Me acosté con la esposa de mi jefe en una escala en Cancún

Me acosté con la esposa de mi jefe en una escala en Cancún

@el_marinero ·29 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (17) · 339 lecturas · 6 min de lectura

Llamé a la puerta del habitación 1207 con el corazón en la garganta. La madera era pesada, dorada en los bordes, y el olor a cloro y sal me pegado a la piel desde que salí del taxi. Había estado en Cancún tres días: sol, clubes, cervezas baratas, pero nada que rompiera la rutina del aburrimiento. Hasta que la vi en la cena de bienvenida del congreso logístico, esa noche en el hotel Riu.

Ella estaba sentada a la mesa del frente, junto a su marido, el director general de operaciones de la competencia. Su nombre era Laura. Alta, pelo castaño recogido en un moño suelto, vestido negro ceñido que dejaba ver la curva de sus riñones al inclinarse. Me senté a su izquierda sin querer. Cuando el camarero sirvió el vino, nuestros dedos se rozaron al alcanzar la copa. Ella no retiró la mano. Me miró con una sonrisa pequeña, como guardando un secreto.

—¿También estás de paso? —me preguntó, voz baja, apenas audible sobre el murmullo del resto.

—Sí. Vuelo a Medellín en siete horas.

—Yo a Guadalajara, mismo horario.

Su marido —un tipo callado, nariz ancha, mirada fija— no prestaba atención. Estaba en su teléfono, masticando una oliva tras otra. Laura se inclinó hacia mí, y el escote del vestido se abrió un poco más, dejando ver la curva suave de sus pechos, firmes bajo la seda negra. No olía a perfume caro, sino a algo natural: vainilla y mar.

—¿Te gustan las playas desiertas? —susurró.

—Sí. Las prefiero a las multitudes.

—Yo también. Mañana temprano, a las seis, el muelle del norte. Si quieres…

No dijo más. Apuró su vino y se volvió hacia su esposo, riendo de algo que él había dicho. Pero yo ya tenía el número de su habitación en la mano, escrito en una servilleta que me pasó al irse, mientras su esposo charlaba con el anfitrión.

A las 5:58, la encontré esperando bajo un toldo de paja, con una mochila pequeña y sandalias. Llevaba puesta una blusa blanca abierta sobre un bikini verde mar y una bufanda anudada al cuello, como si estuviera lista para salir de una fotografía antigua.

—¿Llegaste bien? —me preguntó, sin timidez, pero con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Sí. Dormí dos horas.

Ella asintió, se ajustó la bufanda y comenzó a caminar. La seguí por senderos de arena, entre palmeras altas y luces tenues de faroles colgantes. No hablábamos. El silencio no era incómodo: era espeso, cargado de algo que ambos sabíamos que iba a pasar.

Al final del camino, una bahía pequeña, casi privada, donde nadie nos vería. El agua brillaba con la luna llena. Ella se detuvo, se quitó la bufanda y la tiró a la arena.

—¿Estás seguro? —preguntó, pero no era una duda. Era una invitación.

—No tengo nada que perder —respondí, y ya estaba acercándome.

Nos besamos con urgencia. Su boca era suave, cálida, con un sabor a vino dulce y sal. Me pasó las manos por la nuca, tiró suavemente de mi cabello, y yo sentí cómo su cuerpo se pegaba al mío, sin pausas. Bajo la blusa, llevaba solo el bikini. Mis manos subieron por su espalda, desabrocharon el sosténculo con un clic seco, y los pechos de Laura aparecieron, redondos, firmes, con pezones morenos y hinchados.

—Tienes que prometerme algo —dijo entre besos—. Nada de nombres. Nada de pasos atrás. Solo esto.

—Solo esto —repetí, y ya la tenía sentada sobre una manta que había desplegado al costado de la bahía.

Me desabrochó los pantalones con destreza, sin perderse en el juego. Sacó mi pene, ya duro, y lo acarició una, dos veces, con lentitud. Sus ojos no se apartaban de los míos.

—¿Quieres que te lo meta lento? —me preguntó.

—Sí. Mucho.

Se quitó el top del bikini y se acomodó sobre mí. Sentí su vagina, húmeda, ya abierta, listo para recibirme. Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en mi pecho, y se hundió poco a poco. Me llenó entero, con una calidez que me hizo cerrar los ojos. Su respiración se entrecortó.

—Dios… —murmuró—. Está tan grande…

Subió y bajó con ritmo suave al principio, sin prisa, como si cada movimiento fuera un ritual. Sus pechos golpeaban suavemente contra mi pecho, sudorosos, y yo le agarré las caderas, notando cómo sus músculos se contraían alrededor de mí.

—¿Así? —le pregunté.

—Sí… más hondo… —y cuando lo hizo, sentí cómo su vagina se estrechaba, apretándome como un puño.

Me incorporé y la puse de espaldas. Subí sus piernas, abriéndolas, y la tomé por los muslos. Ahora yo controlaba el ritmo: profundas, firmes, cada entrada hacía que ella gire la cabeza y soltara un grito ahogado. Sus uñas me arañaron los hombros.

—No quiero que pare —dijo, jadeando—. No hasta que…

—¿Hasta qué?

—Hasta que me venga.

Aceleré. La entraba y salía con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus ojos se perdían en la oscuridad. Entonces, sin previo aviso, su vagina se contrajo de golpe, apretándome como un tornillo. Un gemido largo, agudo, salió de su garganta, seguido de otro. Sentí cómo su cuerpo temblaba, cómo sus piernas se cerraban alrededor de mis caderas.

—Sí… sí… —musitaba—. Ahí viene…

Y cuando lo hizo, cuando se vino con fuerza, yo también me dejé llevar. Me incliné sobre ella, clavé los dedos en sus muslos, y me corrí dentro, con embestidas rápidas, sintiendo cómo su vagina me chupaba, cómo su cuerpo me exigía más. Me corrí con un gemido gutural, mientras ella me apretaba contra sí, como si quisiera no soltarme jamás.

Se quedó inmóvil, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Yo la besé en la frente, en los labios, en el cuello.

—¿Ahora qué? —le pregunté.

Ella abrió los ojos y me sonrió.

—Ahora vuelves a tu habitación. Yo me baño. Mañana, en el aeropuerto… no nos miramos.

Me levanté, recogí la manta, y me vestí. No dije adiós. Solo la miré una última vez: sentada en la arena, con el bikini desalineado, el pelo suelto, y una sonrisa que no me pertenecía, pero que había existido, por unas horas, solo para mí.

Cuando volví al hotel, el reloj marcaba las 6:42. Me duché, me afeité, me puse un traje. En la sala de embarque, la vi sentada junto a su marido, bebiendo agua. Cuando pasé cerca, ella me miró un segundo. No sonrió. Solo asintió, como diciendo: *sí, pasó*.

Y eso fue todo.

Nada más.

Ninguno de los dos dijo una palabra más sobre eso.

Pero cada vez que veo una foto de Cancún, o hueleo vainilla en un aeropuerto, o siento el calor de una mujer que se me acerca sin miedo… recuerdo aquella bahía, su cuerpo encima del mío, y el momento en que su vagina me apretó como un puño, y me dije, por primera vez en mucho tiempo: *sí, esto es lo que se siente cuando se vive un poco*.

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