Lo que pasó en la terraza del quinto piso
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La luz del atardecer se deslizaba por los ventanales del quinto piso como una caricia lenta, dorada y cálida, rozando el borde de las macetas con plantas silvestres que Ana había dejado crecer sin reglas, igual que dejaba crecer las palabras que no decía. Federico estaba sentado en el sofá de tela gris, con las piernas cruzadas y una taza de té humeante entre las manos, mientras observaba cómo Ana ajustaba la correa del vestido que se le había deslizado un poco por el hombro izquierdo. No dijo nada. Solo dejó que su mirada se quedara allí, en el espacio entre tela y piel, mientras el viento del verano entraba por la ventana abierta y agitaba las cortinas como si quisiera empujarlas hacia adentro, hacia el silencio que ya se había instalado entre ellos desde hacía semanas.
—¿Te acuerdas de cómo solíamos subir acá cuando apenas nos conocíamos? —preguntó Ana, sentándose a su lado sin mirarlo, con los codos apoyados en el respaldo, los pies descalzos enterrados en la tela del sofá.
Federico asintió, un movimiento casi imperceptible. Sí se acordaba. No solo de las noches largas en aquella terraza, con latas de cerveza fría y risas que se perdían entre los edificios vecinos, sino también de cómo su cuerpo, entonces aún tímido, había aprendido a reconocer el ritmo de la respiración de ella: pausas largas, inhalaciones casi inaudibles, y esa pequeña pausa entre cada exhalar, como si el aire no quisiera abandonarla del todo.
—Eras más callada por entonces —dijo él, por fin, con la voz baja, como si temiera que una palabra fuerte rompiera algo invisible entre ellos.
Ana giró la cabeza y lo miró. No con los ojos abiertos de quien quiere disculparse, sino con la mirada lenta de quien ha estado guardando algo demasiado tiempo y ahora, por fin, decide soltarlo. Sus dedos se movieron sin intención aparente: primero rozó el borde de su propia taza, luego bajó hasta la manga del vestido y tiró un poco de ella, como para asegurarse de que seguía en su sitio. Federico siguió cada movimiento con la punta de los ojos, sin moverse, sin respirar demasiado fuerte.
—No era callada —corrigió ella, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Solo esperaba.
Él la miró de frente, esta vez. Y vio que el sol, ya más bajo, le daba de perfil, iluminando la curva de su cuello, la sombra que formaban sus pestañas sobre las mejillas, el leve temblor en la comisura de la boca, como si estuviera conteniendo algo más que una simple frase.
—¿Qué esperabas? —preguntó Federico, con la voz más suave esta vez, casi un susurro.
Ana no respondió de inmediato. En su lugar, se inclinó hacia adelante, recogió una hoja seca que había caído en la terraza y la dobló entre sus dedos, como si la estuviera preparando para algo. Luego, sin mirarlo, la dejó caer en el borde de la mesa baja, donde quedó entre dos vasos vacíos.
—Esperaba que me hicieras la pregunta que no sabías que tenías que hacer —dijo.
Federico dejó la taza sobre la mesita, con cuidado, sin que el cristal chocara contra la madera. Se levantó y caminó hasta el borde de la terraza, donde la ciudad se extendía en un mosaico de luces que aún no habían encendido del todo. Ana lo siguió con la mirada, sin moverse del sofá, como si supiera que él necesitaba ese espacio, esa pausa, para decidir si dar un paso más.
—¿La pregunta? —preguntó él, sin volver la cabeza.
—La que no te atrevías a formular por miedo a que la respuesta no fuera la que querías escuchar.
Él suspiró, lento, y se apoyó en la baranda de hierro forjado, con las manos a ambos lados del cuerpo, como si estuviera sosteniendo el propio aire entre sus dedos. Por un momento, el silencio fue tan denso que se podía tocar.
—¿Y cuál sería esa pregunta? —dijo Federico, al fin.
Ana se puso de pie entonces. Lento. Con una calma que no era casualidad. Se acercó hasta él, hasta donde estaba la terraza, y se detuvo a un paso de distancia. El viento le levantó un mechón de pelo, y Federico tuvo que contenerse para no alzar la mano y atraparlo entre los dedos.
—La que me pregunta si todavía siento lo mismo que ese primer verano, cuando te besé por primera vez en esta misma terraza —dijo ella, con la voz clara, pero sin firmeza ni temor—. Y si, después de todo, todavía me quiero besar contigo.
Federico no respondió con palabras. En su lugar, se giró hacia ella, lento, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso alrededor de sus cuerpos. Y cuando sus ojos se encontraron, no hubo dudas. Solo el reconocimiento.
—Sí —dijo él, con una voz quebrada por la emoción contenida—. Sigo queriéndote.
Ana no esperó más. Se acercó, y esta vez fue ella quien cerró la distancia. Colocó una mano en su pecho, sentiendo el latido que aceleraba bajo la tela de la camisa, y luego apoyó la frente contra su hombro. Federico la envolvió con sus brazos, con la suavidad de quien sabe que un abrazo puede ser una promesa. Sus manos se entrelazaron en su espalda baja, y él sintió cómo su cuerpo, después de tanto tiempo, recordaba el peso del otro.
—Entonces —murmuró Ana, sin levantar la cabeza—, ¿por qué no lo hacemos?
Él la miró esta vez con los ojos humedecidos, con una sonrisa que empezaba en las pupilas y terminaba en los labios.
—¿Aquí? —preguntó.
—¿Dónde más? —respondió ella, con una sonrisa que sí llegó a los ojos esta vez—. Donde todo empezó.
Federico no respondió. Solo inclinó la cabeza y besó su frente, con la ternura de quien no quiere perder el sabor de una costumbre. Luego, con las manos aún en su cintura, la giró lentamente hacia la puerta de vidrio que daba al interior del apartamento. Pero antes de entrar, Ana se detuvo. Miró hacia atrás, al cielo ya oscureciéndose, a las luces que comenzaban a encenderse en los edificios vecinos, y susurró:
—Prométeme que esto no será solo una noche.
Él no dudó.
—Es una promesa que ya cumplí hace años —dijo, tomando su mano y llevándosela a los labios—. Solo esperaba que me la devolvieras.
Ana sonrió. Y esta vez, cuando entraron, cerraron la puerta con calma. Sin prisa. Sin miedo. Con la certeza de que lo que buscaban no había desaparecido, solo se había escondido entre las sombras de los días comunes, esperando que alguien recordara cómo encender la luz.
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