Lo que pasó en la terraza de mi vecina

Lo que pasó en la terraza de mi vecina

@andres_rio ·22 de octubre de 2026 · 🔥 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

Yo tenía veinticuatro años, con la cara aún sin marcas de vivir y las manos que no sabían de verdad lo que era coger con calma. Ella, doña Leticia, tenía cuarenta y nueve, aunque con esa piel morena y esos ojos que ya habían visto demasiado, parecía tener una historia escrita en cada arruga que no la debilitaba, sino que la hacía más fuerte. Vivió toda su vida ahí, en el departamento del fondo, con su jardín de geranios y su terraza que se convertía en un santuario al atardecer.

Nos conocía desde niño. Siempre me saludaba con una sonrisa que no decía mucho, pero sus ojos sí. Cuando su marido se fue —se fue con la enfermera, me dijo una vecina—, se encerró tres semanas y luego volvió a salir, como si nada la hubiera roto. Yo la veía regar las plantas con esa lenta deliberación de quien aún tiene algo que decirle al mundo.

La noche que todo cambió, llovía suave, esa lluvia de verano que humedece pero no moja. Yo estaba en mi terraza, fumando un cigarro, con la camiseta empapada de sudor. Ella apareció en la puerta de su departamento, con una botella de tequila, dos vasos y una toalla enrollada sobre el brazo.

—¿Quieres compañía, Andresito? —dijo, con esa voz que sonaba como miel espesa.

No me atreví a negar. Me levanté, con el corazón en la garganta, y la seguí hasta su terraza. Allí, bajo el cielo oscuro y las luces tenues del jardín, ella se sentó en una silla de teca, con las piernas cruzadas, y me pasó un vaso. El tequila quemó mi garganta, pero su mirada me quemó más.

—¿Te gusto así? —preguntó de golpe, sin mirarme, con las manos apoyadas en las rodillas.

—Claro que sí —respondí, con la voz un poco temblorosa.

Ella soltó una risa baja, sensual, como si ya hubiera leído mi mente. Se levantó despacio, como si bailara una canción que solo ella escuchaba, y se quitó el blusón de algodón. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro, y cuando respiraba, sus pechos se movían con esa pesadez que solo dan los años y la experiencia. No era la juventud agresiva de las veinteañeras; era otra cosa: plena, sabida, casi sagrada.

Me acerqué sin decir nada. Ella me tomó la mano y la puso sobre su pecho. Sentí el latido, rápido pero seguro. Entonces me guió hacia la hamaca, donde se sentó cruzada, con las piernas abiertas una palma, y me pidió que me arrodillara entre ellas. No dudé. Desabroché su falda de seda, la bajé con lentitud, y allí estaba: su culo, redondo y firme, con esa curva que solo la vida puede moldear. Me pasé la lengua por los labios y le besé la nalgada, con delicadeza, como si le rindiera tributo.

—Sí —susurró, y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las cuerdas de la hamaca—. Te he querido hacer esto desde hace meses… ver cómo me miras sin vergüenza.

Le separé las nalgas con las dos manos, y allí estaba su vagina, ya húmeda, los labios hinchados y oscuros, como una flor que solo se abre en la noche. La toqué con una mano, lento, explorando, y ella soltó un gemido que parecía salir de lo más profundo de su cuerpo. Me puse de pie, me desabroché el jeans, saqué mi verga dura, y ella me tomó con la mano, me guió, y se sentó sobre mí, lento, tan lento, que sentí cada centímetro de su interior mientras yo me hundía en su calor.

No hubo prisa. Ella se movía con esa seguridad de quien sabe que el tiempo ya no es su enemigo. Subía y bajaba, balanceándose, con las manos en mis hombros, y yo la agarraba por las caderas, sintiendo su piel sudorosa, su olor a mujer hecha y derecha, a café y a noche.

—¿Te gusta ser el hombre de una mujer hecha? —me preguntó, inclinándose, con su pecho rozando mi cara.

—Sí… —respondí, jadeando—. Me chingas, Leticia… me chingas de a poco.

Ella sonrió, y entonces aceleró un poco, con movimientos más profundos, más húmedos, y yo la seguí, dejándome llevar, hasta que su cuerpo tembló, hasta que su vagina me apretó como un puño, hasta que su gemido se convirtió en un grito ahogado contra mi cuello.

Y yo, con veinticuatro años y la verga aún temblando, la abracé por la cintura, la sentí fundirse en mí, y supe que nunca más sería el mismo.

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@andres_rio

Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.

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