Una noche en el balcón con mi vieja

Una noche en el balcón con mi vieja

@el_profesor ·27 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (3) · 268 lecturas · 10 min de lectura

Vos sabés cómo es cuando vivís tanto tiempo con alguien que hasta el silencio se vuelve familiar, casi cómoda la rutina, pero también insostenible en sus puntos más finos. Ana y yo llevamos diecisiete años juntos, y en los últimos tres —después de que nos mudamos a este departamento en Belgrano R—, la cama se volvió una especie de museo de lo que fue. No por falta de ganas, no: era por cansancio, por horarios que no coincidían, por el peso de lo mismo. Hasta que una noche, en el balcón, todo cambió.

Era viernes. Llovía desde las tres de la tarde, una lluvia fina pero tenaz, que empapaba los vidrios y hacía que el aire dentro del departamento oliera a humedad, a madera vieja y a algo más: a期待, si vos me permitís la mezcla. Ana había llegado tarde del trabajo, con la cara cansada, el pelo humedecido por el aguacero, y se había dejado caer en el sofá con un suspiro que parecía sacado del fondo de sus huesos.

—Voy a ducharme —dijo, y se levantó sin mirarme, pero no fue una despedida. Fue una invitación disfrazada.

Yo no dije nada. Simplemente la seguí al baño.

Cuando ella entró, dejé la puerta entreabierta, como si el vapor pudiera llevarse con él las palabras que aún no teníamos. Ella se quitó la ropa con lentitud, sin prisa, como si cada prenda fuera un capullo que iba dejando atrás. La ropa de sport, el pantalón ajustado, la remera mojada que se le pegaba al cuerpo. Y después, el sostén, que dejó caer al suelo como si fuera una bandera rindida. Sus pechos, ya no tan firmes como antes —y eso la hacía más linda, más real—, se desplegaron al aire con una gravedad que los hacía más propicios a la mirada, más dignos de ser besados.

Me acerqué. No la toqué al instante. La observé bajo el chorro tibio del agua, cómo el vapor le acariciaba los hombros, cómo le corría por la espalda entre las curvas de la columna. Tenía una marca pequeña, casi imperceptible, sobre la cadera izquierda: una cicatriz deAppendicectomía de hace mucho, pero que ahora parecía un sello de vida, de supervivencia.

—¿Me ayudás con el jabón? —dijo, sin voltear.

Y yo, sin decir nada, tomé la esponja que colgaba del grifo y la sumergí en el agua tibia. Le froté suavemente la espalda, bajando despacio, con el dedo índice siguiendo el rastro de la cicatriz, sin presión, solo con el roce. Ella se estremeció. No fue un estremecimiento de sorpresa, sino de reconocimiento: como si su cuerpo hubiera olvidado por un momento quién la tocaba, y ahora, al recordarlo, se encendiera de golpe.

—Mirá qué pija —murmuró, y se volteó un poco para que yo la mirara.

Y la miré.

Con los ojos bajos, los hombros encogidos, el agua le corría por el cuello, por los pechos, por el vientre, y después, inevitablemente, hacia abajo, hacia la concha. La concha de Ana. La concha que yo conocía desde hacía veinte años, pero que ahora, bajo la lluvia, bajo el vapor, parecía nueva. La piel más oscura allí, el vello rubio claro, la curva de los labios mayores que se abrían apenas con el movimiento del agua.

—Pasá la mano —dije.

Ella no respondió. Simplemente puso una pierna sobre el borde de la ducha, como para facilitarme el acceso. No era una postura coqueta, pero sí una confianza absoluta. Yo bajé la esponja, la mojé con más agua y jabón, y le froté suavemente la parte externa, sin apuro, sin ansiedad. Luego, con los dedos índice y medio, separé los labios y dejé que el agua corriera entre ellos. Ella suspiró, lentamente, como si exhalaras un aire que llevaba mucho tiempo reteniendo.

—Hacé eso —dijo—. El clítoris.

Y yo lo hice. Con la punta de los dedos, le acaricié el clítoris con un movimiento circular suave, rhythmico, pausado. No le apreté, no le froté fuerte. Solo lo acaricié, como si fuera un secreto que había que descubrir con cuidado. Ella cerró los ojos, se inclinó hacia adelante, y me apoyó la frente en el pecho. Sentí su respiración cambiar: más corta, más superficial. Sus pechos, ahora húmedos y brillantes, rozaban mi abdomen.

—Vos sabés cómo me gusta —dijo, entre dientes.

—Sí —respondí—. Siempre lo supe.

Salimos de la ducha al mismo tiempo, sin prisa. Ana se envolvió en una toalla grande, de algodón grueso, y se secó con lentitud. Yo, sin toalla, me quedé parado frente al espejo del baño, mirándome en el reflejo. La espalda, los hombros, el pecho, y después, abajo, mi pene colgando flácido, como si también estuviera esperando su turno. Ana se acercó y, con la punta de la toalla, me secó el pecho, el cuello, los brazos. Luego, bajó la mirada.

—Está durito —dijo, con una sonrisa casi tímida.

—Lo está —confesé.

Ella se agachó, sin pedir permiso, sin esperar respuesta, y me tomó el pene con la mano derecha. Lo sujetó con suavidad, como si fuera una taza de café recién servida, y me lo acarició con un movimiento lento, de abajo hacia arriba. No fue un movimiento rápido, ni ansioso. Fue un movimiento de amor. De cariño. De deseo reprimido.

—Vamos al cuarto —dije.

Pero ella no se movió. Me miró a los ojos y dijo:

—No. Acá.

Y me tomó del brazo, me llevó al balcón. Era una extensión pequeña, de tres metros por dos, con una mesa de madera vieja, dos sillas y una hamaca de cuerda que habíamos comprado en una ferretería de Palermo. Ahora, con la lluvia detenida, el aire estaba fresco, húmedo, cargado de olor a tierra mojada.

Ana se sentó en la hamaca, con las piernas separadas, como si estuviera esperándome. Me senté frente a ella, entre sus piernas. No la besé. No la toqué. Solo la miré. Sus ojos, oscuros bajo la luz tenue del living, brillaban con algo que yo no había visto en mucho tiempo: una mezcla de expectativa, de confianza, y de deseo.

—Desabotoame —dijo.

Y yo lo hice. Con los dedos, desabotoné la blusa que aún llevaba puesta. La tela se abrió lentamente, revelando el sujetador de encaje negro, el que usaba para las cenas importantes. Pero esta vez no era para ninguna cena. Era para mí. Para nosotros.

Le quité el sujetador con lentitud, y sus pechos salieron a la luz. Ya no estaban tiesos como antes, pero tenían una forma más natural, más propia. La piel un poco más suelta, los pezones más oscuros. Los tomé entre mis manos, los acaricié, y luego los bajé con la boca. Primero uno, luego el otro. Le chupé suavemente, con la lengua, con los labios. Ella se estremeció, puso las manos sobre mi cabeza, y me apretó suavemente, como para decirme: *seguí*.

Luego, bajé las manos. Desabroché su falda, la bajé por las caderas, y la dejé caer al suelo. Ella se levantó un poco, sacó las piernas, y quedó sentada en la hamaca, con solo la slip de encaje negro. Me miré sus piernas, su vientre, su concha. Y entonces, con los dedos, separé la tela y dejé ver su piel. Su concha, ya húmeda, con los labios ligeramente abiertos. Le acaricié el clítoris con el pulgar, y ella jadeó.

—Vos me hacés esto —dijo—. Me hacés desear lo que ya tenés.

—Sí —dije—. Porque siempre lo tuve.

Le separé los labios con los dedos, y metí uno, despacio, dentro de su vagina. Estaba caliente, húmeda, apretada. Me miró a los ojos mientras lo hacía. No cerró los ojos. Me dejó ver su mirada, su placer, su entrega.

—¿Te acordás cuándo fuimos al Río de la Plata? —me preguntó.

—Claro —respondí—. Ese verano, antes de que te embarazaras.

—Sí —dijo—. Y en la noche, nos íbamos a la orilla, a mirar el río. Y vos me tocabas ahí, en la arena.

—Sí —volví a decir.

—Hoy no hay arena. Pero hay hamaca.

—Y hay vos —dije.

Metí el segundo dedo, y abrí un poco más, con cuidado. Ella gimió, bajó la cabeza, y me apoyó las manos en los hombros. Le acaricié el punto de ahí adentro, ese lugar que sabía que la hacía explotar, y ella se estremeció como si una corriente eléctrica la hubiera atravesado.

—No me jodás —dijo—. No me jodás así.

—Te jodo —respondí—. Te jodo porque vos querés.

Le quité el slip con la boca, y metí la lengua dentro. Le lamí el clítoris, luego los labios, luego adentro. Ella se movió sobre mi cara, con lentitud, como si estuviera danzando. Y cuando sentí que estaba a punto de llegar, la tomé de las caderas, la levanté un poco, y la puse de pie frente a mí.

—Vamos a la habitación —dije.

—No —respondió—. Acá.

Y se quitó la blusa por completo, se deslizó la falda, y se sentó en la hamaca, con las piernas abiertas, mirándome con esos ojos que ya no tenían nada que ocultar. Yo me quitó la ropa interior, me puse de pie frente a ella, y le tomé el pene con la mano. Lo apunté hacia su concha, hacia su entrada, y lo empujé despacio. No con fuerza. Con paciencia. Con amor.

Ella jadeó. No fue un jadeo de dolor, sino de satisfacción. De plenitud.

—Estás adentro —dije.

—Sí —respondió—. Estás adentro.

Y empecé a moverme. Con lentitud. Con calma. No era una furia, no era un desahogo. Era una reconexión. Una reafirmación. Yo la miraba a los ojos mientras lo hacía, y ella me miraba a mí, sin miedo, sin vergüenza, con una confianza que solo se construye con los años.

—Sí —dijo—. Sí, así.

Y yo aumenté la velocidad. No por ansiedad, sino por necesidad. Necesidad de sentirla más fuerte, de sentir su calor, de sentir su cuerpo temblar bajo el mío. Ella puso sus manos sobre mis glúteos, me apretó, y me pidió:

—Más fuerte.

Y lo hice. La cogí con fuerza, con pasión, con el deseo que habíamos dejado de lado. Ella gimió, alto, como si estuviera llamando a algo más grande que nosotros. Y entonces, sin aviso, se vino. Se vino con un grito que parecía salir del fondo del alma, con los ojos cerrados, con las manos aferradas a mis brazos.

—¡Ay, Dios! —dijo—. ¡Ay, Dios!

Yo la seguí cogiendo, incluso después, hasta que yo también sentí que llegaba. Sentí el calor subir por la columna, el pene apretarse, y entonces, sin querer, me vine adentro de ella. Me vine con una fuerza que no esperaba, con una sensación que hacía mucho no sentía: la de pertenecerle, de estar ahí, de ser suyo y de que ella fuera mía.

Me retiré despacio, y ella se dejó caer sobre la hamaca, con las piernas abiertas, con el cuerpo sudado, con la respiración agitada. Yo me senté a su lado, la tomé en brazos, y la besé en la frente.

—¿Volviste a sentirlo? —le pregunté.

—Sí —respondió—. Lo sentí. Lo sentí todo.

—¿Y ahora?

—Ahora —dijo, y me miró a los ojos—. Ahora me tenés de nuevo.

Nos quedamos así, en silencio, abrazados, con el balcón bajo la lluvia que volvió a caer suavemente. Y yo supe, en ese momento, que no volveríamos a mirar la cama como un museo. Que la cama era solo un lugar. Y que lo que importaba era la hamaca, el balcón, y vos, Ana. Vos, que me hiciste sentir que aún podía desear, que aún podía querer, que aún podía cogerte con calma, con pasión, con amor.

Y vos, que me lo permitiste.

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