Me la fregué con la cuñada de mi hermano en el sofá de la sala mientras mi hermano dormía en el cuarto

Me la fregué con la cuñada de mi hermano en el sofá de la sala mientras mi hermano dormía en el cuarto

@tomas_leon ·25 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (17) · 39 lecturas · 6 min de lectura

Eran las dos y pico de la madrugada y la casa estaba callada como un cementerio, pero en la cabeza de Tomás León sonaba una bomba de ritmo cumbia villera. La luz del TV encendido proyectaba sombras largas sobre el piso de cerámica, y el aire acondicionado bufaba como un viejo asno sin fuerzas. Su cuñada, Valeria, estaba sentada en el sofá, con los pantalones cortos rasgados en la rodilla izquierda y una camiseta de tirantes que apenas contenía esos pechos que no cabían en la tela, ni en la razón de Tomás. Ella se rascaba el ombligo con el dedo índice, con ese movimiento lento de quien no tiene nada que hacer y sí mucho que pensar —o mucho que esperar.

—¿Todavía despierto, hermano? —dijo Tomás, sentándose a un costado, justo donde el sofá se hundía con su peso y el olor a sudor, tabaco y perfume barato de Valeria le pegó a la nariz como un tiro en la cara.

—Más que despierto —respondió ella, sin mirarlo—. Tu hermano se durmió con la tele encendida y el control en la mano. Como siempre. Mientras uno se la pasa limpiando platos y él se pone la camiseta de dormir y se tira a la cama como si hubiera corrido el maratón.

Tomás se relamió por dentro. Le encantaba cómo hablaba Valeria. Sin miedo, sin maldita reverencia, como si el mundo fuera un puto barrio y ella la dueña de la esquina. Se inclinó hacia ella, lentamente, hasta que sus hombros se rozaron. Ella no se movió. Ni se tensó. Solo dejó que su mano derecha, la que no se usaba para rascarse, se posara sobre su muslo, justo arriba de la rodilla, donde la tela del pantalón se estiraba sobre la carne caliente.

—¿Te acuerdas cuando éramos niños y venías a visitarnos en vacaciones? —dijo ella, bajando la voz, como si contara un secreto que dolía pero valía la pena.

—Claro que me acuerdo. Venías con esa minifalda que te quedaba corta, y tu mamá te decía: “Valeria, no te pongas esa cosa en la calle”, y tú le hacías la lengua y salías corriendo con esa risa de perra feliz.

—Sí —rio ella—. Pero nunca me miraste así… hasta ahora.

Tomás no respondió con palabras. En su lugar, puso la otra mano encima de la suya, sobre su muslo, y presionó un poco más fuerte. Ella soltó un suspiro corto, como si le hubieran pellizcado el pezón sin querer. Sus ojos, oscuros y brillantes, se fijaron en los de él, y en ese instante, Tomás supo que no había vuelta atrás. Que la bomba ya había estallado.

—Tu hermano está bien dormido —dijo ella, con la voz rasposa, como si el tabaco le hubiera dejado una capa de ceniza en la garganta—. Pero no por mucho rato. Si nos pilla aquí, me mata.

—Pues que venga —respondió Tomás, y se levantó de un jalón, tirando de su muñeca. Ella se dejó llevar, sin resistencia, con esa sonrisa de perra que ya sabía lo que venía.

Lo que siguió fue una carrera silenciosa hacia el cuarto de visitas, el único que tenía la puerta con cerradura, aunque no funcionaba del todo bien. Tomás la empujó contra la pared, justo donde el papel tapiz se había despegado y dejaba ver el concreto pelado. Ella no gritó. No hizo ruido. Solo se puso de puntillas, le agarró el pene con la mano derecha, y le soltó un “cógeme ya, carajo” que le hizo temblar las rodillas.

Se quitó los pantalones cortos y la camiseta en un solo movimiento, como si ya lo hubiera practicado mil veces. Su culo salió a la luz, redondo, apretado, con esa piel morena que brillaba bajo la luz del celu de Tomás, que lo encendió y lo puso en modo cámara trasera para verla mejor. Valeria no se avergonzó. Ni se tapó. Solo se giró, se agachó un poco, y le abrió las nalgas con las dos manos, mostrándole ese culo húmedo, con el orificio dilatado, listo, como un puño cerrado que esperaba ser abierto.

—Mira eso —dijo ella, sin voltear—. Todo para ti. Todo lo que tu hermano no sabe que tiene.

Tomás se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y la ropa interior hasta las rodillas. Su pito salió tieso, grueso, con la cabeza morada y los vasos sanguíneos latiendo como si quisieran explotar. Se untó un poco de saliva en los dedos, los metió en su culo, los estiró, los abrió, y luego los pasó por la entrada de Valeria, que gimió como una perra en celo.

—No me jodas, Tomás —le dijo, sin voltear—. Métele ya, que me estoy poniendo mojada.

Él se puso detrás, agaró sus caderas con fuerza, sintiendo el calor de su piel, el sudor, el olor a femenino que le subía a la cabeza como una droga. Se colocó la punta de su pene contra su entrada, y la empujó. Lento, lento… hasta que la punta desapareció, y luego otro empujón, y otro, y su culo chocó contra el suyo con un golpe seco, húmedo, visceral. Ella gritó, no de dolor, sino de placer puro, como si le hubieran clavado un puñal en el clítoris y le hubieran dado vuelta.

—¡Aaah! ¡Sí, así! ¡Métele más hondo, carajo!

Tomás la cogió con todas sus fuerzas. Una, dos, tres… cada embestida era un puñetazo en su vientre, un clavo en su cabeza. Su pene se hundía en su culo, lo rellenaba todo, lo desbordaba, y cuando sus testículos se pegaban al periné de ella, sentía que iba a explotar. Ella se agarraba de la pared, se mordía el puño, y soltaba gritos ahogados, como si temiera que alguien la oyera. Pero no importaba. Porque en ese cuarto, solo existían el sudor, el olor, el sonido del cuerpo de ella golpeando contra el de él, y el pene de Tomás, grueso y palpitante, que la estaba fregando hasta el fondo.

—¡No puedo más, carajo! —gritó ella, con la voz rota—. ¡Me voy a correr, Tomás! ¡Me voy a correr con tu pito metido!

Él no respondió. Solo le clavó los dedos en los muslos, le levantó una pierna, y le dio una última embestida profunda, brutal, que le hizo soltar un grito agudo, como una perra que ha perdido el control. Y entonces, con un gemido gutural, se corrió dentro de su culo, inyectándole su semen caliente, espeso, en cantidad tal que su pene se vació como una llanta pinchada. Valeria lo sintió, lo sintió todo: la oleada de calor, el peso del semen, el temblor de su cuerpo. Y en ese instante, ella también se corrió, con un grito que le salió de lo más profundo, como si le hubieran arrancado el alma por el culo.

Se quedaron así, pegados, sudados, con el celu aún encendido en el piso, proyectando su sombra gigante en la pared. Tomás sacó su pene, que salió con un sonido húmedo, goteando semen por la punta. Ella se volvió, se sentó en el borde de la cama, y se limpió con la camiseta que había tirado al suelo. No dijo nada. Solo le sonrió, con esa sonrisa de perra satisfecha, y le dijo:

—Mañana, cuando te vea en la cena, no te mires los labios, porque vas a tener la cara de quien acabó de comerse el mejor plato del día.

Tomás rio, se puso los pantalones, y le acarició la cabeza.

—Sí, val —dijo—. Mañana vuelvo por más. Porque esto… esto es para rato.

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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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