Una noche con el nuevo vecino del quinto
4 minUna noche con el nuevo vecino del quinto
La primera vez que lo vi subiendo las escaleras con una caja de libros y una guitarra colgada al hombro, me di cuenta de que mi vida iba a cambiar. Se llamaba Amed, era de Senegal, alto, con la piel oscura como miel humedecida por el sol y los ojos claros que brillaban como si guardaran fuego adentro. Tenía 32 años, me dijo luego, y vivía en el quinto con su hermano. Yo, en el cuarto, soltera, con ganas de algo que ya no sabía si existía.
Nos cruzamos varias veces en el pasillo: él saliendo con la gorra hacia atrás, yo con el cabello aún húmedo de la ducha. Un día, me ayudó a cargar una bolsa de yerba que se me rompió en el rellano. Cuando sus dedos rozaron los míos, sentí un calorcito que me subió por el brazo y me detuvo en seco. Me sonrió —una sonrisa lenta, de labios anchos y dientes perfectos— y dijo: “Siempre te veo con ese libro de poesía. ¿Te gusta Neruda?”. Le dije que sí. Me dijo que él escribía también, versos en wolof y en español, y que si algún día quería escucharlos… bueno, ya sabía dónde estaba su puerta.
La semana pasada, llovía a cántaros. Me quedé sin pan, sin leche, sin ganas de salir. A las 9 de la noche,敲敲敲. Abri la puerta y allí estaba él, con una botella de vino tinto y dos vasos, gotas de lluvia en los hombros, el pelo alborotado. “Traje algo para el frío”, dijo, y me tendió la botella como si fuera una ofrenda.
Entró sin pedir permiso, como si ya conociera el sabor de mi casa. Colgó la campera, desató los cordones de las zapatillas y se sentó en el sillón, cruzando las piernas con naturalidad. Le serví vino en los vasos que él mismo había traído —los mismos, me di cuenta, con la etiqueta de un vino de Mendoza que me gustaba—. Nos miramos un rato, callados, mientras la lluvia golpeaba el vidrio. Luego, me acerqué, me senté en el borde del sillón, y le toqué la mano. No se movió. Solo me miró, con los ojos oscuros, y dijo: “Vos sabés lo que querés, ¿no?”. Le dije que sí, que lo sabía, que desde la primera vez que lo vi supe que quería eso: sus manos en mi cintura, su boca en mi cuello, su cuerpo pesado encima mío.
Se levantó despacio, como si no quisiera asustarme, y me tomó de la muñeca. Me llevó hasta la cama, donde ya había estado antes con otros, pero con él fue distinto. Me besó primero en los ojos, luego en la frente, en las mejillas, hasta que encontró mis labios. Su boca era suave, pero con una fuerza que me hizo temblar. Me quitó la remera con cuidado, pero sin pausas, y cuando mis pechos quedaron al aire, se inclinó y me chupó uno, lentamente, mientras yo me arqueaba hacia él, gritando su nombre.
“Sos hermosa, Valeria”, murmuró, y me giró sobre el costado, deslizando una mano por mi cadera, por mi muslo, hasta que encontró la entrepierna de mi jean. Me abrió el cierre con los dientes, sin soltarme la cintura, y bajó el pantalón junto con la tanga. Me encontró ya mojada, ya ardiendo. Me separó los labios de la concha con los dedos y me miró, fijamente, como si estuviera aprendiendo el mapa de mi cuerpo. Luego, me metió un dedo, lento, mientras me besaba el cuello. “Vas a querer más”, susurró. Y le dije que sí, que ya lo quería todo.
Se sacó la camiseta, y ahí lo vi: alto, musculoso, con el pene tieso, oscuro, grueso, ya brillando con una gota de pre-cum. Me lo mostró, se lo acarició un par de veces, y luego se lubricó con la misma humedad que yo tenía en los dedos. Se posicionó entre mis piernas, me abrió más las rodillas, y me entró de golpe. Me tomó las caderas con fuerza, me clavó las uñas en la piel, y comenzó a meterse con un ritmo que me hizo gritar, que me hizo perder el aliento. “Amed… Amed…”, le decía, como una plegaria.
Lo sentí crecer más adentro, sentir su cuerpo temblar, y cuando me lo tumbó boca arriba, se inclinó y me chupó el clítoris con una intensidad que me hizo explotar. Se corrió dentro de mí, con un grito ronco, llenándome hasta la raíz. Me besó la frente, se desplomó a mi lado, y me abrazó, sudoroso, con el corazón a mil. “Hoy no fue casualidad”, me susurró al oído. “Hoy fue porque vos me miraste de esa forma”.
Y yo, con su semen aún corriendo por mis muslos, lo miré a los ojos y le dije: “Mañana vuelvo a estar sola. ¿Vas a venir?”. Me sonrió, me besó otra vez, y me acarició el pelo. “Vení”, dijo, “que te enseño mi poesía… y qué otra cosa puedo hacer por vos”.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.