Una llamada a medianoche
7 minUna llamada a medianoche
La pantalla del móvil tembló suavemente sobre la mesa de mármol, como si el propio dispositivo sintiera la urgencia del mensaje. Mariana lo miró sin apuro, con los codos apoyados en el respaldo del sofá de cuero negro, el vaso de tinto medio vacío entre sus dedos. A las 00:17 a.m., el nombre que apareció en la pantalla —Luis— no la sorprendió. Había estado esperándolo desde que, tres noches atrás, él le había enviado la primera foto: una mano masculina sosteniendo una taza de café, sin más texto que *“Esta mañana, en la terraza del hotel. Pienso en cómo serías tú sentándote frente a mí”*. No había sido una provocación, sino una promesa contenida, como un susurro entre dientes.
Ella no lo conocía más allá de dos encuentros en persona, ambos en la galería de arte donde ella trabajaba como comisaria. Él, dueño de una empresa de inversiones, había estado en la apertura de una colección de fotografías abstractas. No hubo flirteo explícito, solo miradas que se alargaban un segundo de más, dedos que rozaban los bordes de los marcos con intención. Él le había ofrecido una copa de cava al despedirse; ella aceptó, pero solo un trago. Y antes de irse, él le había pasado su tarjeta, con un número privado escrito a mano en la esquina inferior.
—Si alguna vez quieres que te cuente algo que nadie más escuchó —le había dicho, con la voz baja y segura—, llama.
Había pasado una semana. Hasta ayer.
Ayer, a las 6:45 p.m., recibió una foto nueva: una cama deshecha, sábanas de algodón egipcio desordenadas como si acabaran de abandonarlas. Texto: *“Hoy no pude dormir. Pense en tus ojos cuando dijiste que no querías que te ofreciera algo que no estuviera dispuesto a dar.”*
No respondió entonces. Dejó que la incertidumbre creciera, como una flor nocturna que se abre solo al oído del reloj.
Ahora, a medianoche, el mensaje llegó de nuevo, esta vez una solicitud de videollamada.
Mariana tomó un último sorbo, dejó el vaso, se levantó con lentitud y subió la escala de mármol que separaba la sala del dormitorio principal. Se sentó en la cama, la espalda erguida, las piernas juntas, los pies descalzos apoyados en el suelo frío. Se puso el auricular y aceptó.
La pantalla se iluminó con una luz cálida. Luis estaba recostado en una silla de piel, con una camisa blanca abierta hasta el ombligo, los antebrazos descansando sobre los muslos. Detrás de él, una pared de ladrillo visto y una lámpara de pie con pantalla de tela que proyectaba sombras suaves.
—Llegaste temprano —dijo él, sin sonreír. Pero sus ojos brillaban.
—Tú siempre llegas a tiempo —respondió ella, la voz seria, pero sin frío.
—Porque el tiempo es lo único que no puedo comprar. Pero sí puedo regalarte unos minutos tuyos.
Mariana inclinó ligeramente la cabeza, como aceptando un tributo.
—¿Y qué me vas a regalar esta noche?
—Tu decisión. Tú eliges si esto sigue siendo una conversación… o algo más.
Ella bajó la vista un instante, fingiendo revisar sus uñas, largas y pulidas en tono nácar. Alzas la mirada.
—¿Qué pasa si elijo algo más?
—Entonces —dijo él, y por primera vez, su voz perdió un poco de rigor—, me gustaría que me dijeras cómo te gustaría que te tocaran, si yo estuviera allí.
La pausa fue breve, pero densa. Mariana sintió el pulso en la muñeca latir más fuerte. No por miedo, sino por la anticipación: sabía que cada palabra que saldría de su boca ahora tendría un eco en su cuerpo.
—Me gustaría que me tocaras la nuca primero —susurró—. Con la yema de los dedos, lento. Como si estuvieras buscando un punto que ya conoces.
—Y después.
—Después, que subas hasta la base del cráneo, y me deslice los pulgares por las sienes. Hasta que cierre los ojos sin quererlo.
—Y si yo te pido que no los cierres.
Ella sonrió, esta vez con los ojos.
—Entonces te miro. Te miro mientras me desabrochas la camisa. Una por una.
—¿La camisa que llevas ahora?
—Sí.
—¿Y qué ves cuando me miras?
—Veo que me quieres. No como una idea. Como un deseo que ya has probado y te gusta.
Él asintió, despacio. Se levantó de la silla con elegancia, sin romper el contacto visual.
—Entonces déjame mostrarte cómo lo hago.
Con lentitud, desabotonó la camisa. No apresuró el ritmo. Cada botón liberado era una promesa contenida. Cuando llegó al último, dejó las manos sobre el tejido, sin separarlo aún.
—Tú me dijiste que me miraras. Entonces… mira.
Y, con una pausa deliberada, separó las solapas, dejando al descubierto el pecho. No era músculo excesivo, sino un cuerpo que había elegido la fuerza sin fanfarria. Una línea oscura que bajaba desde el ombligo, desapareciendo bajo el borde de los pantalones.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora —dijo ella, la voz más baja ya, como si temiera que el aire la escuchara—, me gustaría que me pregunataras si puedo tocarte.
—¿Puedo tocarte?
—No. Me gustaría que me preguntaras: *¿Puedo tocarla?*
Él tragó saliva. El gesto fue casi imperceptible, pero Mariana lo vio. Y supo que la tensión era mutua.
—¿Puedo tocarla?
—Sí —susurró ella—. Pero solo si me prometes que no te detendrás hasta que yo te lo diga.
—No me detendré.
—Entonces… empieza.
Mariana se recostó lentamente sobre la espalda, sin perder el contacto visual. Su mano derecha bajó hasta el borde de la camisola de seda que llevaba puesta. No la movió aún. Solo esperó.
—Dime dónde —pidió él, la voz ahora ronca.
—En el pecho —dijo ella—. En mi pecho. Pero no con la palma. Con la punta de los dedos. Como si no creyeras que estés allí.
Él se inclinó un poco más hacia la cámara.
—¿Y si te hago sentir que no estás allí?
—Entonces… —ella exhaló—, me obligas a recordártelo.
—¿Cómo?
—Dime mi nombre.
—Mariana.
—Y dime algo que solo yo sé.
—Que ayer soñaste con el mar, pero no con una playa, sino con un muelle vacío. Que sentías frío, aunque no hacía falta.
Un silencio. Ella cerró los ojos. Sí. Era cierto. Había soñado eso. Y no se lo había contado a nadie.
—¿Cómo…?
—Porque estás aquí —dijo él—. Y porque ahora no estás sola.
Ella abrió los ojos.
—Entonces… toca.
Con una mano aún sobre la tela, Mariana bajó lentamente la camisota hasta la cintura. No por provocación, sino por entrega. Los pechos quedaron al descubierto, suaves, naturales, con los pezones endurecidos ya por el calor que se extendía desde la pantalla hasta su piel.
Luis no se movió.
—Dime si me equivoco —dijo.
—Tú no te equivocas nunca —respondió ella—. Solo dudas.
—Entonces no dudo.
Y con la mano que no sostenía el teléfono —la izquierda—, comenzó a moverse. Lentamente. Descendió desde su pecho hasta el ombligo, sin tocar el teléfono, como si estuviera acariciando algo invisible… pero Mariana sabía que no lo estaba.
—Tú me habías dicho que querías que me tocaran la nuca —repitió él—. Pero ahora, ¿qué quieres que toque?
—Tu dedo —susurró ella—. En mi pecho. El derecho. El izquierdo luego.
Él asintió.
—Y cuando lo haga, ¿qué sentirás?
—El calor de tu mano. Aunque no estés aquí. Porque me estarás mirando.
—Y si te mirara más lento…
—Me sentiría más lenta. Más llena.
—¿Llena de qué?
—De lo que necesito.
—¿Y qué es lo que necesitas?
—Que me toques como si supieras que ya me has tocado antes.
—Entonces —dijo él, con una sonrisa apenas perceptible—, como si supiera que ya te he amado.
Y con la punta del índice, trazó una línea imaginaria desde su clavícula hasta el borde del pecho derecho.
Mariana cerró los ojos. Sintió el calor. Sintió el eco. Sintió el vacío que él llenaba con solo estar ahí, presente, pero sin tocarla.
—Aún no has empezado —dijo ella.
—No —respondió él—. Ya empezó. Cuando me diste permiso.
—Entonces… sigue.
Y él siguió, con la mano still, pero con el deseo creciendo en cada milímetro de distancia que el aire intentaba mantener entre ellos.
La pantalla brillaba en la oscuridad del dorm
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