Lo que pasó en mi cumpleaños
7 minLo que pasó en mi cumpleaños
Hoy cumplí treinta y cinco, y no fue como los otros años: sin celos, sin recuerdos de ex, sin ese vacío que siempre me acompañaba desde que me fui de casa a los dieciséis. Esta vez, Lucía se encargó de todo. Me llamó a la mañana con una voz que me entró directo al cuerpo: “Hoy no te mueves de aquí. Yo llego a las ocho, y si te mueves un centímetro, te chingo la vida.” Y sí, me moví. Me quedé en pijama, con los pies descalzos sobre el piso frío del baño, esperando su llegada como quien espera la primera gota de lluvia en verano.
Lucía es morena, de piel clara, con esos muslos que parecen hechos para abrazar y para apretar. Tiene esa mirada que te dice “te veo, te quiero, te voy a tomar despacio o rápido, según me digas qué necesitas”. Es trans, claro, y eso nunca fue un problema para mí —al contrario—. Siempre me ha encantado la forma en que ella se mueve: con esa mezcla de seguridad y ternura que solo las que han tenido que luchar por su lugar en el mundo pueden tener. Y cuando está conmigo, su cuerpo se vuelve un lenguaje que no necesita palabras.
A las ocho y cinco, escuché el clic de la llave. No la usó para entrar, claro. Solo la giró en la cerradura, como si ya perteneciera aquí —porque sí, desde hace dos meses que vive conmigo, aunque aún no le puso nombre a lo que somos—. Entró con una botella de mezcal Artesanal, dos vasos pequeños y una sonrisa que me derretía la piel.
—¿Ya desayunaste? —me preguntó, dejando las cosas sobre la mesa de la cocina.
—No —mentí. No tenía hambre, pero sí ganas de verla moverse por mi casa, de oír su risa, de sentir su olor: café y vainilla, con un toque de su perfume antiguo de abuela.
—Pues te vas a comer esto —dijo, sacando un tupper con un par de chilaquiles rojos—. Te los preparé ayer en la noche. Con pollo deshebrado, como te gusta.
Me besó entonces, suave, con los labios húmedos y una sonrisa que se le quedó puesta cuando me miró a los ojos.
—Hoy no hay prisa, ¿sí? Hoy te tomo despacio, paso a paso, hasta que ya no sepas ni tu nombre.
Me senté frente a ella en el sofá. Ella se acomodó con las piernas cruzadas, me tomó una mano y la apretó entre las suyas. Me miró la muñeca, donde aún tenía una pequeña cicatriz de cuando me hice un tatuaje tonto a los veinte.
—Te la acaricié esta mañana, cuando dormías —dijo—. Con mucho cuidado, como si fuera de cristal. Y pensé: esta mujer me salvó sin saberlo. Me salvó de seguir escondiéndome tras espejos rotos.
Me eché a llorar. No fue tristeza, fue el peso de tantos años que por fin se desvanecen. Ella me acercó al pecho, me acarició el pelo, me besó la frente, y luego la nariz, y luego los labios, con esa paciencia de quien sabe que el tiempo es un lujo que no todos tienen.
—¿Quieres que te quite el pijama? —susurró contra mi cuello.
Asentí. Con la boca seca, con las manos temblando un poco. No por miedo, sino por la intensidad de sentirme vista, deseada, protegida.
Se puso de rodillas frente a mí, despacio, como si estuviera en una iglesia. Me desabrochó la camiseta, una por una, con los dedos templados. Me miró los pechos —pequeños, pero firmes—, y luego bajó la mirada a mi entrepierna, donde ya sentía el latido fuerte de mi verga. Me sonrió.
—Eres linda cuando te emocionas —dijo, y me besó el ombligo.
Me quitó el pantalón del pijama y los calzones con una lentitud que me volvía loco. Me quedé solo con la camiseta, sentado sobre el sofá, con las piernas abiertas y el corazón a mil. Ella se acercó más, me separó un poco las rodillas, y entonces me besó la base de la verga, a través del pequeño vello, con los labios suaves y el aliento tibio.
—Hoy no te voy a hacer gemir por salirte de mí —dijo, y me miró directo a los ojos—. Hoy te voy a hacer sentir que eres el centro del universo.
Y entonces me chupó.
No con fuerza, no con desesperación, sino con devoción. Cada movimiento era un juramento. Me lamía el glande con la punta de la lengua, jugaba con el prepucio, me chupaba el pene entero, y luego me mordisqueaba suavemente los cojones, como quien juega con una golosina que sabe que va a gustarle mucho. Yo le agarré la cabeza, le dije “sí, así, Lucía, sí, tú”, y ella solo me sonrió entre risas, con la boca llena de mí, y siguió.
Me levanté, la tomé de la mano, y la llevé al cuarto. Me quitó la camiseta, y entonces me acostó sobre la cama, boca arriba, y se puso entre mis piernas. Me abrió las piernas con las suyas, me besó el ombligo otra vez, y luego bajó más, hasta que me tuvo frente a su rostro.
—¿Te acuerdas del primer día que me llevaste a tu casa? —me preguntó, mientras me lamía el pene otra vez—. Te dije: “Si esto no funciona, al menos me follaré a la mejor de mis amigas.” Y me reíste y me dijiste: “Si te follaras a una amiga, yo sería la última en callarme.”
Me reí con ella, y entonces me besó la punta de la verga, y me metió un dedo, lento, muy lento, hasta que sentí su pulgar rozando mi perineo.
—Tú me enseñaste que el sexo no es solo cuerpo —dijo—. Es confianza. Es decir “sí” sabiendo que el otro va a cuidarte.
Y entonces me encajó dos dedos, y me movió el cuerpo con una presión suave, y yo grité su nombre como si fuera una oración. Me besó los muslos, me mordió una cadera, y entonces se paró, se quitó su blusa, y me mostró sus pechos, redondos, con los pezones duros y oscuros.
—¿Te los quiero chupar o prefieres meterme la verga ya? —me preguntó, mientras se quitaba el sostén.
—Tú decides —dije, con la voz ronca.
Ella se acostó sobre mí, con su cuerpo encima, y me puso la verga en su entrada. Me miró, me sonrió, y se bajó un poco, hasta que la sentí entrar, poco a poco, como cuando el sol se mete detrás de la nube más grande del cielo.
—Te quiero lenta, Lucía —le dije—. Te quiero sentir toda.
Y así fue. Se movió con una lentitud que me hizo sudar frío, con esa sonrisa que solo se tiene cuando sabes que estás haciendo sentir bien a alguien. Me agarró de los hombros, me incliné un poco, y le dije: “Dame tu culo, que te lo chingo bien fuerte.”
Ella asintió, se paró un poco, y yo le dije: “Al revés.” Y así lo hicimos: yo de espaldas, ella sobre mí, con sus nalgas apretadas contra mi vientre, y yo le metí la verga desde atrás, despacio, hasta que sentí sus caderas chocar contra las mías.
Me volví loco. Le agarré las caderas, le pellizqué una nalgada fuerte, y ella gimió como si le hubiera dado un latigazo. Me volví más fuerte, y ella me dijo: “Sí, así, chingame como si fuera la última vez que nos vamos a ver.” Y yo le dije: “Nunca más te voy a dejar.” Y la cogí con todo, con fuerza, con ternura, con el corazón a cuestas.
Luego, cuando ya estaba listo, me pidió que me diera vuelta, y yo lo hice, y ella se subió sobre mí, y me metió la verga, y me la chupó otra vez, y yo me corrí dentro de su boca, sin apagar el motor, sin pedir permiso, como un animal que sabe que ha encontrado su refugio.
Me limpié con la manga de la camiseta, y ella me besó la frente.
—¿Te acuerdas que dijiste que nunca te gustó que te chuparan la verga? —me preguntó.
—Sí —respondí—. Pero contigo, sí.
—Porque contigo es diferente —dijo—. Es amor con piel.
Y me abrazó, y me besó, y me dijo: “Feliz cumpleaños, mi amor. Hoy no solo cumpliste años. Hoy nací de nuevo.”
Y yo le creí. Porque cuando ella me toca, yo no soy un hombre ni una mujer. Soy simplemente alguien que es amado, alguien que es deseado, alguien que no tiene que disimular ni explicar nada.
Y eso, Lucía, es lo más erótico que existe.
¿Te ha gustado? Valóralo