Una noche con mi vecina del fondo
10 minUna noche con mi vecina del fondo
La lluvia no caía con fuerza, pero sí con persistencia, como si el cielo le hubiera tomado asco a la tierra de Once y le estuviera sacudiendo las manos para deshacerse de ella. En el tercer piso, del fondo, a la izquierda, vivía Lucía. En el mismo piso, del fondo, a la derecha, vivía yo. No habíamos cruzado más de tres frases en los cinco años que llevaba en ese edificio de paredes amarillentas y escaleras que chirriaban como si se hubieran olvidado de cómo hacerlo con suavidad. Ella era baja, morena, con el pelo recogido en un nudo apretado que siempre parecía a punto de soltarse. Yo era alto, de hombros anchos, de manos que no sabían tejer pero sí sostener.
Todo cambió cuando una noche —esta sí, con tormenta de verdad— el timbre de mi puerta sonó a las once y pico. No era el portero automático, era el timbre físico, ese de metal y cristal que nadie usaba desde los años ’90. Me levanté del sillón, donde estaba con el vaso medio lleno de vino tinto y la novela sin terminar. Abrí con la cabeza aún inclinada, como si el gesto ya hubiera sido programado por el cansancio.
—¿Sí? —pregunté, sin darle tiempo a que hablara.
Ella estaba ahí, con el pelo suelto, mojado en las puntas, la blusa ceñida al pecho, el sostén visible bajo la tela oscura que se le marcaba en los pezones. No lloraba, pero los ojos tenían ese brillo húmedo que no es solo del agua de la calle.
—Me cortó la luz —dijo, y la voz le salió más quebrada que el silencio entre dos latidos.
—¿Acá? —respondí, señalando el edificio con la cabeza.
—Sí. Y el portero no contesta.
No sé si era la lluvia o si era la forma en que me miraba, con una mezcla de vergüenza y desesperación que no sabía cómo leer. Pero le dije: —Pasá.
No era una invitación. Era una certeza.
Se quitó los zapatos en el umbral, con lentitud, como si temiera que el suelo la rechazara. La dejé entrar. No la invitó a sentarse: ella misma se dejó caer en el borde del sofá, con las manos juntas sobre las rodillas, los codos doblados, como si estuviera esperando un juicio. Yo le ofrecí una toalla seca, del baño, que ella tomó sin decir nada. Se secó el pelo, luego las manos, luego los brazos. Y luego, sin mirarme, se la puso en el cuello, como una capa improvisada.
—¿Vas a quedar sin luz toda la noche? —pregunté, sentándome a un metro, con las piernas abiertas y las manos en los muslos.
—No lo sé. No tengo velas.
—Yo sí.
Me levanté, fui a la cocina, abrí un cajón, saqué una cajita de cerillas y tres velas en frascos de vidrio. Volví, las encendí una por una, y las dejé sobre la mesa baja, frente al sofá. La luz saltó, amarilla, temblorosa, como si también le tuviera miedo a la oscuridad.
Ella no dijo nada. Sólo me miró. No con ojos de quien está perdido, sino con ojos de quien ya encontró el camino y está esperando permiso para seguir.
—¿Querés un vino? —pregunté, porque no sabía qué más decir.
Asintió, con la cabeza baja, pero con un gesto firme.
Le serví dos vasos. No usé copas. Usé vasos comunes, de cristal grueso, los mismos que yo usaba todos los días. Se los di. Ella los tomó con ambas manos, como si el calor del vaso fuera la única cosa que la mantenía conectada al mundo. Bebió un trago largo, luego otro. El vino le manchó el borde de la boca, y se lo limpió con el pulgar, lento, consciente, como si cada gesto fuera una promesa.
—Viví sola mucho tiempo —dije—. Y me acostumbré a escuchar mi propia respiración.
Ella asintió otra vez.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora me acostumbro a escuchar la de otros.
No era una broma. Era una confesión.
Se acercó un poco más. No con las piernas, no con el cuerpo, sino con la mirada. La luz de las velas le dibujaba sombras en el cuello, en el pecho, en el vientre plano que llevaba descubierto por la blusa un poco desabrochada. No sabía si había sido por descuido o por intención. Pero yo ya había empezado a leerla como un mapa antiguo, con las curvas de los huesos y las grietas de las arrugas que el tiempo le había dejado en la comisura de los labios.
—¿Vos? —preguntó—. ¿También estás solo?
—No estoy solo. Estoy conmigo.
Ella sonrió, por primera vez, con los ojos cerrados, como si la frase la hubiera acariciado.
—Yo también —dijo—. Estoy conmigo. Pero a veces, la compañía se vuelve monótona.
—Y el silencio, cansado.
Ella bajó los ojos al vaso. Lo giró entre los dedos.
—¿Te importa si me quito la blusa? —preguntó, sin mirarme.
—No me importa —respondí—. Me encanta.
Ella se la desabotonó lentamente, con los dedos que temblaban apenas, como si cada botón fuera una decisión que no quería tomar, pero que ya había tomado. La tela se abrió, reveló el sujetador de encaje negro, de copa redonda, que le sostenía los pechos como dos frutos maduros. No eran grandes, pero sí firmes, con pezones oscuros, erectos, que ya reaccionaban al aire fresco del cuarto, a la luz tenue, a la presencia mía.
—Estoy ardiendo —dijo, en voz baja.
—Vení —dije.
No era una orden. Era una invitación.
Se levantó. No con prisa. No con teatro. Con la calma de quien ya decidió que no va a volver a la cama sin compañía. Se acercó hasta donde yo estaba, sentado en el sofá, y se sentó a mi lado, con las piernas juntas, las manos en el regazo, la cabeza un poco inclinada hacia atrás, como si me dejara entrar en su cuello, en su garganta, en su respiración.
Le pasé una mano por el brazo, sin apretar, sin forzar. Sólo con la palma abierta, con los dedos extendidos, como si estuviera midiendo la temperatura de su piel. Ella no se retiró. Incluso, cuando sentí que sus dedos se aferraban al borde del sofá, yo apreté un poco más, con ternura, con intención.
—¿Querés que te quite el sujetador? —pregunté.
—Yo misma —respondió—. Pero querés verme.
—Sí. Quiero verte.
Ella se levantó de nuevo, esta vez con lentitud, con teatro, como si fuera escena de una obra que nadie más iba a ver. Se giró de espaldas, con la espalda descubierta, con la curva de la columna que descendía hasta la cintura, hasta la curva del culo, redondo, firme, cubierto por una pollera oscura de algodón que le pegaba a la piel como si la hubiera pintado encima.
Desabrochó el sujetador con una sola mano, con un gesto hábil, como si lo hubiera hecho mil veces. Las copas se soltaron, los pechos salieron, suaves, pesados, con los pezones que se erizaron enseguida, como si reconocieran el calor de mi mirada.
Me levanté.
Me puse frente a ella. No la toqué. Sólo la miré.
—Sos hermosa —dije.
Ella no sonrió. Sólo me miró a los ojos, con una intensidad que me hizo sentir que me había caído en un pozo sin fondo, y que no quería salir.
Le acerqué una mano, lenta, como si temiera que el aire la detuviera. Le acaricié el pecho izquierdo, con la palma entera, con los dedos abiertos, con la yema que se hundía un poco en la suavidad de la carne. Ella soltó un suspiro, profundo, como si hubiera estado aguantando la respiración desde que entró.
—Dime qué querés —susurré.
—Quiero que me cuentes… cómo es estar conmigo —dijo.
—Estoy contigo. Ya lo estás sintiendo.
—No. Quiero que me cuentes. Como si no lo estuvieras viviendo. Como si fuera un cuento que le contás a alguien en la oscuridad.
Le pasé la mano por la cintura, hasta la curva de la cadera. Le acaricié la pollera, por encima.
—Está oscuro —empecé—. Y vos estás parada frente a mí, con los pechos que aún están rojos por la luz de las velas, y los pezones duros, como si te hubieran tocado antes, aunque nadie lo haya hecho.
—Sigo con vos —dijo, con los ojos cerrados.
—Y ahora… vos estás respirando más rápido. Tu pecho sube y baja, y los pechos se mueven como dos criaturas que quieren salir corriendo. Toco tu vientre, con la mano derecha, y siento cómo se tensa, como si te estuvieras preparando para algo que ya sabés que va a pasar.
Le acaricié el ombligo, con la yema del dedo. Ella soltó otro suspiro, más fuerte.
—Y ahora… te agacho un poco la cabeza, y vos me la dejás bajar, como si me permitieras entrar en tu cuello, en tu columna, en tu piel. Le acaricio la nuca con la mano izquierda, y con la derecha sigo bajando, hasta la cintura, hasta la cadera, hasta la pollera.
—Sí —susurró—. Seguí.
—La pollera es de algodón. No tiene botones. Sólo una costura que la sostiene. La tomo con los dedos, por los lados, y la bajo, despacio, como si fuera una cortina que se abre. Te quedás quieta, con los pechos que se mueven con la respiración, con los pezones que se ponen más duros si cabe.
La pollera bajó hasta las rodillas, y yo la tomé con las dos manos, y la saqué de las piernas, sin apuro, como si fuera una prenda sagrada. Ella estaba con la pollera en los tobillos, con los pies descalzos, con las piernas juntas, con las manos que se aferraban al borde del sofá, como si temiera caer.
—Ahora te tomo de las manos —dije—. Y te digo: sentate.
Ella se sentó. Con las piernas abiertas un poco, como si me estuviera ofreciendo.
—Y ahora… te miro la concha. Está afeitada, limpia, con los labios cerrados, como si estuviera esperando que la abran. Los pezones siguen duros, y los pechos suben y bajan con la respiración, como si quisieran tocar el aire, como si quisieran tocarme.
Le pasé la mano por el muslo, con suavidad, hasta la parte interna, hasta donde la piel es más suave, más sensible. Ella soltó un gemido, bajo, apenas un susurro.
—No digas nada —le dije—. Sólo dejá que te toque.
Le pasé la mano por la concha, con la palma entera, con los dedos extendidos, con la yema que rozaba los labios, sin presionar, sin entrar. Sólo rozar. Ella se estremeció, como si una descarga la hubiera atravesado.
—¿Querés que te toque los pechos? —pregunté.
—Sí —dijo—. Quiero que los cagues con las manos.
—Te los voy a tocar —dije—. Y mientras los toco, vos me vas a mirar.
Le pasé una mano al pecho izquierdo, y lo tomé con la palma entera, con los dedos que se cerraron suavemente sobre la carne. Le masajeé, con lentitud, con intención, con la yema que rozaba el pezón, que ya estaba duro como una piedra, como una promesa. Ella cerró los ojos, soltó un gemido más fuerte, con la cabeza hacia atrás, con la garganta expuesta.
—Y ahora… te voy a besar.
Me incliné. Le toqué los labios con los míos, lentamente, con la boca abierta, con la lengua que entró un poco, con la humedad que nos unió como si fuéramos dos gotas de agua que se reconocen en la oscuridad. Ella me respondió, con los labios que se abrieron más, con la lengua que se enredó con la mía, con las manos que dejaron el sofá y se aferraron a mi camisa, como si temieran que me fuera.
La besé hasta que nos faltó el aire.
—Levantate —dije.
Ella se levantó. Con las piernas un poco temblorosas, con la concha que ya estaba húmeda, con los pechos que se movían con la respiración agitada.
—Quiero que te quites todo —dije—. Quiero verte desnuda, con la luz de las velas.
Ella se quitó la blusa por completo, la dejó en el suelo. Se quitó el sujetador, lo dejó encima. Se quitó la pollera, la dejó al lado. Y quedó ahí, desnuda, con los pechos que se movían con la respiración, con la concha que ya se abría un poco, con los labios que estaban húmedos, que estaban brillantes bajo la luz amarilla.
—Sos hermosa —repetí—. Sos hermosa y estás ardiendo.
Le pas
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.