Una fiesta en la casa de al lado
La fiesta había empezado sin ruido. Solo un bajo sordo de música clásica mezclada con jazz, filtrándose entre las cortinas pesadas de la casa de al lado. No era una reunión cualquiera. No había vecinos curiosos ni adolescentes borrachos. Solo seis personas, elegidas con cuidado, vestidas de negro, con miradas que no pedían permiso, sino que exigían atención.
Martín, el anfitrión, era un hombre de cuarenta y pico, con barba entrecana y ojos oscuros que parecían leer más allá de la piel. Tenía la voz lenta, como si cada palabra tuviera que pasar por un filtro de deseo antes de salir. Esa noche, vestía un traje oscuro sin corbata, la camisa entreabierta, mostrando apenas un vello oscuro que bajaba hasta el límite del cinturón. No necesitaba alzar la voz. Cuando hablaba, todos escuchaban.
—Vos ya sabés lo que pasa acá —dijo, mirando a Lucía, que había llegado última, con un vestido rojo que le ceñía las caderas como una segunda piel—. No hay nombres, no hay preguntas. Solo cuerpo. Solo ahora.
Ella asintió. No tenía miedo. Lo había buscado. Lo había deseado. Desde la primera vez que lo vio pasar por su balcón, con esa mirada fija, como si la atravesara, supo que algo iba a pasar. Y ahí estaba, con los dedos temblorosos, pero no de miedo, sino de anticipación.
Había otros tres: dos mujeres y un hombre. Silvia, alta, delgada, con el pelo negro hasta los hombros y una mirada que no parpadeaba. Carla, más suave, con tetas grandes y ojos de niña perversa. Y Diego, el más joven, con el cuerpo de quien se pasa las mañanas en el gimnasio, la pija larga y tiesa incluso antes de que nada pasara.
Martín se acercó a Lucía. Le quitó el bolso despacio, sin apuro. Le rozó el cuello con los nudillos.
—Vení —le dijo—. No te voy a morder… todavía.
Ella sonrió. Él la tomó de la mano y la guió hasta el salón. Las luces estaban bajas, solo velas en las esquinas, reflejadas en los espejos que cubrían una pared entera. El aire olía a jazmín y sudor limpio.
Silvia ya estaba desnuda. Sentada en el sillón, con las piernas abiertas, se acariciaba la concha despacio, sin prisa. Carla estaba arriba de Diego, sentada sobre su pija, moviéndose lento, como si estuviera probando el ritmo. Él gemía bajo, con los ojos cerrados, las manos en las tetas de ella.
—Mirá —dijo Martín, acercando a Lucía—. No hay reglas. Solo lo que quieras. Pero si entrás, no hay vuelta atrás.
Ella lo miró. No respondió con palabras. Se quitó el vestido sola. Lo dejó caer al piso. No llevaba ropa interior. Su cuerpo era firme, con curvas que no se escondían. La concha rapada, húmeda ya. Martín la miró, sin disimular el deseo.
—Qué linda que sos —murmuró—. Qué concha más linda.
Le pasó la mano por el muslo, subió hasta el culo, lo apretó. Ella gimió. Él la empujó despacio hacia el sillón. Silvia se movió, le dejó lugar. Lucía se sentó, abrió las piernas. Martín se arrodilló frente a ella.
—Mirá cómo te mira —dijo Carla, todavía subida en Diego—. Como si fuera a comerte entera.
Martín no respondió. Ya tenía la cara entre las piernas de Lucía. Le lamió despacio, desde el culo hasta la concha, una lengua larga y caliente que no se apuraba. Ella echó la cabeza atrás, gimió. Silvia se acercó, se arrodilló al lado, le tomó un pecho con la boca, empezó a chuparle el pezón con fuerza.
—Qué rico —dijo Lucía—. Qué bien que me chupás.
Diego terminó de correrse dentro de Carla. Ella se bajó despacio, se acostó al lado de Silvia, y las dos empezaron a besarse, con lengua, con hambre. Martín seguía lamiendo a Lucía, ahora más rápido, más hondo. Le metió dos dedos de golpe, sin aviso. Ella gritó.
—Sí, metémelo —jadeó—. Metémelo todo.
Él se paró. Se desabrochó el pantalón. La pija salió dura, gruesa, con una gota de líquido en la punta. Lucía la miró y sonrió.
—Qué pija —dijo—. Quiero todo.
Martín se subió encima de ella, le abrió las piernas más, le puso la punta en la entrada. Empujó lento. Ella gritó de nuevo, pero de placer. La llenó entera. No se movió. Se quedó adentro, mirándola a los ojos.
—Ahora sí —dijo—. Ahora estás mía.
Empezó a moverse. Lento al principio, después más fuerte. Lucía gemía sin parar. Silvia y Carla se acercaron, se pusieron una a cada lado, le chupaban los pechos, le mordían el cuello. Diego se acercó también, se paró al lado, se masturbaba mirando.
—Quiero cogerla —dijo.
Martín no dijo nada. Solo se salió de golpe. Lucía quedó vacía, jadeante. Diego se acercó, se puso en su lugar. Le metió la pija de una, sin preparación. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer. Era más delgado que Martín, pero más rápido. Empezó a garcharla con fuerza, con golpes secos que la hacían temblar.
—Sí, así —gritaba—. Cogéme fuerte.
Silvia se paró, se subió encima de Diego, se sentó en su cara. Él empezó a lamerle la concha, mientras seguía follando a Lucía. Carla se acercó, le pasó la lengua por la espalda, le mordió un hombro. Lucía sentía que el cuerpo se le iba, que el placer la atravesaba como una corriente.
Martín observaba. Se masturbaba despacio, sin apuro. Después se acercó a Carla.
—Vení —le dijo.
Ella lo siguió. Se arrodilló frente a él. Le tomó la pija con la boca. La chupó despacio, con devoción. Él le agarró el pelo, empezó a moverse dentro de su boca.
—Así, nena —dijo—. Como si fuera tu concha.
Lucía sentía que no podía más. Diego seguía follando, pero ahora más lento. Ella estaba al borde. De golpe, Silvia se corrió en la boca de Diego. Gritó fuerte. Eso fue lo que la hizo estallar. Lucía gritó también, con un orgasmo que le recorrió todo el cuerpo, que la dejó temblando.
Diego se salió. Se corrió encima de su panza, en chorros largos. Ella sonrió, con los ojos cerrados.
—Qué rico —dijo—. Qué bien que me cogieron.
Martín se acercó. Le limpió el semen con la mano, se lo pasó por los labios. Ella lo lamió.
—Ahora —dijo él—, te toca a vos.
Lucía se paró. Fue hacia Carla, que todavía estaba arrodillada. Le tomó la cara, la besó. Después se puso detrás de Silvia. Le separó las nalgas, le pasó la lengua por el culo despacio. Silvia gimió.
—Sí —dijo—. Ahí, así.
Lucía le metió un dedo, después dos. Silvia se corrió otra vez, gritando. Entonces Lucía se paró. Se acercó a Martín.
—Quiero tu pija otra vez —dijo—. Ahora en el culo.
Él sonrió. Se acostó en el sillón. Ella se subió encima, despacio, le puso la punta en el ano. Empujó. Entró de golpe. Gritó de dolor y placer mezclados.
—Sí —dijo—. Llename.
Martín la agarró de las caderas, empezó a moverse. Lucía gemía, con los ojos cerrados, el pelo pegado a la frente. Las otras dos la miraban, se acariciaban. Diego se masturbaba otra vez.
La música seguía baja. Las velas parpadeaban. El aire era denso, cargado de sexo y sudor.
Y afuera, la ciudad dormía. Pero allí, dentro, no había silencio. Solo cuerpos, gemidos, y el eco de una noche que nadie olvidaría.
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