Una noche con la vecina y su marido

Una noche con la vecina y su marido

@tomas_leon ·11 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (17) · 87 lecturas · 7 min de lectura

Vivíamos en el mismo edificio desde hacía dos años, pero hasta esa tarde de viernes, apenas nos habíamos cruzado con la cabeza baja en el ascensor, un saludo rápido, un “buenas” de pasada. Ella, Lucía, era alta, rubia, con pechos que se le marcaban bien en las camisetas ajustadas, caderas anchas y un culazo que hacía que cualquiera le echara un ojo, aunque fingiera no hacerlo. Él, Martín, era bajo, moreno, con brazos musculosos de quien trabaja con las manos y una mirada tranquila, de esos que parecen no tener prisa por nada. Nos conocíamos de oídas: ella daba clases de pilates, él trabajaba en una consultora de diseño. Nada raro. Hasta que esa tarde, mientras recogía el correo en el portón, ella me detuvo con una sonrisa que me hizo palpitación rápida.

—Oye, Tomas… ¿te acordás de nosotros? —me dijo, acercándose, con el pelo suelto, olor a jazmín y sudor dulce. Me miraba directo, sin rodeos, y me di cuenta de que tenía los pezones duros contra la tela fina de la remera.

—Sí, claro… ¿qué onda? —respondí, tratando de sonar casual, pero la voz me salió ronca.

—Escuchá… Martín y yo vamos a tener una reunión esta noche, con una pareja que conocimos en un encuentro hace un mes. Somos swingers, ¿sabés qué es eso? —me preguntó, y me lamió los labios mientras me miraba la entrepierna. Yo sentí el pene hormigueando, ya duro bajo el jean.

—Sí, ya me imaginé —respondí, sin bajar la mirada—. ¿Y qué querés, Lucía?

—Quiero que vengas con nosotras. A casa. Martín ya aceptó, y a él también le gustás. —Me pasó una mano por el brazo, lenta, y me rozó el antebrazo con la uña.— Vos tenés el tipo de cuerpo que le gusta a Martín. Fuerte, con pelo, con hambre.

No dudé ni un segundo. Sí, claro que sí. Porque desde la primera vez que la vi en el gimnasio del edificio, viendo cómo se estiraba con las piernas abiertas, yo ya había soñado con meterle la lengua en la concha y escucharla gorgojeando como una perra en celo.

Esa noche, a las 21:30, subí las escaleras del cuarto piso, con una botella de wisky y un condón en el bolsillo trasero. Lucía abrió la puerta con un vestido negro, ajustado, hasta la mitad del muslo, y sin sujetador. Los pechos se le marcaban redondos, con los pezones duros como canicas. Me besó en la boca, con la lengua abierta, y me empujó adentro.

—Martín ya está ahí —me susurró al oído—. Está en el living, con una copa en la mano. Lo vi mirándote hoy en el ascensor. Te quería.

La habitación olía a incienso y a sexo. Martín estaba sentado en el sofá, con las piernas abiertas, la remera subida un poco, mostrando el ombligo y el vello del vello púbico que se le extendía hacia arriba. Me sonrió, sin prisa, y me ofreció una copa.

—Tomas, ¿verdad? —me dijo, con voz grave—. Escuché que trabajás en albañilería. ¿Le pegás fuerte al cemento, no?

—Sí, Martín —respondí, acercándome—. Y también le pego fuerte a otras cosas.

Me senté a su lado, y él me puso una mano en el muslo, firme, con los dedos que se abrieron como quieren agarrar. Lucía se sentó en el suelo, entre nuestras piernas, y me desabotonó el pantalón con lentitud, mientras Martín le acariciaba el pelo con ternura. Cuando sacó mi pene, ya duro como una piedra, Lucía me lo agarró por la base, lo frotó contra su labio inferior, y me lo metió en la boca. Me lamió el glande con la lengua plana, y me chupó todo el largo, como si le gustara el sabor de mi pene.

—A ver, ahora vos —dijo Lucía, apartándose y mirando a Martín—. Quiero ver tu pija metida en mi concha.

Martín se paró, se sacó la remera, y se desabrochó el pantalón. Sacó su pene, grueso, moreno, con el prepucio suelto y la cabeza roja. Lo tuve que mirar dos veces, porque era grande, más grande de lo que parecía, y me hizo palpitación otra vez.

—Vení, Tomas —me dijo Lucía, agarrándome del brazo—. Sentate ahí, en la silla. Mirá cómo tu pija se llena de leche cuando vea lo que le voy a hacer a Martín.

Me senté, con las piernas abiertas, el pene aún duro, y vi cómo Lucía se quitó el vestido, quedando desnuda, con los pechos grandes y caídos un poco, los pezones oscuros, y la concha pelada, húmeda, con los labios abiertos, rosados, con un vello suave en la parte superior. Se sentó sobre la cara de Martín, y él le metió la lengua adentro de la concha, lamiéndola con fuerza, como si le gustara su sabor.

—Garcháme, garcháme fuerte —le dijo Lucía, agarrando sus cabellos—. Quiero que me fregues la vulva como si fueras un perro.

Martín le chupó el clítoris, y ella se arqueó, gritando un “¡ahhh, sí!” que me puso los pelos de punta. Yo ya me estaba masturbando con una mano, con la otra agarrada al respaldo de la silla, y vi cómo Martín se puso de pie, se acercó a Lucía, y le metió la polla en la concha, de un golpe, hasta la base.

Lucía gritó, un grito agudo, de placer puro. Martín empezó a entrar y salir, lento al principio, con la cabeza baja, los ojos cerrados, saboreando cada movimiento. Yo me frotaba la verga con fuerza, viendo cómo se metía y salía, con los muslos de Lucía temblando, con los pechos rebotando, con su boca abierta, jadeando, con los ojos vidriosos.

—¿Querés probar, Tomas? —me preguntó Lucía, volteando hacia mí, con la cara sudada, los labios hinchados—. Vení, acá.

Me paré, me acerqué, y ella me agarró el pene, me lo puso contra la entrada de su concha, y me empujó hacia adentro. Me metí hasta la base, y sentí su calor, su aprieto, su humedad. Me puso las manos en los hombros, y me pidió que la cogiera fuerte, que la jodiera como si no hubiera mañana.

Martín se sentó en el sofá, con la polla aún dura, y me dijo: “Dale, Tomas, metele fuerte, que ella lo quiere así”.

Cogí a Lucía con fuerza, con las manos en sus caderas, metiéndome y sacándome, con la cabeza baja, oliendo su sudor, escuchando el sonido de su concha chocando contra la mía. Ella me decía “sí, sí, así”, y me mordía el hombro para no gritar. Martín se frotaba el pene con la mano, con los ojos fijos en nosotros, y cuando Lucía se acercó a besarlo, le metió la lengua en la boca, y yo sentí cómo su polla se ponía más dura, más gruesa.

—¿Querés que te la meta yo también, Tomas? —me preguntó Martín, con una sonrisa traviesa.

—Sí —respondí, sin dudar—. Quiero que me la metas por el culo.

Lucía se paró, me giró, y me puso una almohada bajo las caderas. Martín me lubrifiqué con la saliva y con un poco de loción, y me metió el dedo índice, despacio, y luego el medio, hasta que me dijo: “Está listo”.

Me acosté boca abajo, con la cara pegada al sofá, y Martín se puso detrás, con la polla en la entrada del culo, y me metió un dedo más, y luego, con un movimiento lento, me introdujo la verga, de a poco, hasta que sentí su pubis contra mi perineo.

—Ahh, sí —gritó Lucía—. ¡Cógelo, Martín!

Martín empezó a entrar y salir, con fuerza, con golpes secos, y yo sentía el dolor que se convertía en placer, sentía cómo mi culo se abría, cómo se expandía para aceptar su polla, cómo me llenaba, cómo me hacía sentir grande, macho, dueño de mi propio deseo.

Lucía me acariciaba la espalda, me chupaba el cuello, y cuando Martín me dio un golpe seco en la base del culo, yo exploté, con un grito ahogado, con la verga palpitando, con el semen saliendo a chorros.

Martín me siguió unos segundos después, con un gemido grave, con su polla palpitando dentro de mi culo, con su semen llenándome, con sus manos agarrando fuerte mis caderas.

Nos quedamos así,

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@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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