Me la froté con la chimba más rica que he visto en mi vida
6 minMe la froté con la chimba más rica que he visto en mi vida
Yo lo vi entrar al bar como a las once de la noche, y hasta entonces no me había dado cuenta de que estaba más caluroso de lo normal. El aire se pegaba en la piel, y yo con mi camiseta húmeda en la espalda, trataba de no moverme mucho, porque el asiento de madera me quemaba. Pero cuando ella apareció —con esa camisa blanca abierta sobre un top negro ajustado, pantalón negro ceñido que le marcaba cada curva y esas botas de tacón que le hacían vibrar la cadera al caminar— sentí un calorcito en la entrepierna que no tenía nada que ver con el clima.
Se sentó en el banco de al lado, se quitó una mano de la bolsa y se desató el pelo, que era oscuro, sedoso, con reflejos verdes bajo las luces del bar. Me miró. No fue una mirada de pasada, no. Fue directa, larga, con una sonrisa pequeña que le temblaba en los labios. Yo asentí con la cabeza, como diciendo “sí, te vi, y me gusta”, y ella se giró un poco más hacia mí, como si ya hubiéramos concertado algo.
—¿Te da calor o es solo yo? —me preguntó, con voz grave, dulce, pero firme, como si supiera exactamente lo que decía.
—La chimba está para explotar, pero tú haces que se me suba más —le respondí, sin mirarla directo a los ojos, solo dejando que el tono hablara por mí.
Ella soltó una risita baja, que me subió la temperatura de golpe.
—Soy Samanta —dijo, extendiendo una mano.
—Tomo —le dije, y le apreté los dedos un poco más de la cuenta. Sentí su piel, su calor, su pulso. Me quedé un segundo con la mano still, como si el cuerpo me hubiera ordenado: *guarda esto en memoria*.
Samanta me dijo que era de Medellín, que trabajaba como diseñadora gráfica, que le gustaba el ron y el jazz, y que odiaba los lunes. Yo le conté que era ingeniero, que vivía en la ciudad pero tenía casa en El Poblado, que me había salido con amigos porque mi novia y yo habíamos tenido un tiro y necesitaba aire. No le mentí, pero tampoco le dije que la última vez que tuve sexo fue hace tres semanas, y que no tenía nada planeado, ni siquiera ganas. Hasta ese momento.
—¿Tú vienes sola? —le pregunté, cuando ya llevábamos dos tragos en la mesa.
—No, vine con dos amigas, pero se fueron hace rato —dijo, y me lanzó una mirada que me hizo tragar seco—. Me dijeron que este lugar era seguro, y que si me sentía bien con alguien, que lo intentara.
—¿Y te sientes bien? —le pregunté, bajando la voz como si estuviéramos compartiendo un secreto.
—Más que bien —respondió, y se acercó un poco más, hasta que su rodilla rozó la mía. Me tembló la mano izquierda. La derecha la puse en la mesa, pero mi pulgar se frotó contra el borde del vaso, como si ya estuviera imaginando lo que vendría.
No nos besamos hasta que salimos del bar. Fue un paseo rápido hasta la estación de Transmilenio, pero con ese calor entre nosotros que se sentía más fuerte que la brisa de la noche. Cuando pasamos frente a un callejón oscuro, ella me detuvo con una mano en el pecho y me miró, seria, con los ojos brillantes.
—¿Te importa si lo hacemos aquí? —preguntó.
—¿Aquí? —repetí, sin creérmelo.
—Sí. Aquí. Mira —dijo, y me tomó la mano, me la llevó a la entrepierna de ella, por encima del pantalón—. Ya no aguanto más.
Me costó respirar. Sentí su cuerpo, el calor, la tensión. Me incliné, y ella inclinó la cabeza, y nos besamos. Fue intenso, con lengua y boca, pero sin prisa. Me gustó cómo sabía a ron y a algo más, algo dulce, que no pude nombrar.
Cuando nos separamos, ella me tomó de la mano y me guío al callejón. Había una banca de concreto, medio escondida entre dos muros. Ella se sentó, me pidió que me arrodillara frente a ella. Me quitó la camisa, me desabrochó el pantalón, y sin perderme de vista, se abrió la cremallera de su propio pantalón y se lo bajó lentamente. Me mostró su pene, tieso, bien formado, con un pequeño anillo en el glande, y un tatuaje fino de una flor en el costado. Y luego, bajando más, me mostró sus pechos, cubiertos por el top negro, y entre sus piernas, su vagina, suave, húmeda, con el vello recortado en una línea limpia. Me recordó que era trans, pero no como una disculpa ni una advertencia, sino como una verdad natural, parte de su cuerpo, de su historia.
—¿Te gusta? —me preguntó, mientras se quitaba el top y se pasaba los dedos por los pezones, que se endurecieron al instante.
—Me encanta —le dije, y la toqué. Le acaricié el pene con suavidad, lo froté con la palma, le masajeé los testículos. Luego bajé la mano entre sus piernas y le rozó el clítoris con el pulgar, mientras con el índice le separaba los labios y le metía un dedo. Se estremeció, soltó un gemido bajo, y me pidió que le masticara los pechos.
Me puse de pie, le bajó el pantalón hasta las rodillas, y la dejé sentada, con las piernas abiertas, el pene tieso apuntando al cielo, la vagina húmeda brillando bajo las luces del callejón. Me arrodillé entre sus muslos, le separé los labios con las yemas de los dedos, y le lamió el clítoris. Ella gimió fuerte, se arqueó, y me pidió que se lo metiera en la boca.
Lo hice. Me lo metí hasta la raíz, sentí su pene en mi paladar, su olor a sal y a calor, su textura suave pero rígida. Me lo froté con la mano mientras lo chupaba, y cuando sentí que me iba a correr, le dije que me diera la espalda y que se subiera un poco a la banca.
Me puse de pie, me saqué el pantalón y la ropa interior, y le dije:
—¿Me dejas entrar?
—Sí —dijo, y me abrió las piernas, me guió con la mano, y yo me metí dentro de ella. Su vagina era apretada, cálida, húmeda. Me dio un empujón y me pidió que la cogiera fuerte.
Y la cogí. Le metí la lengua en la boca, le froté el clítoris con el pulgar, y la empujé con fuerza, con ritmo, con desesperación. Ella gemía, se le cerraban los ojos, se le ponía la piel de gallina, y cuando me pidió que me corriera dentro, lo hice. Me corrí con fuerza, sintiendo su vagina palpitando, su pene rozándome el abdomen, y su cuerpo temblando como si fuera una hoja al viento.
Cuando terminamos, nos quedamos en silencio, sentados en la banca, sudados, sin ganas de movernos. Ella me besó en la frente, me pasó la mano por el pelo, y me dijo:
—Esa fue la mejor mamar de mi vida.
—Y la mía —le respondí, y la abracé con fuerza, como si no quisiera soltarla nunca.
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.