Lo que pasó en mi casa un miércoles cualquiera

Lo que pasó en mi casa un miércoles cualquiera

@camila_rios ·6 de junio de 2026 · ★ 4.3 (10) · 200 lecturas · 7 min de lectura

Sí, lo voy a contar. No es que me arrepienta —al contrario—, pero sí me cuesta mirarme al espejo sin sentir ese calor en las mejillas, ese temblor en las manos que aún me queda después de tantos años. No soy una chiquilina, vos lo sabés: yo tengo cuarenta y nueve, vos veinticuatro, y en el momento en que vos pasaste la puerta esa noche de miércoles, yo ya tenía toda la vida encima, pero vos… vos tenías solo el tiempo de los que aún no saben que el cuerpo se cansa, que el deseo se aprende, que el sexo no es solo sudor y Gemidos, sino que es *sabiduría*, es paciencia, es dominio sin gritos, es dejar que el otro se deshaga despacio frente a vos.

Me llamaste «señora» cuando cruzamos la mirada en la feria del barrio, esa que armé en la puerta de casa con mis plantas y mis frascos de conserva. Estabas con unos amigos, tomando cerveza, riéndote con la boca llena de dientes blancos y labios frescos. Yo, con mi delantal manchado de vino tinto y mi pelo suelto, un poco canoso en las sienes, te sonreí. No por cortesía. Porque te vi. Y vos me viste de vuelta, con esos ojos que ya sabían que no era una señora cualquiera.

—¿Se puede saber qué buscás ahí adentro, vieja? —te dijo uno de tus amigos, con esa risa que duele en los oídos. —No le digas vieja, che —intervine yo, sin mala leche, pero con la voz bien puesta—. Yo soy Camila. Y si tenés algo que decirme, vení solo, sin testigos.

Vos no te rieron. En cambio, vos soltaste la cerveza en el suelo, te limpiaste las manos en el pantalón y vos dijiste: —Siempre quise tener una vecina como vos.

No fuimos vecinos, pero vos sabés que eso no importa. Esa misma noche, a las once y media, me llamaste. Te dije que subieras.

No me arrepiento. No de eso.

Cuando entraste, no te pedí que te sentaras. Te miré de arriba abajo: pelo castaño claro, pecho ancho, pantalón ceñido que ya me hacía imaginar qué forma tenía tu polla debajo. Me di cuenta de que me temblaba la mano al cerrar la puerta. Por primera vez en años, sentí que mis pechos se ponían duros solo con tu olor: a jabón de coco, sudor y algo más, algo que no podía nombrar pero que me hizo querer agacharme y hundir la cara en tu cuello.

—Vos no tenés nada de vieja —dijiste, y vos te acercaste, lento, como si temieras que me esfumara—. Tenés… mucha más vida.

—Sí, tengo más vida —reí, pero era una risa baja, entrecortada—. Y también tengo más hambre.

Te tomé de la camisa y te acerqué al sofá. No me dejaste terminar. Me agarraste la nuca, me levantaste la cara y me besaste. Y Dios, qué beso. No fue un beso de prueba, ni de timidez. Fue un beso que me desarmó la boca, que me hizo sentir la lengua de vos, jugando con la mía, que me hizo sentir que mis pechos se hincharon como cuando tenía veinte años, que se tensaron contra la tela de mi blusa.

—Dame —susurraste—. Quiero verte.

Me desabrochaste la blusa con los dedos firmes, no con urgencia, sino con seguridad. Como quien sabe que tiene tiempo, pero también que no lo va a perder. Me sacaste los pechos, y vos me miraste sin vergüenza, con los ojos medio cerrados, como si estuvieras viendo algo sagrado.

—Son hermosos —dijiste, y vos te agachaste, y primero uno, luego el otro, los chupaste con suavidad. Me mordí el labio para no gritar. No por vergüenza. Porque era tanto placer, tan limpio, tan *exacto*, que me daba miedo romperme.

—Vos no sabés lo que me hace esto —dije, con la mano en tu pelo, empujando un poco, sin fuerza, como para que supieras que sí, que eso estaba bien, que seguís así.

Y vos lo supiste. Me soltaste un pecho para desabrocharme el jeans. Me lo bajaste despacio, como si fuera un regalo que no querés romper. Y cuando me viste la concha, peluda, húmeda, ya con los labios hinchados y brillantes, vos soltaste un suspiro.

—Sí —dijiste—. Sí, sí, sí…

Me agarraste las caderas y me tiraste hacia adelante, me pusiste de rodillas frente a vos. Me dijiste: —Quiero verte chupármela.

Y vos no te rieron. No, vos me miraste con los ojos oscuros, con esa mezcla de respeto y deseo que solo tienen los hombres jóvenes que saben que están con una mujer que *sabe* cómo hacerlo.

Me acerqué. Te desabroché el cinturón. Te bajaste el pantalón y la bóxer juntos, y vos saliste: una polla gruesa, tiesa, con la punta húmeda y roja, con vasos subiendo por el glande. Me olía a hembra y a hombre a la vez, y me hizo cosquillas en la nariz, pero no retrocedí. Te tomé la base con las dos manos, sentí el peso, el calor, y vos te inclinaste hacia atrás, soltando un gemido bajo.

—Sí —dijiste—. Sí, así…

Y vos me dijiste que me levantara, que te subieras la blusa, que te mostrara el culo. Me lo sacaste, me lo apretaste con las manos, me dijiste que me agachara, que te lo diera.

Yo no soy una chiquilina. Yo sé qué querés. Te di la espalda, me apoyé en la mesa, me separé la concha con los dedos, y vos te acercaste, vos te pusiste detrás, vos te me metiste a la primera.

Y Dios, qué sensación. Me sentí *llena*, como si me hubieras clavado un palo de madera en el cuerpo. Me agarraste las caderas, me jaloneaste hacia atrás, y vos empezaste a cogerme. No rápido. No lento. *Bien*. Con una cadencia que me hacía vibrar hasta los dientes.

—Sí, sí, así —decía yo—. Claváme, pibe. Me gusta que me garchés fuerte.

Y vos lo hiciste. Me clavaste la polla hasta el fondo, me agarraste los pechos, me los apretaste, me mordiste la oreja y me dijiste que me venía a ver.

—Te voy a llenar —dijiste—. Te voy a llenar la concha de semillas.

Y vos te saliste un poco, me giraste la cara, me besaste con furia, y vos te me metiste otra vez, y otra vez, y otra vez, hasta que yo ya no pude más.

Yo no soy una chiquilina, pero en ese momento sentí que era una adolescente otra vez: con el cuerpo que me temblaba, con los pechos que me dolían, con la concha que me palpitaba y me exigía más. Y vos, vos me miraste a los ojos, vos me dijiste: —Te quiero, Camila.

No era necesario. Pero lo escuché. Y me rompí.

Me vine con la polla adentro, con vos clavándome las uñas en las caderas, con vos gruñendo mi nombre como si yo fuera tu última oportunidad de salvarte.

Y vos te saliste, te llegaste hasta el fondo, y vos te veniste encima de mi culo, con tus manos en mis muslos, con tu aliento en mi cuello.

Después, vos te sentaste al lado mío, sin decir nada. Me pasaste un pañuelo, me limpiaste la concha, me besaste la frente.

—¿Otra vez? —me preguntaste.

Yo te miré. Te vi los ojos. Te vi la polla ya blanda, pero lista.

—Si vos querés —dije—. Pero esta vez, vos te acostás. Y yo te mando.

Y vos, vos me sonreíste, vos me tomaste la mano, vos me dijiste: —Con vos, cualquier cosa.

Y así fue.

Y desde esa noche, cada miércoles, vos venís. Y yo, que pensaba que el deseo se me había acabado, ahora lo siento cada vez que vos cruzás la puerta. Como un latido que no se apaga. Como un fuego que no se apaga. Como una promesa que no se rompe.

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