Me acosté con la vecina colombiana cuando su marido no estaba
6 minMe acosté con la vecina colombiana cuando su marido no estaba
La primera vez que la vi con claridad fue un miércoles de junio, a las 5:47 p.m., mientras yo lavaba el auto frente a mi casa y ella salía del suyo con una bolsa de mercado en cada mano. No era por su belleza lo que me detuvo —aunque luego descubriría que era hermosa—, sino por el modo en que se detuvo un segundo, inclinó la cabeza hacia atrás para alisarse una mecha de cabello oscuro que se le había pegado al cuello sudado, y me miró directo a los ojos. No fue una mirada coqueta, ni desafiante. Solo una mirada de persona a persona, como si nos hubiéramos reconocido de antes, aunque jamás nos habíamos hablado. Ella era morena, de piel morena clara, con esos rasgos que en Colombia llaman “canelos”: ojos almendrados, nariz recta, labios finos pero llenos, y una silueta que marcaba curvas suaves pero firmes bajo el camisón de algodón que llevaba puesto. Yo, en cambio, soy blanco, de cabello claro y ojos azules —una mezcla que en el barrio etiquetan como “gringo”—. Nada en nosotros parecía deber conectar, salvo la casualidad de vivir frente a frente, en casas gemelas construidas con el mismo concreto, bajo el mismo sol de la ciudad del norte.
Pasaron tres semanas. La saludaba cada mañana con la cabeza, casi sin palabras. Ella respondía con una sonrisa breve, educada, pero sin exceso. Hasta que el jueves pasado, a las 7:15 p.m., cuando el cielo ya se volvía violeta y el calor bajaba un poco, escuché un golpe seco en mi puerta. Abrí y allí estaba ella, sin maquillaje, el cabello suelto, con una camiseta blanca pegada a la piel y shorts de jean desgastados. En la mano izquierda llevaba una botella de tequila blanco y dos vasos. En la derecha, un sobre con el logo de su banco.
—Santiago —dijo, sin rodeos—. Me dejaron un cargo pendiente en la tarjeta, pero no puedo ir al banco hoy. ¿Tendrías unos pesos para prestarme? Te lo devuelvo mañana.
Su voz era grave, con un acento suave, de Bogotá, me dijo luego. No era una súplica, pero tampoco una orden. Era una propuesta, clara, directa, sin fingir indiferencia.
Entró sin esperar respuesta. Yo no la detuve. No sabía si por miedo, curiosidad o algo más antiguo, más profundo.
Cerró la puerta, dejó los vasos sobre la mesa de la cocina y se quitó la camiseta en un solo movimiento, como si ya lo hubiera hecho cientos de veces con la misma naturalidad. Quedó con un sujetador de encaje negro, pequeño, que apenas contenía sus pechos: redondos, firmes, con pezones morenos y hinchados —no por frío, ni por nervios. Por algo que ya estaba allí, latiendo bajo su piel.
—Toma —dijo, extendiéndome el sobre—. Son doscientos cincuenta mil pesos. Te lo devuelvo con intereses. O… me lo pagas de otra forma.
No me dijo “cogerme”, ni “follarme”. Dijo “pagas de otra forma”, con esa naturalidad que en Colombia se usa cuando se habla de dinero, de tiempo, de compromisos. Pero su mirada ya no era neutra. Era una llama que se encendía lentamente, sin prisa, sin estridencia.
Me acerqué. No la toqué. Solo inhalar su olor: café recién hecho, jabón de manzanilla y algo más, un calor que no venía de afuera.
—¿Estás segura? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Sí —dijo, y me tomó la mano—. No es amor. No es nada. Solo quiero sentirte dentro de mí esta noche.
Me llevó al sofá. No hubo besos largos, ni susurros. Solo sus dedos desabotonando mi camisa, bajando la cremallera de mi jeans, sacando mi pene ya medio duro, grande y moreno, con la punta brillante de presemilla. Ella lo miró sin rubor, como si lo estuviera evaluando —si era suficiente, si lo quería—. Luego, con la palma de la mano, lo frotó lentamente, de base a cabeza, mientras me miraba a los ojos.
—¿Te gusta mirar? —preguntó.
Asentí. No mentía.
Ella se levantó, se quitó los shorts y el sujetador, y se puso de rodillas frente a mí. No me pidió permiso. Solo me dijo: “Abre las piernas”. Lo hice. Ella se inclinó y, con la lengua, rozó mi perineo, luego subió despacio hasta la base de mi pene, donde los pelos eran más escasos. Me mordió suavemente el labio inferior mientras lo hacía. Me miró otra vez y dijo:
—Ahora tú. Mírame mientras lo hago.
Se llevó mi pene a la boca sin pausa. No fue una succión forzada. Fue una degustación lenta, con la lengua enrollada en el glande, los labios cerrados alrededor del mango, la mano acariciando sus testículos con un movimiento de vaivén que apenas se oía, salvo el sonido húmedo de su boca. Yo le acaricié el pelo, no para dominar, sino para sentir su piel, su calor, su respiración entrecortada. Su pelo olía a aceite de coco y sal. Me pregunté cuántas veces habría hecho esto, cuántos hombres habían visto su mirada mientras se la daba.
Cuando sentí que no podría aguantar más, la tomé de la nuca y la aparté.
—No quiero terminar así —dije—. Quiero estar dentro de ti.
Ella asintió, se levantó, se sentó a horcajadas sobre mí, con las piernas separadas, la espalda recta, los pechos firmes hacia adelante, los pezones hinchados, oscuros, como bayas maduras. Me colocó mi pene en su entrada, ya húmeda, ya abierta, ya esperándome. Me miró a los ojos, y se sentó despacio, hasta que todo mi cuerpo quedó entre sus muslos, y ella estaba llena hasta el fondo.
No se movió. Solo me miró. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas dilatadas. Su boca entreabierta. Un suspiro le escapó:
—Maldición… sí, así.
Empecé a moverme. No rápido. Con pausas, con pausas largas, con la mano apretando su cadera mientras ella se inclinaba hacia atrás, apoyada en mis brazos, con los pechos saliendo hacia adelante, con la cabeza ligeramente torcida, como si estuviera gozando de algo que no sabía cómo nombrar.
—Más fuerte —susurró.
Lo hice. Le agarre las caderas y la empujé hacia atrás, hacia mí, hasta que sentí su cuerpo vibrar con cada embestida. Su respiración se volvió entrecortada, sus uñas me rasgaron los hombros, sin dolor, con intención. Se mordió el labio, una y otra vez, hasta que gritó. No un grito alto, sino un grito contenido, casi un quejido que salió de lo más hondo, con la cara hacia el techo, los ojos cerrados, el cuerpo arqueado, como si el placer la estuviera arrastrando a otro lugar.
—Sí… sí… más… —repitió.
Yo la cogí con fuerza, con las manos en sus muslos, con la boca pegada a su cuello, sintiendo su latido, su sudor, su calor. Me vine cuando ella lo hizo, cuando su cuerpo se tensó como un arco y luego se soltó, cuando sus Dedos se clavaron en mis brazos y su vagina me apretó, una, dos, tres veces, como si me estuviera agradeciendo.
Se derrumbó sobre mí, sudada, temblando, con la cara enterrada en mi hombro. Yo la sostuve, sin soltarla, con la mano acariciándole el cabello mojado.
—Gracias —dijo, después de varios minutos.
—¿Por qué? —pregunté.
—Por no hacerlo un drama —respondió.
Se fue a las 10:12 p.m., sin despedirse con besos. Solo me dio un abrazo corto, y un “nos vemos mañana”.
Hoy, al salir a recoger el correo, la vi en su puerta. Me sonrió. Volvió a mirarme directo a los ojos. Como el primer día.
Pero esta vez, no fue una mirada neutra.
Fue una promesa.
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.