Lo que vi en el balcón de enfrente
Desde su apartamento en el piso quince del edificio de lujo, Rodrigo tenía una vista privilegiada del atardecer sobre la ciudad. Pero no era el cielo teñido de rojo lo que lo detenía cada tarde tras llegar del trabajo. Era el balcón de enfrente, en el edificio paralelo, a apenas veinte metros de distancia. Allí, tras las cortinas ligeras de una vivienda idéntica en diseño, vivía una mujer que no conocía por nombre, pero cuyo cuerpo conocía ya con obsesiva intimidad.
Ella salía al balcón alrededor de las siete, sin camisa. Siempre primero una copa de vino blanco en la mano, luego el sujetador cayendo al suelo con un gesto lento, como si el aire mereciera tocarla antes que nadie. Era alta, morena, piel tostada, con tetas grandes pero firmes, pezones oscuros que se endurecían con el viento fresco del anochecer. No se cubría. No miraba a los lados. Se sentaba en la silla de mimbre, cruzaba las piernas y dejaba que el sol se tragara sus hombros, sus pechos, su cuello. Y Rodrigo, tras las cortinas corridas de su sala, con el pantalón desabrochado y la polla dura en la mano, observaba. No se masturbaba de inmediato. Se reservaba. Quería que el deseo se pudriera de placer dentro de él.
Hasta esa tarde en que ella no se sentó. En cambio, se acercó a la baranda, se inclinó un poco, y miró directamente hacia su ventana. No sonrió. Solo lo miró. Como si supiera. Como si hubiera sentido sus ojos clavados en sus nalgas durante semanas. Rodrigo se quedó inmóvil, el corazón golpeándole el pecho. Ella levantó una mano, se desabrochó el vestido sin despegar la mirada, y lo dejó caer. Ahora estaba desnuda. Completamente. Y seguía mirándolo.
Él no se movió. No se escondió. Ella dio un paso atrás, desapareció un momento, y regresó con un taburete bajo. Lo colocó frente a la baranda. Luego se subió a él, despacio, y se sentó encima, con las piernas abiertas. Rodrigo vio todo. La raja húmeda de su coño, el vello oscuro y bien recortado, los labios hinchados. Ella se acarició un pecho con una mano, mientras la otra se deslizó entre sus piernas. Un dedo entró con facilidad. Luego dos. Se frotó el clítoris con círculos lentos, sin dejar de mirarlo.
Rodrigo sacó su polla. Era gruesa, con la punta rosada y hinchada. La agarró con fuerza, apretando, imaginando que era ella quien lo tocaba. Ella gemía, bajo, pero él lo escuchaba como si estuviera en la misma habitación. Sus dedos entraban y salían de su coño con ritmo creciente. Se corrió con un jadeo largo, los muslos temblando, la cabeza echada hacia atrás. Y aun así, siguió mirándolo.
Al día siguiente, lo esperó. A la misma hora. Esta vez, se sentó en el suelo del balcón, espalda contra la pared, piernas abiertas. Tenía un vibrador en la mano. Era negro, grueso, con venas falsas. Lo encendió y lo acercó a su boca. Lo lamió como si fuera una polla. Luego lo llevó a su coño y lo metió hasta el fondo. Un gemido. Rodrigo ya se masturbaba con furia, el prepucio corriéndose solo con la tensión del deseo. Ella movía el juguete con movimientos cortos, luego profundos, sacándolo casi por completo antes de volver a empalarse. Su coño brillaba de humedad. Cada vez que el vibrador entraba, sus tetas rebotaban.
—Mírame, cabrón —dijo, aunque no podía oírla. Pero él leyó sus labios—. Mírame bien.
Él se corrió con un gruñido, el semen cayendo sobre su camisa, caliente, espeso. Ella ni siquiera había terminado. Se corrió de nuevo, con el juguete aún dentro, temblando, los dedos apretando los muslos.
Al tercer día, no hubo balcón. No hubo espectáculo. Rodrigo llegó agitado, esperando, pero las cortinas estaban cerradas. Se sintió vacío. Humillado. Como si lo hubieran castigado por mirar. Pero al anochecer, sonó su timbre.
Abrió. Ella estaba allí. En persona. Más alta de lo que pensaba. Con una falda corta de cuero negro, sin nada debajo. Olía a almizcle y sal.
—¿Te gustó lo que viste? —preguntó, sin esperar respuesta. Pasó al interior.
—Yo… no quise…
—No digas estupideces —lo interrumpió—. Llevas semanas mirándome. Ahora quiero que lo hagas de cerca.
Se quitó la blusa. Los pechos libres. Luego la falda. El coño rapado, húmedo. Se sentó en su sofá, abrió las piernas.
—Chúpamelo. Ahora.
Rodrigo se arrodilló. Acercó la cara. El olor era fuerte, dulce, ácido. Lamió sin esperar. Primero los labios, luego el clítoris, luego todo. Ella le agarró el pelo y lo empujó más adentro.
—Así, cabrón, como si no hubieras comido en un mes.
Él lamía, chupaba, mordía suave. Ella se corrió gritando, con las piernas temblando, las uñas clavadas en su nuca. Luego lo empujó hacia atrás.
—Ahora quiero verte. Quiero verte corriéndote mientras te miro.
Rodrigo se puso de pie, se quitó la ropa. Su polla volvía a estar dura. Ella se acercó, la tomó con la mano, la masturbó con lentitud, mirándolo a los ojos.
—Quiero que te corras en mi cara —dijo—. Pero no todavía.
Lo empujó al suelo. Se subió encima, con las piernas a cada lado de su cabeza.
—Límpialo todo. Desde abajo.
Él lamió su culo con devoción, el ano apretado, luego siguió subiendo hasta su coño. Ella se mecía, lenta, jadeando. Luego se dio vuelta, se inclinó, y tomó su polla en la boca. La chupó con hambre, con rabia, con conocimiento. Sus mejillas se hundían, sus labios llegaban hasta la base.
—Más rápido —dijo él—. Por favor.
Ella lo tomó con más fuerza, más profundidad. Lo hizo toser de placer. Y cuando sintió que iba a correrse, se detuvo. Se levantó, fue a la cocina, regresó con hielo en la mano.
—¿Te gusta mirar? —preguntó.
Él asintió.
—Pues mira esto.
Se sentó en el sofá, abrió las piernas, y se metió un cubo de hielo en el coño. Gimió al sentir el frío. Luego otro. Y otro. El agua resbalaba por sus muslos. Rodrigo no podía creerlo. Ella se masturbó con el hielo dentro, gimiendo, hasta que uno se derritió y cayó al suelo. Lo recogió, lo llevó a su boca, lo mordió. Luego se lo ofreció.
—Pruébalo.
Él se acercó, abrió la boca, y ella puso el hielo entre sus labios. Sabía a sal, a ella. Luego lo empujó contra la pared.
—Ahora sí. Correte. En mi cara. Ahora.
Rodrigo agarró su polla, la masturbó con fuerza, los ojos clavados en los de ella. Un segundo. Dos. Y se corrió con violencia, chorros gruesos que le golpearon el pelo, la frente, la mejilla. Ella no se movió. Sonrió. Lamió lo que alcanzó.
—Mañana —dijo—, quiero que me veas con un hombre. Quiero que mires cómo me la meten por el culo. Y quiero que te corras mirando.
Se fue sin despedirse. Rodrigo se quedó desnudo, temblando, sabiendo que ya no era el voyeur. Era parte del espectáculo. Y no quería otra cosa.
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