Una cena entre amigos

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La luz del atardecer se colaba entre las cortinas de la sala, dibujando franjas doradas sobre el sofá de tela oscura. Clara y Manuel llevaban semanas hablando de hacerlo, de dar ese paso que ambos deseaban en silencio pero que nunca se atrevían a nombrar en voz alta. No era infidelidad, decían, era compartir. Era abrirse. Era confiar. Esa noche, con las copas de vino tinto ya vacías y la cena servida sobre la mesa baja, el aire entre ellos se había vuelto espeso, cálido, como si la habitación respirara con ellos.

Elena y David llegaron puntualmente, con una botella de vino blanco y sonrisas que no alcanzaban a ocultar la tensión detrás de los ojos. Se conocían desde hacía años, pero nunca hasta ahora habían rozado ese límite. Las presentaciones fueron breves, los abrazos un poco más largos de lo normal. Clara notó cómo la mirada de David se detenía un instante más de lo esperado en sus labios. Manuel, a su lado, sintió un cosquilleo en el estómago al ver cómo Elena, con su vestido azul claro y el cabello recogido en un moño deshecho, le sonreía con los ojos más que con la boca.

—¿Y si subimos? —preguntó Clara, con voz suave, como si propusiera una taza de té.

Nadie dijo no.

La habitación principal era amplia, con una cama de dos metros cubierta por una colcha gris. La luz de la lámpara de noche proyectaba sombras tenues sobre las paredes. Nadie encendió la luz del techo. David se quitó la camisa con lentitud, dejando al descubierto un torso moreno y trabajado, marcado por el sol y los años. Elena, sentada al borde de la cama, deslizó los dedos por el borde de su falda, como si midiera el momento exacto para cruzar la línea.

Manuel se acercó a ella. No con brusquedad, sino con cuidado, como quien toca algo frágil. Le tomó la mano, luego la nuca, y la besó. Fue un beso lento, profundo, que hizo que Elena dejara escapar un suspiro casi inaudible. Clara, de pie junto al espejo, los observaba. Sentía el calor subir desde su vientre, una pulsión suave pero insistente. No era celo. Era deseo. Puro, desnudo.

David se acercó por detrás. Le rozó el hombro con los labios, luego el cuello. Ella cerró los ojos. La tela del vestido cedió con facilidad bajo sus dedos. Un tirante cayó, luego el otro. El aire fresco de la habitación tocó su piel, pero fue el aliento de David lo que la hizo estremecer.

—¿Puedo? —preguntó él, apenas un susurro.

Ella asintió sin hablar.

Manuel y Elena ya estaban sobre la cama, envueltos en un abrazo que iba más allá del cuerpo. Las ropas cayeron como hojas en otoño, una a una, sin prisa. Clara se dejó guiar por David hacia el otro extremo de la habitación, donde una butaca de cuero esperaba. Él se sentó, y ella, con una sonrisa tímida, se arrodilló frente a él. No hubo palabras. Solo gestos. Solo tacto.

Manuel, entre las piernas de Elena, besaba con devoción cada centímetro que descubría. Ella gemía en silencio, conteniéndose, como si no quisiera romper la delicadeza del momento. Pero el placer no se contiene. Se expande. Se derrama. Y cuando David, desde atrás, tocó a Clara con una mano firme y cálida, ella dejó escapar un jadeo que fue eco del gemido de Elena.

El aire olía a piel, a sudor leve, a perfume gastado. Las respiraciones se entrelazaban. Nadie miraba, pero todos sentían. Era como si el cuarto hubiera dejado de ser un espacio físico para convertirse en una sola piel, un solo latido. Clara, de pie otra vez, se acercó a la cama. Se acostó junto a Elena, y sin pedir permiso, le besó el muslo, luego el vientre. Elena abrió más las piernas, y Manuel, con los ojos cerrados, continuó su camino.

David se unió a ellos, acariciando la espalda de Clara mientras ella exploraba con la lengua. Nada era forzado. Todo fluía. Como si hubieran ensayado en sueños.

Cuando todo terminó, nadie habló. Se abrazaron en silencio, enredados en sábanas y sudor, bajo la luz tenue que aún brillaba. No había culpa. Solo plenitud. Solo la certeza de que, aquella noche, entre amigos, habían encontrado algo raro, bello: el placer compartido sin sombras.

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