Lo que pasó en la terraza de la casa de campo
6 minLo que pasó en la terraza de la casa de campo
La casa de campo estaba en silencio, salvo por el murmullo de los grillos y el suave crujido de las hojas al moverse con la brisa de junio. Lucía y Tomás habían llegado antes que los demás, con la excusa de preparar la parrilla y colocar las velas en la terraza. En realidad, ambas sabían que era por eso: por el plan que habían acordado semanas atrás, en una llamada larga, con la voz temblorosa y las caras rojas por el calor o por la expectativa, difícil de distinguir.
—¿Estás segura? —preguntó Tomás, ajustando la corbata que ya había deshecho una vez.
—Sí —respondió Lucía, con una sonrisa que no era del todo segura, pero sí sincera—. Es solo que… no quiero arruinarlo.
—No lo vas a arruinar. Ya lo probamos antes. Dos veces.
Ella rió, bajando los ojos, y él le acarició la nuca con la palma cálida. No era la primera vez que se besaban. Había sido una noche de verano, en la fiesta de aniversario de sus amigos, cuando el vino y la música los habían acercado sin intención aparente. Pero aquello había quedado guardado, como una semilla que aguardaba su momento.
—¿Y ella? —preguntó él ahora, señalando con la mirada hacia la puerta del fondo.
—Llegará en quince minutos. Dijo que traería vino tinto y galletas de jengibre.
—¿Galletas? —Tomás arqueó una ceja—. ¿Eso suena romántico?
—No. Pero es lo que le gusta.
Lucía se acercó a la mesa de madera, con las patas gruesas y el barniz gastado por los años. Colocó tres copas de vino tinto, alineadas con precisión. No era un juego, no quería que lo fuera. Quería que fuera suave, natural, como una extensión de lo que ya tenían: confianza, complicidad, miradas largas que ya decían demasiado.
Escucharon el auto detenerse a lo lejos.
—Ahí viene.
Se miraron. Tomás le tomó la mano, apretó los dedos. Ella le devolvió la presión, sin soltar la mirada.
—¿Te parece bien si yo empiezo? —preguntó Lucía, bajando la voz—. Sé que a veces te cuesta soltar el control.
—Siempre que se trata de ti —respondió él—. Siempre.
La puerta se abrió.
Marina entró con una caja de galletas envuelta en tela roja, una botella de vino y una sonrisa que parecía saber más de lo que decía. Llevaba un vestido sencillo, de algodón beige, con las mangas largas y un escote bajo que se curvaba en la espalda con una pequeña abertura triangular.
—Holaaa —dijo, dejando las cosas sobre la mesa.
—Hola —respondieron ambos al unísono.
Marina se acercó, sin prisa, y primero le dio un beso en la mejilla a Lucía. Luego, tras una pausa de apenas un segundo, se volvió hacia Tomás y le dio uno también, pero más largo, más húmedo. él no se resistió.
—¿Tienen hambre? —preguntó ella.
—Sí —dijo Lucía—. Pero primero, ¿puedo servirte un vino?
—Claro.
Marina se sentó en el borde de la silla, cruzando una pierna. El tejido del vestido se estiró un poco, dejando al descubierto la curva de su muslo. Lucía notó cómo Tomás tragó saliva.
—¿Te apetece algo más? —preguntó ella, acercándose con la botella.
—Sí.
—¿Sí qué? —Lucía se inclinó un poco, lo suficiente para que Marina sintiera su aliento en la oreja.
—Te quiero besar.
Lucía no esperó más. Se puso frente a ella, con las manos en su cintura, y besó su cuello, luego la boca. No fue un beso apasionado ni desesperado; fue lento, explorador, como si cada segundo fuera una palabra que necesitaba ser pronunciada con cuidado.
Tomás observaba, sentado, con las manos sobre las rodillas, pero sus ojos no se apartaban.
—¿Quieres que me levante? —preguntó Marina, entre besos.
—No —dijo Lucía—. Quédate así.
Lucía soltó su cintura y pasó las manos por la nuca de Marina, desatando lentamente el pequeño lazo que sujetaba el vestido. La tela se deslizó por los hombros, bajando hasta la cintura, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro, sencillo, pero con detalles que hacían temblar a Tomás.
—¿Te gusta? —preguntó Marina, sonriendo, pero sin retirar los brazos.
—Sí —respondió Lucía—. Mucho.
Tomás se levantó entonces, con lentitud, y se acercó. Puso una mano sobre la espalda de Marina, justo donde la tela del vestido aún se aferraba a su piel. Con el pulgar, rozó su columna vertebral, siguiendo el trazo de cada vértebra.
—Déjame ayudarte —dijo él, bajando la voz—. Quiero verte.
Marina asintió, y Lucía retiró el vestido por completo, dejándolo caer suavemente al suelo.
La brisa del exterior acarició su piel desnuda. Ella no se ruborizó. No se puso tensa. Solo respiró hondo y se giró hacia ellos.
—¿Me tocan? —preguntó.
Lucía y Tomás se miraron.
—Sí —respondió él.
Lucía se puso detrás de Marina y le desabrochó el sujetador con dedos seguros. El encaje se soltó con un leve crujido, y ella lo dejó caer al suelo, junto al vestido.
Tomás se acercó desde el frente. Le pasó las manos por las caderas, luego por la cintura, y finalmente, con suavidad, le acarició los pechos. Marina cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, y soltó un suspiro que parecía venir de lo más profundo.
Lucía se arrodilló. Le besó el ombligo, luego subió por su estómago, dejando pequeños mordiscos en su piel. Tomás, meanwhile, le quitó los shorts de algodón con una sola mano, mientras con la otra le acariciaba la cara.
—¿Estás mojada? —preguntó él, sin mirarla directamente, como si la pregunta fuera parte de una confesión íntima.
Ella asintió.
—Sí.
Lucía se puso de pie, tomó su mano y la llevó hacia su propio cuerpo.
—Quiero que lo sientas.
Marina puso la mano sobre ella, entre las piernas, y sintió el calor, la humedad, la urgencia.
—Estás tan caliente —susurró.
—Lo estás tú también —dijo Lucía, y se giró hacia Tomás—. ¿Quieres que lo hagamos juntos?
Él asintió.
—Quiero verte entrar en ella. Quiero sentir sus manos sobre mí. Quiero sentirlo todo.
Lucía se puso de pie.
—Vamos a la cama.
La cama estaba hecha con sábanas blancas, sencillas, pero nuevas. El edredón estaba doblado al pie, como si aún no hubieran usado la habitación.
Marina se tumbó sobre la espalda. Lucía la besó en los labios, luego en el cuello, mientras Tomás se quitaba la camisa y los pantalones con movimientos lentos, conscientes.
Cuando él estuvo desnudo, se acercó a la cama y se colocó entre las piernas de Marina. Le separó los muslos con las manos, y con un dedo, rozó su clítoris. Ella arqueó la espalda.
—Más —dijo.
Lucía se puso a su lado. Le pasó el brazo por la cintura, acercándola. Con la otra mano, rozó el pene de Tomás, que jadeó.
—¿Quieres que lo hagamos a la vez? —preguntó Lucía.
—Sí —respondió Marina—. Quiero sentirlos los dos.
Lucía se inclinó y besó la cabeza de Tomás, luego le pasó la lengua por el glande. Él cerró los ojos.
Marina, meanwhile, se puso de costado y le tomó la mano.
—Ven.
Lo guió hacia su interior.
Lucía se acercó por detrás. Le rozó la cintura con la punta de la lengua, luego le mordisqueó la oreja.
—Estás tan húmeda —dijo Tomás—. Tanto.
—Sí —respondió Marina—. Por ti. Por ella. Por nosotras.
Lucía se incorporó, se colocó entre las piernas de Marina y se inclinó para besar su pecho. Tomás se puso en posición, respiró hondo, y comenzó a entrar. Lento. Cuidadoso.
Marina soltó un gemido largo, agudo, que parecía no tener fin.
Lucía le acarició el rostro.
—Mírame —le dijo.
Ella lo hizo.
Y mientras Tomás comenzaba a moverse, con una cadencia suave pero segura, Lucía se inclin
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