Lo que pasó en mi apartamento mientras llovía

Lo que pasó en mi apartamento mientras llovía

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del apartamento de Valeria como un susurro insistente, un ritmo constante que marcaba el paso del tiempo mientras el cielo se volvía gris y pesado sobre la ciudad. Ella había decidido quedarse en casa esa noche, tras una jornada interminable en la oficina: reuniones interminables, correos sin respuesta y una tensión acumulada que le había dejado los hombros rígidos y el cuerpo cansado. Se quitó los zapatos al entrar, dejó la mochila en el suelo y se desató el cabello, dejándolo caer en ondas suaves sobre los hombros. Se cambió de ropa con lentitud: primero una camiseta de algodón grande, casi transparente, que le quedaba demasiado holgada para ser ropa de dormir, y luego unos shorts de algodón blanco que apenas cubrían la mitad de sus muslos. No tenía prisa. No tenía nada que hacer, salvo respirar, moverse, sentir.

Se sirvió un vaso de agua con hielo, lo dejó sobre la mesa de centro y se sentó en el sofá, abrazando una almohada pequeña. La luz de la lámpara de pie proyectaba sombras suaves sobre las paredes, y el resplandor anaranjado acariciaba la curva de sus piernas, los contornos de sus brazos. La lluvia seguía cayendo, lenta y persistente, y con cada gota que resbalaba por el cristal, Valeria sentía cómo su mente se despejaba, como si el agua también le lavara el estrés, como si le arrancara capas de tensión invisible. Cerró los ojos. Escuchó el sonido del trueno lejano, el crujido del sofá bajo su peso, el propio ritmo de su respiración: superficial al principio, luego más profunda, más pausada.

Se incorporó. Se levantó con lentitud, como si despertara de un sueño entreabierto, y caminó hacia el cuarto de baño. Encendió la luz tenue, la que tenía en el espejo del lavabo, y se miró. Su rostro estaba desenfadado, los labios ligeramente hinchados por la sequedad del día, las mejillas rosadas. Se desabrochó la camiseta con cuidado, dejando que la tela se deslizara por sus brazos hasta caer al suelo. Se quedó frente al espejo, sin ropa interior, con solo el short bajo, y se observó con atención. No con crítica, sino con curiosidad, como si fuera la primera vez que se veía así: sin máscaras, sin pretensiones.

Se mojó las puntas de los dedos con agua fría y se pasó las yemas por los labios, humedeciéndolos con un gesto instintivo. Luego, con la palma abierta, rozó suavemente su clavícula, bajó por el valle entre sus pechos, dejó que sus dedos se detuvieran sobre el borde del short. El algodón era suave, casi invisible contra su piel, pero ella sentía la diferencia: la textura áspera de la tela contra la suavidad de su cuerpo. Se miró al espejo y se sonrió. Una sonrisa tímida, casi cómplice, como si estuviera compartiendo un secreto consigo misma.

Se quitó el short con lentitud, paso a paso, como si cada milímetro de tela que descendía fuera un acto de liberación. Se quedó desnuda frente al espejo, y por un instante, no se movió. Solo se observó: la curva de sus caderas, la suavidad de su vientre, los pechos pequeños pero firmes, las pecas que se extendían en abanico sobre el hombro derecho. Su piel brillaba ligeramente bajo la luz del baño, como si estuviera cubierta por una capa invisible de aceite. Se pasó la mano por el costado, sintiendo el calor de su propio tacto. Y luego, sin prisa, bajó las manos hasta las caderas, se agachó un poco y se miró entre las piernas.

No pensó. No planeó. Solo se tocó.

El dedo índice rozó el monte de Venus, deslizándose con cautela, como si temiera asustar algo. Se detuvo, respiró hondo y volvió a intentarlo, esta vez con más seguridad. El labio mayor se separó bajo su toque, húmedo ya por una humedad natural que se había generado con el simple hecho de estar allí, sola, en su propia piel. Se pasó el dedo por el clítoris, apenas un roce, apenas un susurro de contacto. Un estremecimiento le recorrió la columna vertebral. Cerró los ojos. Se mordió el labio.

Volvió a repetirlo. Esta vez, más despacio. Masajeó con la punta de los dedos, con el pulgar presionando suavemente, con el índice deslizándose en círculos pequeños. El ritmo era suyo, sin prisa, sin exigencias. Se dejó llevar, dejó que su cuerpo hablara. Se inclinó hacia el espejo, apoyó las manos sobre el lavabo y siguió tocándose, observándose en el reflejo: cómo se ponía roja la piel, cómo se erizaban sus pezones, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo sus caderas comenzaban a moverse al unísono con sus dedos.

Se separó con delicadeza los labios, exponiendo el clítoris en toda su plenitud. Lo acarició con más presión, sin miedo, sin vergüenza. Sintió cómo el deseo subía, cómo se inflamaba dentro de ella, cómo su cuerpo respondía con una necesidad silenciosa pero urgente. Se pasó la lengua por los labios, respiró fuerte, y entonces, con un solo movimiento fluido, introdujo dos dedos en su interior.

El cuerpo le respondió con un gemido ahogado. No fue fuerte, ni prolongado, pero fue honesto. Una emisión natural, espontánea, como si su garganta hubiera estado guardando ese sonido todo el día. Se movió con lentitud, sacando y metiendo los dedos, rotando ligeramente la muñeca para encontrar el ángulo perfecto. Su otra mano subió hasta uno de sus pechos, encontró el pezón, lo enrolló entre pulgar e índice, y lo apretó con suavidad. El contraste entre la excitación interna y la estimulación externa la hizo temblar. Se apoyó más contra el lavabo, cerró los ojos y dejó que el placer la envolviera, poco a poco, sin apuros, sin violencia.

Las caderas ya no se movían al azar: lo hacían con intención, buscando el roce perfecto, buscando la profundidad exacta. El agua fría de la tubería resonaba en las paredes del baño, y la lluvia seguía golpeando el vidrio como si le diera ritmo, como si estuviera participando de ese momento. Valeria sintió cómo el orgasmo se acercaba, cómo se acumulaba en su vientre, cómo su cuerpo se tensaba como un arco que se prepara para lanzar la flecha. Respiró hondo, y esta vez no contuvo el sonido: dejó salir un susurro gutural, una nota que apenas se oía pero que le pertenecía por completo.

El placer llegó en oleadas suaves, pero profundas. No fue una explosión, sino una marea que la arrastró hacia un lugar cálido y seguro. Se desplomó un poco, apoyó la frente en el espejo, y siguió moviéndose con los dedos hasta que el ritmo se volvió inestable, hasta que sus piernas comenzaron a temblar y su pecho subía y bajaba con fuerza. Solo entonces retiró las manos.

Se quedó allí, frente al espejo, con la frente apoyada en el vidrio frío, con las piernas ligeramente separadas, con el cabello desordenado y el corazón latiendo con fuerza en su garganta. No se apresuró a secarse, ni alavanzar. Solo se dejó estar. Respiró. Escuchó la lluvia. Escuchó su propia respiración. Y sonrió.

Se limpió con una toalla suave, se puso la camiseta que había dejado en el suelo y volvió al sofá. Se envolvió en una manta, tomó el vaso de agua que ya no tenía hielo y lo bebió lentamente. El sabor del agua era diferente ahora: más dulce, más presente, más suyo. Miró por la ventana, donde la ciudad brillaba bajo la lluvia, y pensó que, a veces, lo más íntimo no necesitaba de nadie más. Que estar sola no era una ausencia, sino una presencia completa.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Valeria se sintió en paz.

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