Lo que pasó en la terraza de mi vecina
6 minLo que pasó en la terraza de mi vecina
Me llamó esa tarde —yo estaba armando un café en la cocina— y cuando escuché su voz por el intercomunicador, hasta se me paró el pelo: “¿Viste que se cortó la luz en mi piso? Me quedé sin aire acondicionado. ¿Podés prestarme un ventilador?”.
Claro que sí, claro que sí. Yo ya sabía que no era por el calor.
Era junio, ya entraba el frío en Buenos Aires, pero en la terraza de su departamento —el último piso, el que tiene vista al río— seguía haciendo un calor de coño sudado. Y ella, con ese vestido de seda color vino que apenas le cubría las caderas, estaba parada frente al balcón, con las piernas ligeramente abiertas, como esperándome.
—Acá no hay ventilador —le dije, poniendo el aparato sobre la mesa de madera—. Pero sí tengo algo mejor.
Ella no se volvió. Solo se mordió el labio inferior, ese que tiene un lunar casi invisible si no lo conocés, y me miró por el rabillo del ojo. Con esa sonrisa que ya sabía qué iba a hacer antes de que yo mismo lo supiera.
—Andá, decí qué —susurró, poniéndose de pie del todo.
Me acerqué despacio, con las manos en los bolsillos, como si no estuviera temblando. Me encanta cuando ella se da cuenta de que yo también tengo nervios. Es como si por un segundo se me baje la coraza de dueño de banco, de hombre que siempre tiene el control.
—¿Vos querés que te preste algo? —pregunté, y me paré justo detrás de ella. El aire del río le revolvía el pelo, y el vestido le pegaba al culo como una segunda piel.
—Yo quería que me prestaras la boca —dijo, sin moverse—. Pero vos siempre me mirás como si no te atrevieras.
Le dije que no me mire así, que se voltee. Y cuando lo hizo, lo hice con la lentitud de quien sabe que el tiempo se acaba, pero no quiere apurarse. La tomé de la cintura, sentí el calor de su piel bajo las mangas del vestido, y la junté a mí hasta que sentí su respiración agitada en el cuello.
—Decime qué querés —le susurré al oído, pasándole la lengua el lóbulo.
—Quiero que me garchés, sí. Pero primero, que me chupes el clítoris hasta que me olvide cómo se respira.
Me separé un poco para verla. Tenía los ojos cerrados, los pechos le subían y bajaban con cada exhalar, y su mano ya estaba sobre la mía, guiándome hacia su entrepierna. No había nada entre las piernas: se había afeitado todo para esta noche.
—Vos sabés que no me gusta esperar —le dije, y le bajé el vestido por las caderas hasta que quedó desnuda frente a mí. El sol se había escondido atrás de los edificios, pero la luz del atardecer le daba de lado, marcando cada curva de su cuerpo: los pechos redondos, la cintura estrecha, el vello rubio, escaso, que brillaba con el último rayo.
Me arrodillé sobre la manta que tenía puesta en el piso, con las rodillas apoyadas en el tejido áspero. Ella se sentó al borde de la silla de teca, las piernas abiertas sobre mis hombros, y me miró fijamente mientras yo le separaba los labios con los dedos.
—Mirá —le dije, y le puse la punta de la lengua encima, con suavidad—. Mirá cómo te hago temblar.
Y sí, temblaba. Le temblaban los muslos, el pecho, incluso la punta del clítoris, que se le erizaba nada más tocarla con el aire. Le lamí despacio, desde abajo hacia arriba, una, dos veces, y luego la tomé entre los labios, suave, como si fuera un regalo que no quería romper.
Ella me agarró de la nuca y me empujó contra sí. No la dejé ir más allá. Le puse la palma en la frente y la detuve.
—No te muevas —le dije—. Vos solo dejate llevar.
Y volví a chuparla. Esta vez con más fuerza, haciendo círculos con la lengua, apretando con los labios, dejándola sentir cada vibración. Le metí dos dedos dentro, curvándolos hacia adelante, buscando el punto que la hacía soltar un grito ahogado. Me respondió con un “¡coño, sí!” que me subió por la columna.
—Estoy cerca —dijo, con la voz rota—. Ya no puedo más.
Le chupé una última vez, con fuerza, y cuando sintió mi aliento en el clítoris, se deshizo. Se arqueó, gritó, y sus musculos se contrajeron como si la estuvieran electrocutando. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y me soltó una mano, como si necesitara agarrarse de algo.
—Dios… —murmuró, recostándose hacia atrás—. Me morí un poco.
Yo me paré, me limpié la boca con el dorso de la mano, y le sonreí.
—Todavía no te he cogido —le dije.
Me quitó el pantalón y la camisa a la vez, sin perderme de vista. Tenía el pene duro, ya, y cuando me vió así, se le volvió a poner dura la punta del clítoris, aunque ya no estaba toqueteándola.
—Ahora sí —dije, y la tomé de la cadera—. Sentate en el borde.
Lo hice lento. Primero le metí un dedo, luego dos, esperando que se relajara, y cuando sentí que estaba lista, le empujé la punta del pene contra la entrada. Ella suspiró, bajó la cabeza, y me dijo:
—Cogeme, por favor.
Y la cogí.
Con la boca pegada a su cuello, las manos aferradas a su cintura, y la mirada clavada en la suya. Entré despacio, dejando que me tragara entera, y cuando sentí que estaba toda dentro, empecé a moverme. No rápido, no lento: justo. Como una danza que ya habíamos ensayado cientos de veces en sueños.
Ella me tomó de los pelos, me pidió que la empujara más, que la hiciera sentir que era la más desesperada del mundo. Le lamí los pechos, le mordí el hombro, y cuando me pidió que la voltee, lo hice de una, como si no tuviera más tiempo.
La puse de espaldas a mí, agarré sus caderas y le metí el pene hasta la raíz, con una fuerza que la hizo gritar. Le lamí el cuello, le besé la nuca, y le dije:
—Soltá todo. Decime lo que sentís.
—Siento que me voy a romper —dijo, con los ojos cerrados—. Siento que no voy a poder volver a ser la misma.
Y me apretó las nalgas con fuerza, como queriendo que la cogiera hasta hacerla sangrar. Le lancé una mirada por encima del hombro, y le dije:
—Entonces rompete.
Y la cogí más fuerte, con golpes cortos y profundos, hasta que ella se vino otra vez, esta vez con la cara enterrada en mi hombro, sin aliento, sin fuerzas, pero sonriendo como si acabara de descubrir el sentido de la vida.
Me retiré despacio, y me senté a su lado, con el pene aún duro y mojado de su humedad. Ella se giró hacia mí, me tomó la mano y me la llevó a su pecho, donde se le aceleraba el corazón.
—¿Vas a seguir viviendo acá? —me preguntó.
—Depende —le dije—. ¿Vas a seguir llamándome cuando te corta la luz?
Ella me besó entonces, con la boca seca y los ojos brillantes, y me dijo:
—Sí.
Y yo le respondí:
—Entonces sí.
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