Me acosté con la jefa de mi mamá, la cuarentona que me enseñó a gemir
7 minMe acosté con la jefa de mi mamá, la cuarentona que me enseñó a gemir
La primera vez que la vi, tenía veinticuatro años y ella ya había cumplido cuarenta y nueve. Yo era estudiante de arquitectura, becado en una oficina pequeña de diseño interior, y ella era Renata, la socia fundadora. No era solo que fuera guapa —aunque lo era, con una presencia que llenaba cualquier espacio—, sino que tenía esa seguridad de quien sabe exactamente qué quiere y cómo conseguirlo. Pelo oscuro recogido en un nudo bajo, labios rojos como fruta madura, y una mirada que te desarmaba sin esfuerzo. Yo, por dentro, ya me sentía sudoroso.
La primera semana trabajamos juntos en el proyecto de una casa en Condesa. Ella supervisaba, yo hacía los croquis. A veces, mientras yo ajustaba la escuadra, ella se acercaba por detrás, con su perfume a vainilla y tabaco, y me corregía la línea con la punta de un lápiz que olía a su labial. Su dedo índice rozaba el mío. Yo sentía el calor de su cuerpo a escasos centímetros, y mi pene, sin pedir permiso, se endurecía contra el tejido del pantalón. Ella lo notó. No hizo gesto alguno. Solo sonrió con la comisura de la boca, como si guardara un secreto que aún no le había contado.
—¿Te cansaste, cariño? —preguntó un viernes, cuando ya el sol se derramaba por las ventanas del estudio. Teníamos toda la tarde para terminar los planos finales.
—No —mintió mi voz, un poco más aguda de lo normal.
Ella se levantó, se estiró despacio, y los muslos se estrecharon con su falda de manga larga, que subió apenas. Llevaba medias de malla, finas, con una costura perfecta en la parte posterior. Me recordó a las fotos que había visto de sus viajes: París, Marruecos, Bali… mujeres que no tenían miedo de lo que querían.
—Entonces —dijo, acercándose otra vez, esta vez con una taza de café humeante—, ¿por qué no me ayudas a probar la nueva silla de oficina? Dicen que es ergonómica. Pero como no he podido sentarme ni cinco minutos sin que me duela algo, prefiero verificarlo yo misma.
Yo no sabía si era una broma o una invitación disfrazada. Pero Renata no hacía bromas. Solo desafíos.
La silla estaba en la sala privada, al fondo del edificio. Una pieza de diseño escandinavo, de cuero negro, con un respaldo alto y una postura que invitaba a la relajación… o a la dominación. Ella se sentó, cruzó una pierna, y me hizo señas para que me acercara.
—Ponte ahí —señaló el suelo, frente a ella—. Quiero que veas cómo se siente.
Me arrodillé. No por sumisión, sino porque el cuerpo, cuando está excitado, se olvida de la lógica y obedece al impulso. El cuero olía a nuevo y a sudor de piel ajena, pero ella ya dejaba su marca: el calor de su cuerpo, el olor a jazmín y sal. Me miró fijamente. Sus ojos, oscuros y profundos, no parpadeaban. Me tomó de la barbilla y me obligó a sostener su mirada.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó, como si aún dudara de que fuera mayor de edad.
—Veinticuatro.
—Y yo cuarenta y nueve.
—Sí.
—¿Te importa?
—No. Me gusta.
Una sonrisa lenta, casi peligrosa, le curvó los labios. Me soltó la barbilla y bajó la mano, con lentitud exagerada, por mi muslo, hasta el borde del pantalón. Me desabrochó el botón con un gesto pausado, como si fuera un regalo que tenía que envolver con cuidado. Luego, la cremallera. El aire fresco tocó mi pene, ya húmedo y tieso, y yo contuve el aliento.
—Tienes un buen pene —dijo, palmeándolo una vez, seco, como si lo evaluara.
—Gracias.
—¿Quieres que te toque?
—Sí.
—Entonces dilo.
—Quiero que me toques.
—¿Qué quieres que te haga?
—Todo.
Esa palabra —todo— fue como encender un fósforo. Se levantó, me tiró suavemente hacia atrás y se puso de pie frente a mí. Se quitó el blazer, luego la blusa blanca, y por debajo llevaba un sujetador de encaje negro que apenas contenía sus pechos, redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados. Me los ofreció sin vergüenza, con las manos sobre mis hombros.
—Abre la boca.
Lo hice. Y ella me empujó la lengua hacia dentro, sin fuerza, pero con firmeza, hasta que sentí su pezón en la punta de la lengua. Sabor a sal, a leche, a mujer. Me lamí el labio, y ella suspiró.
—Así… sí. Me gusta que aprendas rápido.
Me quitó el pantalón y los boxers juntos, y se puso de rodillas frente a mí. Me tomó los testículos entre los dedos, los acarició con ternura, y luego me envolvió la mano alrededor del pene, con una presión firme, y empezó a moverse. No con desesperación, sino con seguridad, como si ya hubiera hecho esto mil veces —y seguro que sí—. Y entonces, con una mano en mi muslo y la otra still sosteniéndome, me metió la lengua en la uretra, con un movimiento rápido y húmedo que me hizo gritar.
—¡Joder! —exclamé, agarrándole el pelo, pero no para detenerla, sino para presionarla más.
Ella se rió contra mi piel.
—No te muevas, cariño. Que esto recién empieza.
Se levantó, se desabrochó la falda, y se la bajó con una sola mano. No llevaba bragas. Me mostró su vagina, recortada, húmeda, con los labios oscuros y abiertos, como una flor que aguarda la lluvia. Se sentó en la silla otra vez, cruzó las piernas, y me indicó que me subiera a su regazo.
—Quiero que me cogas de pie, con las manos en la silla, y los ojos en los míos.
Me deslicé hacia atrás, hasta tocar la base de la silla, y me incliné sobre ella. Colocué el pene en su entrada, y ella me ayudó con una mano, empujando su clítoris contra mí mientras me guiaba dentro. El primer centímetro fue como entrar en un horno. Caliente. Apretado. Vivo. Ella arqueó la espalda, y un gemido bajo, gutural, le tembló en la garganta.
—¿Te duele? —pregunté, frenando.
—No. Mierda, no. Mueve —y me apretó los muslos, obligándome a entrar hasta la raíz.
Y así empezó. Un ritmo lento, profundo, con ella controlando cada movimiento con los muslos, con las caderas, con sus uñas rozando mi espalda. Sus pechos se movían con cada embestida, y yo los sujetaba con las manos, frotando sus pezones hasta que se pusieron duros como piedras. Ella me besaba en el cuello, me mordía el hombro, me susurraba al oído palabras que jamás había escuchado en un idioma: “Más fuerte”, “sí, así”, “quiero que me rompas”.
Y cuando sentí que se acercaba, que su respiración se volvía entrecortada, que sus uñas me clavaban con fuerza, ella me dijo:
—Voy a venir. Que me lo digas.
—¿Cuándo?
—Cuando te diga “ahora”.
Y entonces, sin más aviso, me susurró: “Ahora”.
Y yo, sin pensarlo, la tomé por la cintura y la empujé contra el respaldo de la silla, y entré hasta lo más hondo, y sentí cómo su vagina se contraía, como un puño suave y cálido, alrededor de mi pene, y cómo su cuerpo se estremecía, cómo su cabeza se arqueaba hacia atrás, cómo su boca se abría en un grito silencioso, y cómo sus ojos se perdían en los míos, como si me hubiera entregado algo que no se podía devolver.
Y yo, con un último empuje, sentí que me corría dentro de ella, largo, caliente, como si me hubiera vaciado por completo. Me derrumbé sobre su hombro, sudoroso, temblando, con su corazón golpeando contra mi pecho.
Ella me acarició la nuca.
—Bien hecho —dijo, con una sonrisa tranquila.
—¿Volveremos a hacerlo? —pregunté, sin aliento.
—Ya lo veremos, cariño. Pero hoy… hoy te ganaste otra lección.
Y cuando me levanté, con el pene ya blando, y me puse el pantalón, ella me miró una última vez, con esa sonrisa pícara, y me dijo:
—No le digas a tu mamá.
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.