Me cogí a la vecina mientras su marido estaba en el trabajo
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La primera vez que la vi desnuda fue por accidente. Ella no sabía que yo estaba en el balcón de atrás, lavando la ropa. El sol le pegaba justo en la espalda y se le marcaban las curvas de los riñones, el hueco de la cintura, y luego esa curva que baja hasta las nalgas, redondas y apretadas como dos duraznos maduros. No moví un músculo. Ni respiré. Solo la miré. Y cuando se dio la vuelta, con la toalla en la mano y el agua still gotingando de sus pechos, me vi obligado a bajar la vista. Pero ya era tarde. Ella me vio. Sonrió. No se cubrió. Solo dijo: “¿Te gusta lo que ves, vecino?”.
No respondí. No supe qué decir. Pero esa noche, cuando salí a fumar un cigarro, ella estaba en su puerta, con una botella de tequila y dos vasos. No me preguntó si quería. Me ofreció uno. Me senté al lado de ella. Nos bebimos el tequila en silencio, con la luna encima y el viento calentándonos la piel. Al tercer trago, me tocó la mano. No con la punta de los dedos. Con la palma entera. Y me apretó. Fuerte. Como si estuviera segura de que yo no me iba a ir.
Esa fue la primera vez que me besó. No fue suave. Fue como si estuviera hambrienta. Su lengua entró en mi boca como si ya lo hubiera hecho mil veces. Y yo… yo no la detuve. No quería detenerla. Cuando se separó, me miró a los ojos y dijo: “Mi marido vuelve mañana a las ocho. Tienes una hora. Después de que se vaya”.
No dormí. No comí. Solo esperé. A las 7:45, me puse el pantalón, me subí la camisa, y caminé hacia su puerta. No toqué. La abrí. Ella estaba en la cama, sin ropa, con una sola sábana cubriéndole las piernas. No dijo nada. Solo se abrió más, como invitando. Me quité la ropa despacio. Ella me miraba, con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Cuando me acerqué, me tomó del pene y lo apretó con la mano, sin apresurarse. “Tienes que estar bien duro”, murmuró. “Porque no voy a darte segunda oportunidad”.
Me metí dentro de ella con un solo empujón. No hubo preámbulo. No hubo palabras. Solo el sonido de su respiración, cortada, y el choque de nuestros cuerpos. Ella gimió, pero no gritó. Solo me apretó con las piernas, y con las uñas, y con la boca. Me chupó los pezones mientras yo la cogía, lento, profundo, hasta que sentí que mi cuerpo se deshacía. Me derramé dentro de ella como si fuera la primera y la última vez. Y cuando terminé, ella se levantó, fue al baño, y regresó con una toallita. Me limpió el pene con cuidado. Luego me besó en la frente.
“Mañana no vuelvas”, dijo. “Pero si lo haces, no te voy a dejar salir sin que me corra en la boca”.
No volví. Pero cada vez que paso por su casa, miro su balcón. Y cada vez que veo la sábana colgando en la cuerda, siento el mismo hormigueo en la entrepierna.
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Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.