí? —susurró.

Lucía, que había estado observando en silencio, se levantó. No con prisa, sino con intención. Caminó hasta la fogata, se arrodilló y extendió la mano hacia el aire, sintiendo el calor en la palma. Luego se giró y se quitó la camiseta de manga larga, dejando ver una sostenida de encaje negro, elástica, que marcaba la curva de sus pechos pequeños pero firmes.

—Si alguien quiere tocarme, que lo haga. Si alguien quiere sentir mi lengua en su boca, que se acerque. Pero todo con calma. Todo con ojos abiertos.

Daniel respiró hondo. Se quitó la camisa, dejando al descubierto un torso estilizado, con poca vello, músculos suaves. Bajó los pantalones hasta las rodillas y se sacó los calcetines, quedando en calzoncillos blancos. Se acercó a Sofía, y esta vez fue ella quien tomó su muñeca.

—¿Te gusta cómo huele Lucía? —le preguntó, acercando su nariz a su cuello—. A vainilla, a vino y a piel.

Daniel asintió. Sofía soltó su mano y se levantó, caminando hacia Lucía. Se detuvo frente a ella, y con una lentitud que era su propia promesa, desabrochó los dos botones que cerraban la parte trasera del sujetador. El encaje cayó suavemente, revelando pechos redondos, sensibles, con pezones ya endurecidos por el frío y el deseo.

—Toca —dijo Lucía, tomándole la mano y llevándosela hasta su pecho derecho—. Dime si sientes lo mismo que yo.

Daniel se arrodilló entre ellas. Sus dedos rozaron la piel de Sofía, que se estremeció y soltó un pequeño suspiro. Lucía apoyó su mano sobre la nuca de Daniel, acariciándole los cabellos cortos, y besó su frente.

—No hay prisa —susurró—. Solo necesitas saber dónde quieres estar.

Sofía se sentó en el suelo, apoyada contra el tronco de un pino. Daniel se acercó, separó suavemente sus piernas y bajó sus pantalones hasta los tobillos. Sus dedos exploraron su vientre, subieron por su torso, rozaron su ombligo, y finalmente se deslizaron entre sus muslos, donde su ropa interior ya estaba húmeda. Ella arqueó la espalda, levemente, como una ofrenda.

—Aquí —dijo, guiando su mano hacia su clítoris—. Solo así.

Daniel obedeció. Su ritmo era pausado, seguro, y cada círculo parecía saber exactamente dónde停留 el placer. Lucía se quitó los jeans y se sentó a su lado, con las piernas abiertas, observando. Cuando Daniel lo sintió listo, se inclinó y besó el interior del muslo de Sofía, luego la rodilla, luego su ombligo, hasta que su boca encontró la vulva hinchada, los labios húmedos, el clítoris pulsando como un pequeño corazón.

Sofía gimió, sin vergüenza, con los ojos cerrados. Lucía, sin romper el contacto visual, se acarició ella misma, con dos dedos, el pezón izquierdo, presionando con suavidad, observando cómo su cuerpo reaccionaba al espectáculo. Cuando Daniel metió la lengua dentro de ella, Sofía se aferró al brazo de Lucía, y su respiración se volvió entrecortada.

—Sí… sí… así —murmuró—. No pares.

Lucía se levantó, se quitó el sostén, y se sentó frente a Daniel. Le desabrochó los pantalones, sacó su pene, ya erecto, grande y grueso, con el glande rosado y brillante. Lo sostuvo con ambas manos, lo acercó a su boca, y lo besó como si fuera un regalo.

—Tú también mereces esto —dijo, mirando a Sofía—. Tú también mereces sentir que eres el centro del mundo.

Daniel, sin soltar el pene, se inclinó hacia Sofía y le besó los labios. Ella le abrió la boca, y sus lenguas se encontraron con la misma lentitud con la que sus cuerpos se habían acercado. Lucía, en ese instante, se bajó hasta su nivel y puso sus manos sobre las rodillas de Daniel, guiándolo hacia ella.

—Sí —susurró—. Entrame. Ahora.

Él la tomó por las caderas, la alzó levemente, y con una presión suave, entró en su vagina, ya mojada, ya lista. Lucía soltó un grito ahogado, apretando sus dedos en sus hombros. Daniel comenzó a moverse, lento, profundo, y cada impulso hacía que Lucía cerrara los ojos y arqueara la espalda.

Sofía, viéndolos, se tocó a sí misma. Se frotó el clítoris con el pulgar, con una presión constante, y cerró los ojos. El sonido de las respiraciones entrecortadas, el crujido de las mantas, el gemido de Lucía… todo se fundía en un solo ritmo.

—Daniel —dijo ella, entre dientes—. Ven acá.

Él se retiró de Lucía, que se dejó caer sobre la manta con un suspiro de satisfacción, y se acercó a Sofía. Ella se sent

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