Una noche con el hermano de mi amigo

@nocturna ·8 de abril de 2026 · ★ 4.0 (7) · 2145 lecturas

La lluvia no paraba de golpear los cristales del departamento como si el cielo se hubiera roto en pedazos sobre Palermo. Lucas estaba solo, acostado en el sillón con los pies descalzos sobre la mesa de vidrio, una cerveza tibia en la mano y el celular apagado. Había cancelado la salida con los pibes. No tenía ganas de ruido, de música alta, de hablar con desconocidos que sólo querían coger y olvidar. Él quería algo más lento, más hondo. Algo que le calentara el alma, no sólo el cuerpo.

El timbre sonó a las once y veintitrés. No esperaba a nadie. Cuando abrió, encontró a Tomás parado en el umbral, empapado, con una mochila colgando del hombro izquierdo y los ojos brillando como si hubiera estado corriendo o follando.

—¿Puedo pasar? Me quedé sin batería y el colectivo no pasa a esta hora.

Lucas lo miró de arriba abajo. Tomás era el hermano menor de su mejor amigo, el que siempre andaba por ahí con esa sonrisa de medio lado, el que usaba remeras ajustadas y jeans que le marcaban el culo como si fueran pintados. Lo conocía de fiestas, de asados, de miradas cruzadas que duraban un segundo de más. Pero nunca habían estado solos.

—Claro, entrá. Estás chorreando.

Cerró la puerta y le pasó una toalla. Tomás se sacó la remera y se secó el pelo con las manos. Tenía el torso liso, moreno, con un vello justo que bajaba desde el ombligo hasta desaparecer bajo el pantalón. Lucas sintió un calor subirle por la nuca.

—Gracias. No quería molestarte.

—No molestás.

Se sentaron en el sillón. La cerveza fría volvió a manos de Lucas, y Tomás aceptó una. Hablaron de nada: del colectivo, de la lluvia, de cómo el perro de su vieja se había escapado otra vez. Pero el aire entre ellos se iba cargando, espeso, como si algo se moviera bajo la piel.

Hasta que Tomás dijo:

—¿Sos gay?

Lucas se rió, incómodo.

—¿Y eso?

—Porque te miro y me pongo nervioso. Desde hace rato.

Lucas bajó la vista. La pija ya se le endurecía dentro del bóxer. No respondió con palabras. Se acercó. Tomás no se movió.

Sus bocas chocaron como si hubieran estado esperándose toda la vida. Labios, dientes, lengua. Un beso húmedo, hambriento, desesperado. Tomás le agarró la nuca y lo atrajo más, abriendo la boca, chupándole la lengua como si quisiera tragárselo. Lucas le metió la mano por debajo del pantalón, directo al culo, apretándole una nalgada con fuerza.

—Che, qué rico tenés el culo —murmuró entre dientes.

Tomás gimió, arqueándose.

—Entonces cogémelo.

Lucas no esperó más. Lo tiró al piso, le bajó el pantalón y los calzones de un solo tirón. La pija de Tomás saltó libre, dura, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta. Lucas la agarró con la mano derecha, la acarició lento, de arriba abajo, mientras con la izquierda le abría las nalgas y le metía un dedo directo a la concha.

—¡Dale, dale! —gritó Tomás, retorciéndose—. Metémela, no me hagas esperar.

Lucas se sacó todo. Su pija era gruesa, larga, con una vena que latía bajo la piel. Se paró sobre Tomás, le puso la punta en la entrada y empujó.

—¡Ah, carajo! —gritó Tomás, con los ojos en blanco—. Qué grande tenés la pija, me duele… pero qué rico.

Lucas entró entero de una estocada. La concha de Tomás se abrió como si lo hubiera estado esperando, caliente, húmeda, apretada. Se quedó quieto un segundo, dejando que el otro se acostumbrara, sintiendo cómo el ano palpitaba alrededor de su verga.

—Movéte, dale, cogé —jadeó Tomás, levantando las piernas y poniéndoselas sobre los hombros.

Lucas empezó a moverse. Lento al principio, luego más fuerte, más rápido. Cada embestida hacía que el cuerpo de Tomás temblara. El sonido de la carne chocando, los gemidos, el crujir del sillón.

—¡Sí, sí, así, cogéme más fuerte! —gritaba Tomás, con la voz rota—. ¡Dame toda tu pija!

Lucas lo agarró de las caderas y lo levantó un poco, cambiando el ángulo. Ahora entraba más profundo, tocando fondo. Tomás gritó, se corrió sin tocarse, manchándose el pecho con chorros gruesos de esperma.

—¡Me vine, me vine! —jadeó, con los ojos llorosos—. Pero seguí, no pares.

Lucas no paró. Siguió follando, embistiendo como si fuera a partirlo en dos. Le escupió en la concha para lubricar más, le metió dos dedos antes de volver a entrar con la pija. Tomás gemía, pedía más, le decía que era un hijo de puta, que lo quería todo.

—Dame tu verga, dale, dale, cogéme como un animal —gritaba, con la voz rota.

Lucas sintió que se venía. Se corrió dentro, llenándole la concha con chorros calientes, gritando su nombre.

Se quedaron así un rato, sudados, respirando fuerte. Lucas se desplomó al lado, sin sacarle la pija todavía. Tomás se dio vuelta y lo miró, con una sonrisa pícara.

—¿Y ahora?

—Ahora nada —dijo Lucas, acariciándole el pelo—. Ahora vos me coge.

Tomás sonrió. Le besó el cuello, le bajó la mano al culo y le metió un dedo. Luego otro.

—Voy a hacerte gritar como nunca —susurró.

Y lo hizo.

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