Mientras todos dormían
La casa estaba en silencio, como si el aire mismo se hubiera puesto de acuerdo en no moverse. Solo el leve zumbido del ventilador de techo rompía la quietud, girando lento sobre el colchón donde Lucía se revolvía con los ojos cerrados, aunque despierta. Eran las dos y media de la mañana, y afuera, más allá de la ventana entreabierta, ni un perro ladraba. Todo dormía. Todo, menos ella.
Se dio vuelta en la cama, buscando una postura que la calmara, pero no había postura que calmara ese calor que le bajaba desde el pecho hasta el bajo vientre. Hacía días que sentía ese cosquilleo sordo, como una promesa incumplida, como si su cuerpo supiera de algo que su mente se negaba a nombrar. Y esa noche, con el silencio tan denso, tan íntimo, no pudo más.
Miró el techo, los brazos estirados a los costados, y poco a poco fue deslizando una mano por debajo de la sábana. No con prisa, no con necesidad urgente, sino con una lentitud casi ritual. La palma se deslizó por el muslo, suave, como si estuviera acariciando a otra, como si no fuera ella misma la que tocaba. La piel se le erizó. Vos sabés cómo te gusta, pensó, y sonrió sin darse cuenta.
La mano subió. Primero por el muslo, luego por la ingle, lento, como si midiera el tiempo con los dedos. Sentía el calor que ya no podía ignorar, ese calor que le nacía entre las piernas y le subía como una ola tibia, insistente. Abrió un poco las piernas, sin apuro, y la punta de los dedos rozó la concha por encima de la ropa interior. Un suspiro leve, apenas audible, se le escapó. No fue un gemido, fue como un reconocimiento: ahí estás vos.
Se quedó así un rato, acariciándose apenas, rozando con la yema del dedo índice el borde de la tela, mojándose más con cada roce. El airecito del ventilador le daba en los pechos, que se le marcaban bajo la camisita de dormir, y el contraste entre el frío del aire y el calor de su mano la estremecía. Cerró los ojos. No necesitaba ver. Todo estaba allí, en el tacto, en el olor que empezaba a subir desde su piel, en el sabor metálico del deseo en la boca del alma.
Deslizó el dedo por debajo de la tanga, despacio, como si estuviera descubriendo un territorio nuevo. La concha ya estaba hinchada, húmeda, caliente. La tocó con cuidado, como si temiera asustar al placer. Un leve círculo alrededor del clítoris, apenas presión, apenas roce. Y ya fue demasiado. Se mordió el labio inferior, conteniéndose, pero no pudo evitar que un gemido corto, agudo, se le escapara por la nariz.
—Ay… —dijo, casi sin voz.
Siguió. Ahora con más confianza, con más deseo. Se abrió un poco más las piernas, levantó una rodilla, y con la otra mano se llevó un pecho a la boca, por encima de la tela. No se mordió, no se apretó: solo el roce, el calor, la humedad. Se imaginó que era otra la que la tocaba, que era alguien que no conocía, alguien que no sabía su nombre, que solo quería darle placer sin preguntar nada. Alguien que la miraba con deseo y no con compromiso.
El dedo medio entró despacio, apenas un centímetro, pero fue suficiente para que el cuerpo se le arqueara un poco. Estaba tan mojada que el segundo dedo entró sin esfuerzo, y entonces sí, gimió con la boca abierta, aunque tapada con la otra mano. No quería despertar a nadie. No quería que nadie supiera que en ese cuarto, a esa hora, ella se estaba cogiendo con sus propios dedos, con una lentitud que casi dolía.
Pero no quería correrse rápido. Quería durar. Quería que ese momento, ese instante de intimidad absoluta, no terminara nunca. Así que retiró los dedos, los miró en la penumbra, brillantes, y se los llevó a la boca. El sabor era salado, cálido, íntimo. Se chupó despacio, como si estuviera saboreando un vino viejo, algo que se merece respeto.
Luego volvió. Ahora con más decisión. Los dedos entraron y salieron con ritmo, no muy rápido, no muy lento, justo como le gustaba. El pulgar sobre el clítoris, en círculos pequeños, insistentes. Cada roce era una descarga, cada penetración un escalón más alto. Sentía el corazón en la garganta, la piel caliente, los pezones duros como piedras. Se tocó un pecho con la otra mano, lo apretó, lo pellizcó, y el placer fue más fuerte.
—Dale… vení… —dijo, como si le hablara a alguien que no estaba.
Y entonces, sin aviso, el orgasmo llegó. No fue explosivo, no fue violento. Fue como una ola que la levantaba despacio, que la sostenía en el aire un segundo, dos, tres, y luego la dejaba caer con suavidad. Se corrió con los ojos cerrados, con los dientes apretados, con un gemido largo que se le escapó entre los labios. Las piernas le temblaron, el vientre se le contrajo, y durante unos segundos, el mundo dejó de existir.
Cuando volvió, el ventilador seguía girando, la casa seguía en silencio, y afuera, ni un perro ladraba. Pero ella ya no estaba sola. Había estado con ella misma, con su deseo, con su cuerpo. Y eso, en ese momento, era más que suficiente.
Se quedó así un rato, con los dedos aún entre las piernas, sintiendo el pulso lento del placer que se iba. Luego se limpió con la sábana, se acomodó, y cerró los ojos. No había vergüenza, no había culpa. Solo el alivio dulce de haberse tocado, de haberse tenido, de haberse cedido al deseo sin pedir permiso.
Y antes de dormirse, pensó, apenas un segundo: *mañana otra vez*.
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