Mi primera vez con Lucas
9 minMi primera vez con Lucas
La primera vez que vi a Lucas en persona, no fue en la biblioteca donde trabajábamos, sino en un bar de la colonia Roma, una noche de jueves cualquiera. Estaba sentado solo en el bar, con dos libros sobre el mostrador: *El amor en los tiempos del cólera* y un volumen de poesía de Neruda. Me llamó la atención porque, aparte de los libros, tenía una taza de té humeante y una sonrisa suave, casi tímida, que parecía no encajar del todo con sus cejas fruncidas cuando leía. Cuando levantó la vista, me encontró mirándolo —no con descaro, pero tampoco con miedo— y me sonrió de verdad, como si supiera que lo había estado observando y le gustara.
Me acerqué. Le pregunté si había leído *El amor en los tiempos del cólera* recientemente, y él, sin perder la sonrisa, me dijo que sí, que lo había leído tres veces, cada vez con una interpretación distinta. «La primera vez pensé en Florentino Ariza como un idiota romántico. La tercera, como un héroe silencioso». Hablamos una hora, luego otra, y cuando el bar cerró, nos despedimos con un abrazo corto, casi tímido, y un «nos vemos pronto» que ambos dijimos sabiendo que era una promesa.
Lucas era arquitecto, de 32 años, soltero, sin hijos, sin historias largas que contar. Tenía las manos grandes, los dedos largos y delicados, y una cicatriz casi imperceptible en la muñeca izquierda, de un corte de papel cuando era niño. Me gustaba cómo hablaba, con calma, sin prisas, como si cada palabra tuviera su tiempo exacto. Y me gustaba aún más cómo me miraba: no con avidez, sino con curiosidad, como si cada parte de mí fuera un nuevo edificio por descubrir.
Nuestros encuentros fueron lentos, dulces, como un primer beso que se pospone porque sabes que va a cambiarlo todo. Nos veíamos en la biblioteca, sí, pero siempre después de que el último cliente se iba, cuando las luces se mantenían bajas y el silencio se volvía más espeso, más íntimo. Nos sentábamos en el suelo, apoyados en los estantes de literatura latinoamericana, hablando de amor, de muerte, de lo que sentíamos cuando leíamos una página que nos arrancaba el aliento.
La primera vez que nos besamos fue en el ascensor de su edificio. Una tarde lluviosa, sin que nos hubiéramos planeado nada, solo caminando de regreso a casa después de una reunión de trabajo, nos encontramos frente a frente en el pasillo de su departamento, con el tiempo detenido. Me tomó de la muñeca, no con fuerza, pero con una certeza que me heló la sangre. Me acercó su rostro, lentamente, y cuando nuestros labios se tocaron, no fue un estallido, sino una chispa suave, como si alguien hubiera encendido una vela en una habitación oscura desde hacía años.
Después del beso, se separó apenas un centímetro y me miró a los ojos. «¿Estás bien?», preguntó, con una voz que temblaba apenas. Yo asentí, aunque no era verdad: no estaba bien, estaba *mejor* que bien. Estaba vivo de una forma que no recordaba. Él sonrió, apretó mi mano y me atrajo contra su pecho. Me envolvió con sus brazos y me susurró al oído: «Me gusta tanto sentirte aquí, conmigo. Pero no quiero apresurarme. Quiero hacerlo bien. Quiero que tú también lo sientas… como yo».
Esa frase me quedó grabada. No era una excusa, ni una duda, ni una negación. Era una promesa. Y eso, más que cualquier gesto, me hizo sentir deseado, respetado, *vivo*.
Pasaron semanas. No hubo presión. Solo miradas, toques fugaces, palabras que se repetían como rezos. Hasta que una noche, después de cenar en su departamento, con luces bajas y una copa de vino que ya no servíamos porque nos habíamos olvidado de beberla, Lucas me tomó la cara entre sus manos y me dijo: «Quiero estar contigo. Quiero estar dentro de ti. Pero… hay algo que quiero que sepas antes».
Me miré las manos. Tenía los dedos entrelazados, la respiración corta. «¿Sí?», pregunté, sin atreverme a alzar la vista.
«Sé que es tu primera vez con un hombre. Sé que es tu primera vez con alguien que no es mujer. Y sé que eso puede ser… intenso. Pero también quiero ser honesto contigo: yo quiero hacerlo todo. Quiero darte placer, sí, pero también quiero que tú me des el tuyo. Y quiero que, si alguna vez sientes que no quieres seguir, que no estás cómodo, me lo digas. No por cortesía, no por lástima, sino porque tú decides. Si alguna vez me detienes, me detengo. Inmediatamente. ¿Me crees?»
Levanté la vista. Sus ojos no pedían permiso. Me lo daban. Me lo ofrecían, como un regalo.
«Sí», susurré.
Y entonces, con lentitud, con una ternura que me hizo temblar, él se puso de rodillas frente a mí, sin quitar la mirada. Me desabotonó la camisa, uno por uno, con los dedos que ya conocía mis curvas, pero que aún aprendían mi cuerpo. Me desabrochó el cinturón, bajó la cremallera con una calma que me volvía loco. Cuando me tocó por primera vez, con la palma de la mano, sin presión, solo rozando, sentí un calor que subió desde el estómago hasta la garganta.
—Estás tan hermoso —murmuró, y me besó la punta del pene, como si fuera lo más sagrado del mundo.
Me deshice de la ropa, y él se levantó con lentitud, sin romper el contacto visual, y me besó de nuevo, esta vez con más hambre, pero sin prisa. Me quitó el pantalón, las medias, y se detuvo solo un instante para quitarse su propia ropa. Lo vi en pijama, sin dudar, sin titubear, y me gustó más así: como si estuviera conmigo, no con un fantasma que imaginaba.
—¿Quieres que encienda las luces? —preguntó.
—No —respondí.
—¿Quieres que las apague todas?
—Sí —susurré.
Y cuando la habitación quedó en penumbra, con solo la luz del callejón filtrándose por la cortina, Lucas me tomó de la mano y me sentó en el borde de la cama. Me besó la rodilla, luego la otra, y me acarició las piernas con una ternura que me hizo querer llorar. Me acostó suavemente, se acomodó entre mis piernas, y me besó el cuello, el pecho, los pezones —que reaccionaron con una dureza repentina—, y luego bajó más, con la lengua, lenta, segura.
No fue rápido. No fue frenético. Fue un viaje. Me besó la base del pene, el escroto, y luego —con una pausa que parecía eterna— me besó el perineo. Y ahí, justo ahí, donde la piel era más sensible, me susurró: «¿Te parece si lo hacemos con cuidado? Si te preparo primero?»
Asentí, sin palabras. No sabía qué decir. Solo sabía que confiaba en él.
Se levantó, fue al baño, y volvió con una pequeña botella de aceite de almendras y una toalla húmeda. Se sentó a mi lado, me tomó la mano y me puso su pene en la palma. «Tócalo», dijo. Lo hice, con una suavidad que no esperaba tener. Sentí su pulso en el glande, su calor, su peso. Me besó entonces, con una fuerza nueva, y me susurró: «Quiero que te sientas seguro. Quiero que sepas que yo también me dejo llevar. Pero primero, quiero que tú estés listo. Que tú estés bien».
Se lubrificó la punta del pene con el aceite, y luego me acarició con una mano la entrada de mi ano, con cuidado, con una paciencia infinita. Me besó el cuello, el oído, me mordisqueó el labio inferior. Me pidió que respirara profundo, que me relajara. Que me dejara ir.
—Tú mandas —repitió—. Si algo no te gusta, me detienes. Si necesitas que pare, me detengo. Si quieres que siga… dímelo.
Sentí sus dedos entrar, uno a uno, con calma. No hubo dolor. Solo una sensación de plenitud, de calidez, de pertenencia. Me tomó la mano y la puso sobre su pecho, para que sintiera su latido, para que supiera que no estaba solo. Me acarició el pene mientras se preparaba para entrar, con una suavidad que me hizo gemir sin querer.
—Estás tan hermoso —repitió—. Tan abierto. Tan mío.
Y entonces, con una lentitud que parecía eterna, me empujó con una mano sobre el muslo, y entró en mí. No fue una invasión. Fue una llegada. Una unción. Una bendición.
No me dolía. Me llenaba. Me completaba. Me sentí *vivo*, no por el placer, sino por la conexión. Por la confianza. Por la certeza de que estaba siendo cuidado, amado, protegido.
Me moví con él, con una sincronía que no sabía que teníamos. Nos encontramos en el ritmo, en el aliento, en la mirada. Él no se apresuraba. No me pedía más. Solo me miraba, me besaba, me decía lo mucho que me quería, lo mucho que me deseaba, lo mucho que me quería dar.
Y cuando yo sentí que estaba a punto de llegar, él me pidió que lo dijera. «Dímelo», susurró. «Cuando quieras que me detenga. Cuando quieras que me quede. Cuando quieras que te dé todo».
—Dentro de mí —dije, y las palabras me salieron como una oración.
Él me besó entonces, con una pasión nueva, y me empujó con más fuerza, pero nunca sin cuidado. Y cuando yo llegué, con un gemido que salió del fondo del cuerpo, él se dejó llevar conmigo, con un susurro que me cortó el aliento: «Estoy aquí. Estoy contigo. Soy tuyo».
Se derritió dentro de mí, y yo lo sentí como una promesa cumplida.
Después, nos abrazamos, sudados, temblorosos, con lágrimas en los ojos. No sabía si eran de alegría o de alivio, pero él me las limpió con los pulgares, como si fueran perlas raras, y me besó la frente.
—Gracias —dije.
—Gracias a ti —respondió.
—¿Por qué?
—Porque me diste tu cuerpo. Porque me diste tu tiempo. Porque me diste tu confianza. Y eso… eso es más valioso que cualquier cosa.
No sabía qué decir. Solo lo abracé más fuerte.
Y esa noche, mientras dormíamos abrazados, con sus dedos acariciando mi espalda y su respiración lenta en mi cuello, supe que había encontrado algo que no sabía que estaba buscando: no solo placer, sino ternura. No solo deseo, sino respeto. No solo sexo, sino amor.
Y si alguien me preguntara alguna vez qué fue lo que cambió todo, no hablaría de la primera vez. Hablaría de la última vez que lo miré a los ojos antes de entrar en mí. Hablaría de la forma en que me dijo: «Estoy aquí. Estoy contigo». Hablaría de cómo, en ese momento, me sentí el hombre más seguro del mundo.
Porque no se trata de lo que se hace, sino de cómo se hace.
Y Lucas me lo demostró, con cada toque, con cada palabra, con cada mirada.
Con cada entrada.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.