Una noche con mi vecina y su novio

Una noche con mi vecina y su novio

@paula_invierno ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (12) · 17 lecturas · 7 min de lectura

Nunca imaginé que la vida me depararía algo así, pero desde que me mudé al quinto piso, todo cambió. Mariana, la vecina del cuarto, me sonreía cada vez que nos cruzábamos en el ascensor. Su risa era baja, cálida, como un susurro entre dientes. Tenía treinta y cinco años, piel morena, ojos café oscuro que parecían ver más de lo que decía, y una boca que siempre parecía a punto de decir algo importante. Yo, con mis treinta y dos, suelo ser reservado, casi tímido, pero con ella sentía algo distinto: una inquietud que no sabía nombrar.

Una noche, tras un aguacero torrencial que dejó el edificio sin luz, tocaron mi puerta. Mariana, con el pelo mojado pegado a las mejillas, el suéter arrugado y los ojos brillantes, me miró y dijo: “¿Podría entrar? Hizo mucha luz y mi novio y yo nos quedamos sin electricidad en el cuarto”.

Acepté sin pensarlo. No era solo la urgencia de la situación, era la forma en que me miraba: como si ya supiera algo de mí que ni yo conocía.

Entraron los dos. Él, Lucas, era alto, musculoso, con barba corta y una voz grave que resonaba como un trueno lejano. Tenía veintiocho años, piel clara, y una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos. Me di cuenta de que Mariana lo miraba con una mezcla de ternura y deseo que no era común. Él me saludó con un asentimiento, pero no con hostilidad, ni con timidez. Con naturalidad.

Nos sentamos en el sofá, a oscuras, con las velas que saqué de un cajón. El aire olía a mojado y a ella. A su perfume, algo dulce y picante. No hablamos mucho al principio. Solo escuchamos la lluvia, el silencio de la habitación, el crujido de sus cuerpos al acomodarse.

—¿Quieres que te ayude a secarte? —le pregunté a Mariana, con la voz más grave de lo que pretendía.

Ella me miró, lento, y asintió. Me acerqué con una toalla, la tomé por la muñeca y la guié hasta el baño. El agua aún le goteaba del pelo. Me puse detrás de ella, con las manos temblorosas, y comencé a secarla con lentitud. Sentí su respiración entrecortarse cuando mis dedos rozaron su nuca. Me incliné, apoyé la frente en su hombro y susurré: “¿Te importa si te toco?”.

No respondió con palabras. Solo giró la cabeza, rozó su labio con el mío, y me besó.

Fue un beso cálido, húmedo, con sabor a lluvia y a vino que había bebido antes de que llegáramos. Me abrió la boca con su lengua, y mientras la besaba, sentí el cuerpo de Lucas detrás de nosotros. No interrumpió. Solo se acercó, se apoyó en el lavabo, y nos observó con los ojos entreabiertos.

Mariana se separó, pero solo para darme la espalda y desabrocharse el suéter. Lo dejó caer por sus brazos, y quedó frente a mí, en ropa interior: un sujetador de encaje negro que apenas contenía sus pechos redondos, y una slip de malla que dejaba entrever su vulva hinchada, ya mojada por el deseo. No llevaba bragas debajo.

Lucas se levantó, se acercó, y me tomó la muñeca. “Déjala”, dijo, y me apartó suavemente. Yo no me resistí. Solo miré cómo se inclinaba frente a ella, le separaba las piernas con las manos firmes, y se arrodillaba.

Veo a Mariana apoyada en la pared, la cabeza inclinada hacia atrás, los ojos cerrados, mientras Lucas le lamía el clítoris con una intensidad que la hacía temblar. Él no se apresuraba. Lo hacía con cuidado, con la lengua plana, luego en círculos, luego con suaves mordiscos. Ella gimió, un sonido gutural, descontrolado, y sus dedos se clavaron en su cabello.

—Está listo —susurró Lucas, sin levantar la vista—. ¿Quieres que lo meta o que lo haga con la boca?

—Con la boca —respondió ella, jadeante—. Pero primero… quiero que el le vea hacerme. Que sepa cómo te muevo cuando te toco.

Lucas me miró entonces. Directo. Sin tapujos. Y asintió. Me desabrochó los pantalones con una sola mano, bajó la cremallera y sacó mi pene, ya medio duro, húmedo en la punta. Me lo tomó con la mano derecha, lo frotó lentamente, con el pulgar rozando el glande, y me susurró: “Pensé que eras tímido”.

—Lo soy —respondí, jadeando—. Pero contigo dos… no sé qué me pasa.

Mariana se volvió hacia mí, me tomó del mentón y me besó de nuevo, profundamente, mientras Lucas me chupaba el pene con una intensidad que me hizo arquear la espalda. Su boca era húmeda, cálida, con una presión que iba de suave a intensa, y cada vez que lo hacía, yo sentía que me deshacía.

—Mira cómo me lo hace suavemente —dijo ella, guiándome con la mirada hacia Lucas, que ahora lo hacía más lento, con la lengua envolviendo el vástago, y su mano subiendo y bajando con un ritmo que era casi hipnótico.

Me volví hacia Mariana, le separé los labios de la vulva con los dedos, y vi su clítoris, hinchado, brillante, pulsando con cada movimiento de Lucas. Le lambí el clítoris mientras Lucas continuaba conmigo, y ella soltó un grito ahogado, los pies separados, las rodillas temblando.

—Estoy cerca —susurró—. Dime si te gusta verme así.

—Sí —dije, con la voz rota—. Sí, sí, sí.

Lucas me soltó el pene, se puso de pie, y me empujó contra la pared. Me abrió las piernas con la rodilla y se colocó frente a mí. Me miró los ojos, se pasó la lengua por los labios y me metió dos dedos en la boca.

—Chupalos —ordenó.

Lo hice, con fuerza, con sed, sintiendo el sabor a mi propia saliva y al suyo. Entonces me empujó la lengua hacia atrás, se sacó los dedos y me metió la polla en la boca, hasta la base. Me ahogué, pero no me retiré. Me dejé llevar, con las manos en sus caderas, los ojos cerrados, sabiendo que Mariana me miraba, que lo estaba viendo todo.

Cuando Lucas se retiró, Mariana ya estaba de pie. Me dio la espalda, se arrodilló frente a mí, y con una mano me tomó la polla, con la otra me separó los labios de la vulva. Me guió hasta su entrada. Me miró, me sonrió, y se dejó empalar.

Fue lento, profundo, doloroso y hermoso. Sentí su cuerpo estrecho, húmedo, apretado como un puño cálido. Ella gimió, arqueó la espalda, y Lucas me tomó la cintura, me empujó con fuerza, haciendo que entrara más hondo. Mariana se llevó las manos a los pechos, se los apretó, y me pidió: “Más fuerte”.

Y lo hice. Le clavé mi pene en la vagina con una fuerza que hizo temblar el baño. Ella gritaba, Lucas gemía, y yo sentía que me deshacía, que me quemaba desde dentro. Me incliné, le mordí el hombro, le chupé el cuello, y Lucas me besó la nuca mientras Mariana se retorcía entre mis brazos.

—Voy a correrme —dije.

—Y yo —dijo ella—. Con tu polla dentro.

Lucas me soltó la cintura y me tomó los testículos entre los dedos, me apretó con fuerza, y yo empecé a correrme. Sentí el calor, la explosión, el líquido espeso que salía de mí como si fuera mi alma. Mariana me apretó con su vagina, me apretó como si me quisiera tragarme, y se corrió también, con un grito largo, ahogado, que resonó en el espejo.

Nos quedamos así, jadeantes, sudorosos, con las manos entrelazadas, los cuerpos pegados, los labios rotos por los besos. Lucas se sentó en la tapa del inodoro, con la polla medio dura aún, y me hizo sentar sobre sus piernas. Me abrazó por la cintura, me besó el cuello, y Mariana se acercó, me lamía los pezones, me mordía los labios, me besaba como si no hubiera un mañana.

Fue una noche que no terminó. Que no quiso terminar. Que se quedó grabada en mi piel, en mi memoria, en el hueco de mi pecho, como una marca de fuego.

Y desde esa noche, cada vez que veo a Mariana, siento el eco de Lucas en mi boca, el sabor de su polla en mi lengua, y el recuerdo de cómo se sintió su cuerpo contra el mío, en

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@paula_invierno

Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.

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