Una noche en el barrio de Roma

Una noche en el barrio de Roma

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia de junio había dejado el aire pesado, cargado de humedad y olor a tierra mojada. En la terraza del bar *El Jardín*, entre las calles de Roma Norte, Emilio apuraba su último trago de mezcal, el aguardiente le calentaba el pecho como un abrazo viejo. Llevaba media hora observando a la pareja que se había sentado en la mesa de al lado: él, alto, de cabello rizado y risa fácil; ella, morena, con los hombros descubiertos y una sonrisa que parecía guardarse muchos secretos. Se llamaban Daniel y Lucía, y se conocían desde la universidad, pero Emilio lo intuyó al instante: entre ellos había un calor distinto, el que nace cuando alguien te mira y tú le devuelves la mirada sin pensarlo.

Lucía se inclinó para tomar su vaso de vino, y el escote de su blusa blanca se abrió como una promesa. Emilio no lo negó: le gustaba verla, no como rival, no como objeto, sino como algo hermoso que simplemente existía ahí, entre el murmullo de conversaciones y el jazz suave que salía del altavoz. Cuando ella cruzó la mirada con él por primera vez, Emilio no bajó los ojos. Sí, el corazón le dio un salto, sí, sintió el leve cosquilleo en la nuca que precede a algo que se viene, pero no hubo timidez. Le sonrió. Ella devolvió la sonrisa, lenta, entendida, como si ya supiera que él sabía.

—¿Vives por aquí? —le preguntó Daniel, acercándose con su vaso lleno, ofreciéndole un trago.

Emilio asintió, tomando el vaso. —En la calle de Veracruz, a dos cuadras. Tú?

—Mismo cuadro. En Roma Sur. Vamos todos los fines de semana a este bar, aunque la verdad es que hoy vine porque Lucía quería probar el mezcal que dices que es el mejor de la ciudad.

Lucía se rió, un sonido suave, como el vaivén de una hamaca en verano. —Es cierto. Me contó de ti. Dijo que sabes de libros y de vinos. Y que no juegas ajedrez… pero que ganas todas las partidas.

—Depende de cómo se mida ganar —respondió Emilio, mirándola fijamente esta vez.

Ella no se desmontó. Lo miró de vuelta, con los codos apoyados en la mesa, las uñas pintadas de rojo oscuro cruzadas sobre la barba de su vaso. —¿Y si ganas, qué pasa?

—Que pierdes. Pero no pierdes nada que no quieras.

Ella sonrió, y esta vez fue él quien sintió el calor en la piel. El silencio que siguió no fue incómodo, sino cómplice, como si la lluvia hubiera lavado el aire y dejado solo lo esencial.

—¿Te importa si me siento un rato? —le preguntó Lucía a Daniel.

—Claro que no —respondió él con una sonrisa cómplice—. Si empiezan a flotar, yo voy a buscar otra ronda.

Daniel se levantó, y Lucía se acercó a la silla vacía, a menos de medio metro de Emilio. El perfume de ella llegó antes que su cuerpo: jazmín, madera oscura, algo dulce y terroso. Emilio sintió el latido en las sienes. No era solo deseo, era curiosidad, era la sensación de que algo se abría.

—Me dijeron que eres escritor —dijo ella, inclinándose un poco, como si el sonido de su voz fuera un secreto.

—A veces escribo. A veces solo vivo.

—Esa es la mejor clase de escritor.

El silencio volvió, pero esta vez entre ellos había un hilo invisible, una tensión suave, como la cuerda de un violín antes de que suene la nota. Emilio notó que ella se había quitado una zapatilla, y su pie descansaba contra la pierna de la silla, el tobillo delicado, el pie arqueado. Se le ocurrió imaginarlo: sus dedos deslizándose por esa curva, sintiendo el calor de su piel a través del calcetín de encaje negro que llevaba.

—¿Te gustan los libros viejos? —le preguntó ella.

—Los que tienen olor a humedad y manchas en las páginas. Los que alguien ya leyó antes que tú y dejó algo de sí en las líneas.

—Yo tengo una caja llena. En mi cuarto. No los vendo. Solo los guardo. A veces los oigo respirar.

Emilio se rió, bajo, sincero. —Entonces no soy el único que habla con las cosas.

Ella se inclinó, y esta vez fue ella quien lo miró fijo. —¿Quieres verla?

—¿La caja?

—No. La habitación.

Emilio no dudó. Asintió. No con impulso ciego, sino con la calma de quien sabe que el tiempo se acelera cuando se le permite fluir. Se levantaron juntos. Daniel los miró desde la barra, hizo un gesto con la mano —un *vayan* con la cabeza— y les sonrió, como si ya supiera lo que pasaría.

Subieron en el elevador del edificio viejo de Lucía, en la colonia Roma Sur. El ascensor olía a jabón de coco y a humedad. Ella apretó el botón del décimo piso. Emilio, con las manos en los bolsillos, no decía nada. No hacía falta. El silencio entre ellos era denso, pero no incómodo, como el aire antes de una tormenta que ya se siente en la piel.

La puerta se abrió con un crujido suave. Un pasillo estrecho, paredes blancas con algunos cuadros pequeños, y la luz cálida de la sala, donde una lámpara de papel dejaba sombras danzantes en el techo. Ella se quitó las zapatillas y se deslizó los calcetines, dejando sus pies libres sobre el piso de madera. Emilio la siguió, cerró la puerta, y entonces ella lo tomó de la muñeca.

—No te apresures —dijo, y su voz era una caricia.

Fue lento. Primero un beso, ligero, en la mejilla. Luego otro, más profundo, en la boca, con el sabor del vino y del mezcal. Ella se subió la blusa por encima de la cabeza, sin prisa, dejando al descubierto un sostén de encaje negro, con los hombros delicados y la curva suave de sus costillas. Emilio le pasó las manos por la espalda, sintiendo la textura de su piel, la suavidad de la tela, el latido acelerado en su pecho.

—¿Estás seguro? —le preguntó ella, mirándolo a los ojos.

—Sí —respondió él, y en su voz no había duda, solo certeza.

Ella se quitó el sostén con un movimiento pausado, y Emilio se quedó sin aliento. Sus pechos eran perfectos, redondos, con pezones pequeños y oscuros, que se erizaron apenas el aire los tocó. Él se inclinó y lamió uno, con la lengua suave, sintiendo cómo ella jadeaba, cómo sus manos se hundían en su cabello. Luego lo tomó de la camisa y se la quitó, dejando su torso al descubierto, pálido, con un vello suave en el pecho, y la cicatriz pequeña que tenía en el costado, de una cirugía antigua.

—Te gusta verme —dijo ella.

—Sí. Me gusta que me dejes ver.

Ella lo tomó de la mano y lo guió hacia el cuarto. La cama era sencilla, con sábanas blancas y una manta de lana. Lucía se sentó, y entonces se quitó el vestido, dejándolo caer en el suelo como una hoja seca. Debajo no llevaba nada. Emilio la miró, y por primera vez, no sintió vergüenza por su propia excitación. Se quitó los pantalones, los calcetines, y se sentó frente a ella, con las piernas abiertas, la verga ya dura, la punta húmeda.

Ella se inclinó, lo tomó con la mano, y lo acarició con calma, desde la base hasta la cabeza, con un movimiento lento, suave, como si estuviera escribiendo una frase en el aire. Emilio cerró los ojos, dejándose llevar. Luego ella se lo llevó a la boca, y lo chupó con lentitud, chupando la punta, lamiendo el glande, hasta que él ya no pudo más y la tomó de las caderas.

—Gira —le dijo ella.

Él obedeció. Se acostó de lado, y ella se subió detrás, con las rodillas flexionadas, las nalgas separadas, el culo húmedo y abierto, la entrada entre sus muslos. Emilio se pasó la mano por la espalda baja, sintiendo el calor de su piel, el pelo suave en la base de la columna. Luego se untó un poco de saliva en los dedos y le abrió el cuerpo, despacio, hasta que encontró su entrada, caliente, húmeda, lista.

—Estoy contigo —le dijo ella, sin volverse.

Él empujó, suave, hasta que la verga entró por completo, hasta que sintió su cuerpo contra el suyo. Ella jadeó, una vez, baja, profunda. Emilio se quedó quieto, sintiendo el apretón, la calor, la humedad que lo envolvía como un milagro.

—Mueve —susurró ella.

Y él empezó a

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