Mi primera vez con mi jefe
Nunca imaginé que iba a terminar así, con las nalgas pegadas al cuero de su sillón y la boca seca de tanto deseo. Fue un viernes cualquiera, de esos en que todos se van temprano, pero yo me quedé hasta tarde, alegando trabajo pendiente. En el fondo, solo quería verlo a él. A Roberto. Mi jefe. El tipo que hablaba bajito, con esa voz que te entra por la oreja y te baja hasta el ombligo.
Llevaba meses mirándolo de reojo, sin decir nada. Él, casado, serio, impecable con sus camisas blancas y su olor a colonia cara. Pero ese día, algo cambió. Me pidió que pasara a su oficina a entregar unos informes. Cuando entré, ya estaba oscureciendo. Las luces tenues, la ventana abierta, el ruido de la ciudad como fondo. Y él, sentado, sin chaqueta, los primeros botones de la camisa desabrochados.
—Gracias, Adriana —dijo, sin mirarme. Pero cuando iba a salir, agregó—: ¿Te quedas un momento?
Sentí que el corazón me daba un brinco. Me quedé parada, con el folder en la mano, sin saber qué hacer. Levantó la vista, me miró fijo, como si me viera por primera vez.
—¿Tienes prisa?
Negué con la cabeza, aunque sí tenía prisa… de él. De sentirlo. De saber qué se sentía estar con un hombre así, tan formal, tan controlado, desatado. Dio un paso hacia mí, despacio, como si midiera cada movimiento. Me quitó el folder, lo dejó sobre el escritorio. Luego, sin decir nada, me tomó de la muñeca y me acercó a él.
Sentí su aliento caliente en el cuello. Me estremecí. No me esperaba que fuera tan directo. Pero ahí estaba, con una mano en mi cintura, la otra subiendo por mi espalda, hasta que sus dedos se enredaron en mi cabello.
—¿Tienes miedo? —me susurró al oído.
Negué otra vez, aunque sí tenía miedo. Miedo de que fuera un error, de que después todo cambiara, de que no pudiera olvidarlo. Pero no quería detenerlo.
Empezó a besarme despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus labios eran firmes, exigentes, pero sin prisa. Me desabrochó la blusa con una lentitud que me volvía loca. Cada botón que caía era como un latido más fuerte. Cuando llegó al último, dejó caer la prenda al suelo. Me miró los senos, cubiertos apenas por el sostén de encaje negro.
—Eres hermosa —dijo, y me besó el cuello, bajando poco a poco, hasta que sus labios se cerraron sobre mi pezón a través del encaje.
Gimoteé. No pude evitarlo. Me agarró más fuerte, me sentó en el escritorio, separó mis piernas con la rodilla. Sentí su verga dura contra mi muslo, y supe que ya no había vuelta atrás. Me quitó el sostén, me desabrochó la falda, me bajó las pantaletas con una lentitud que me volvía loca.
—¿Nunca antes? —preguntó, al verme tan mojada, tan lista.
Negué con la cabeza. No era del todo cierto, pero con él… era como si fuera mi primera vez de verdad.
Me besó otra vez, y esta vez su mano bajó hasta mi coño, jugó con mis labios, me metió un dedo, luego dos. Me moví contra él, sin pudor, sin vergüenza.
—Quiero sentirte —le dije, con la voz temblando—. Quiero que me cojas.
Sonrió. Se desabrochó el pantalón, sacó su verga dura, larga, gruesa. Me la acercó al rostro.
—Chupa —ordenó, sin rudeza, con deseo.
Lo hice. La tomé con la mano, la lamí desde la base hasta la punta, la chupé como si fuera la primera vez que probaba una. Él gemía, me tomaba del cabello, me marcaba el ritmo.
—Ya no aguanto —dijo, y me levantó, me puso de espaldas sobre el escritorio. Me separó las piernas, se acercó, y de un solo empujón, entró.
Sentí un leve dolor, un estirón, pero fue breve. Luego, solo placer. Me llenaba, me estiraba, me hacía sentir completa. Me cogió lento al principio, luego más fuerte, más profundo, hasta que el escritorio crujía y yo gritaba sin importarme quién escuchara.
Cuando terminó, se dejó caer sobre mí, sudado, temblando. Me abrazó.
—No fue solo sexo —dijo.
Y yo supe que no lo fue. Fue mi primera vez de verdad.
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