Lo que pasó en mi oficina después del cierre

Lo que pasó en mi oficina después del cierre

@la_condesa ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (25) · 185 lecturas · 3 min de lectura

Yo siempre he disfrutado del silencio de la oficina al final del día. El eco de los tacones se desvanece, los monitorizados se apagan con un suspiro y el aire se vuelve espeso, cargado de papel y sudor seco de horas de trabajo. Esa noche, sin embargo, el silencio tenía otro peso. Sabía que ella se quedaría.

Lucía entró justo cuando yo cerraba la puerta principal. Caminaba con esa seguridad que solo tienen las mujeres que saben exactamente qué quieren y cómo conseguirlas. Su blazer blanco estaba desabotonado, la blusa negra ajustada, los labios pintados de rojo intenso. Me miró de arriba abajo, lenta, evaluando, como si ya me hubiera desvestido mentalmente.

—Me dejaste la puerta abierta —dijo, sin sonar como pregunta.

—Sí —respondí, acercándome—. Quería que vieras lo que te esperaba.

No hubo titubeo. Se giró, apoyó las manos sobre el escritorio de vidrio que ocupaba todo el fondo del salón ejecutivo, y se inclinó. El vestido de satén negro que llevaba resbaló por las caderas hasta el suelo, dejando al descubierto la parte superior de sus muslos, el bordado fino de la tanga de encaje negro, la curva de su espalda baja hundida en la sombra.

—Dime qué haces cuando te quedas sola —susurré, acercando mis manos a su cintura.

—Te lo diré… si me lo haces bien —respondió, sin girarse.

No la dejé terminar. Agarré sus caderas con fuerza, la tiré hacia atrás hasta que sus nalgas tocaron mi entrepierna. Sentí su respiración acelerarse, el temblor en sus brazos. Le quité la blusa por los hombros, dejando sus pechos libres, redondos, con pezones duros y oscuros. Los tomé entre mis manos, los apreté, los froté uno contra otro, observando cómo se hinchan bajo mi tacto.

—¿Te gusta que te controle? —le pregunté, mientras deslizaba mis dedos por su vientre plano, bajando hasta el borde del encaje.

—Sí —gimió, arqueando el cuerpo hacia atrás—. Me encanta que me digas qué hacer.

Le bajé la tanga hasta las rodillas, separé sus muslos con una rodilla y la empujé hacia adelante. Se quedó inmóvil, esperando. Metí dos dedos en su vagina, ya mojada, ya temblando. Sentí cómo se contrajo alrededor de ellos, cómo pedía más con un grito ahogado.

—No vas a moverte hasta que te lo diga —ordené, mientras sacaba los dedos y los llevaba a sus labios—. Límpialos.

Lo hizo, con lentitud, con los ojos clavados en los míos, mientras yo le acariciaba el pelo con la otra mano. Luego la giré, la tomé de la cintura y la levanté con facilidad, colocándola sobre el escritorio. Le abrí las piernas, me coloqué entre ellas, y empujé mi pene duro —ya húmedo de su propia humedad— hacia su entrada.

La rompió sin quejarse. Solo gimió, alta, clara, como si fuera mía por derecho. Empecé a moverme, lento al principio, para que sintiera cada centímetro, cada pulso de su interior. Sus uñas se hundieron en mis brazos, su cabeza rodó hacia atrás, el cuello estirado, las venas latiendo. La cogí del pelo, la obligué a mirarme mientras la follaba con más fuerza, cada embestida la hacía rebotar sobre el cristal frío.

—Dime que eres mía —le ordené.

—Soy tuya —repitió, con la voz rota—. Todo mío.

La tomé de la nuca, la acerqué a mí, y mordí su hombro cuando sentí que se venía, cuando su vagina se crispó alrededor de mi pene, cuando su grito se perdió en el silencio de la oficina. No la solté. La follé hasta que vine dentro de ella, hasta que sentí el calor de mi semen recorrer su útero, hasta que sus piernas ya no la sostenían.

Cuando todo terminó, la dejé recostada sobre el escritorio, con el vestido en el suelo, el maquillaje corrido, los labios hinchados. Me limpié con una servilleta de papel y me vestí. Le acaricié la cara.

—Mañana, a las 9:00, quieres que estés aquí. Trae ropa interior nueva. Y no te olvides: hoy fue solo el principio.

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