Me acosté con la bruja del bosque

Me acosté con la bruja del bosque

@santiago_vera ·20 de octubre de 2026 · 🔥 4.5 (27) · 112 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que la vi, pensó que era un jaguar lo que rugía entre los árboles. Yo estaba sentado en un tronco caído, la espalda apoyada en la corteza húmeda, con el libro que había traído de la ciudad entre las manos, pero sin leer nada. Llovía suave, una lluvia fina que no empapaba, solo empañaba la luz del atardecer y convertía el bosque en un lugar de sombras movedizas. Yo no era un jaguar, pero sí estaba acechando. O más bien, esperando.

Me llamaba Santiago, iba a la universidad en la ciudad, estudiaba biología, y desde hacía dos semanas me había instalado en una cabaña al norte de la sierra, lejos del ruido, buscando silencio. En realidad, buscaba algo más: un descanso del cuerpo, de la mente, de las noches en vela con pensamientos que no me dejaban dormir. Pero no contaba con ella.

Llamaron a la puerta a las seis y pico, cuando el sol ya se había escurrido por el horizonte y el bosque se sumía en un crepúsculo morado. Abrí y allí estaba: alta, morena, con los ojos claros —no sé si verdes o grises, dependía de la luz— y el pelo recogido en un nudo deshecho, con algunas hebras sueltas que le rozaban la nuca. Llevaba una túnica oscura, algo que parecía de lino, y botas de cuero remangadas hasta la mitad de la pantorrilla. No sonrió. Me miró como si ya me conociera, como si yo hubiera estado en sus sueños antes de que yo mismo me despertara.

—Santiago —dijo, y el nombre sonó en su voz como una palabra antigua, casi ritual.

—Sí —respondí, sin preguntar cómo sabía mi nombre.

—Sé que buscas algo que no encuentras en los libros.

No le respondí. Me hice a un lado y dejé que entrara. No era una invitación consciente, pero tampoco una negativa. La cabaña olía a madera quemada y papel viejo, y ella lo llenó de algo más denso, más cálido: el aroma de su piel, de las hojas secas y algo floral, como jazmín oscuro.

—Me llamo Xochitl —dijo, sentándose en la silla frente a la chimenea, donde ya habían chisporroteado algunas brasas.

—¿Y qué buscas tú aquí? —pregunté, sentándome en el sofá, entre nosotros la mesa baja con una taza de té humeante que ella misma había preparado.

—La misma cosa que tú —dijo, y por primera vez, la comisura de su labio se curvó, un gesto breve, casi imperceptible—. Solo que yo ya sé cómo se llama.

Me levanté. No con miedo, sino con un impulso físico, como si el aire se hubiera vuelto más espeso, más cargado. Me acerqué a ella. No la toqué. Solo la miré. Sus ojos no parpadeaban. Me miraban de vuelta, fijos, sin ceder, como si yo fuera el que estaba bajo su examen.

—¿Y si me equivoco? —pregunté.

—No te equivocarás —dijo, y esta vez sí me tendió la mano—. Solo tienes que decidir si quieres ver lo que no se ve.

No tomé su mano. En su lugar, bajé la mía hacia su muslo, sin romper el contacto visual. El lino de su túnica estaba suave, y debajo, sentí el calor de su piel. Ella no se movió. Solo me dejó avanzar.

Pasé los dedos por la costura de su muslo, despacio, como si descorriera una cortina invisible. Ella exhaló, pero fue una exhalación larga, casi musical, como si hubiera estado conteniendo el aire desde antes de que yo entrara. Subí la mano, más arriba, hasta donde el musco se volvía más suave, más sensible. Ella se inclinó hacia atrás, apoyándose en un codo, como ofreciéndose, como desafiándome a seguir.

—¿Estás seguro? —preguntó, por primera vez con una nota de duda en la voz.

—No —respondí—. Pero quiero intentarlo.

Fue entonces cuando ella se levantó. No con prisa, sino con una gravedad que me hizo sentir pequeño. Se quitó la túnica como si fuera una segunda piel, y quedó frente a mí, desnuda, sin vergüenza ni pudor, como si su cuerpo fuera un mapa que ella misma había dibujado. Tenía las caderas anchas, los pechos redondeados y firmes, los pezones oscuros, hinchados ya por el calor y por mi mirada. Entre sus piernas, el vello era oscuro, cuidado, como una corona. Y entre ellas, la abertura, húmeda, rosa, ligeramente abierta, como si me estuviera esperando desde siempre.

No la toqué allí todavía. En su lugar, bajé las manos a sus caderas, las apreté con los pulgares, y sentí cómo temblaba, aunque no por frío. Me acerqué hasta que mis labios rozaron su cuello, donde latía con fuerza. Inhalar su olor fue como beber algo dulce y peligroso.

—Dime qué quieres —susurré.

—Que me toques como si fueras mío —dijo, y me empujó hacia la cama, donde ya había deshecho las sábanas con un gesto rápido.

Me quitó la camisa, los pantalones, sin pausa, sin pausas. Cuando me quedé solo, con el pene tieso, hinchado, apuntando hacia arriba como una promesa, ella se arrodilló frente a mí. Me rodeó con las manos, lo sostuvo con suavidad, y me miró mientras lo hacía. Entonces, con la lengua, lo rozó desde la base hasta la cabeza, lento, con un sabor salado que a mí me hizo temblar las rodillas.

—No corras —dije, porque yo quería alargarlo, quería saborear cada segundo.

Ella asintió, y se sentó sobre mí, con las piernas a los lados de mi cintura. Me agarró de los hombros, se inclinó, y con la punta de su pene —no estaba circunciso, y el prepucio se retraía al tocar mi piel— rozó mi entrada. Me miró a los ojos mientras se hundía, lentamente, milímetro a milímetro, como si yo fuera el único que podía darle permiso.

—Sí —dije, cuando ya sentí su cuerpo completo dentro del mío.

Ella empezó a moverse. No con fuerza, sino con un ritmo lento, profundo, como si cada movimiento fuera una oración. Se inclinaba hacia adelante, sus pechos rozaban mi pecho, sus pezones se endurecían aún más, y yo le agarraba las caderas, las apretaba, para sentirla más cerca. Su respiración se hacía más corta, más entrecortada. Me besó, y su boca era diferente: cálida, húmeda, con un sabor a mi piel y a algo más antiguo.

—Santiago… —dijo, entre besos—. Dime tu nombre cuando vengas.

No respondí con palabras. Solo la miré, con los ojos cerrados, y dejé que mi cuerpo se rindiera. Sentí cómo su vagina se cerraba alrededor de mí, como un músculo vivo que me tomaba y me apretaba. Y cuando ella se inclinó hacia atrás, con las manos en el colchón, la miré entrar y salir, ver cómo su pene se hundía en mi cuerpo, ver cómo su cuerpo se archivaba, cómo sudaba en la frente, cómo sus labios se entreabrieran sin dejar de exhalar mi nombre.

Fue entonces cuando ella se detuvo. Me tomó la cara con ambas manos, me obligó a mirarla.

—Ahora —dijo.

Y yo me derrumbé dentro de ella. Fue una explosión larga, intensa, como si mi cuerpo se hubiera olvidado de cómo liberarse. Sentí su calor, su pulso, su cuerpo que me temblaba sobre mí. Ella gimió conmigo, una nota aguda, casi salvaje, y entonces me dijo, entre jadeos:

—Tú eres mío ahora.

No le pregunté qué quería decir. No importaba. Porque en ese momento, con su cuerpo temblando sobre el mío, con su pene aún dentro de mí, con su aliento en mi cuello, yo ya lo había aceptado: la bruja del bosque había atrapado mi piel, mi carne, mi respiración. Y yo no quería que me soltara.

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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.

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