Lo que pasó en la sala de espera
La lluvia golpeaba el vidrio del consultorio como si quisiera entrar. Lucía ajustó la tela del vestido sobre sus piernas, cruzadas con tensión, y miró el reloj de pared. Cinco minutos más de espera. Otra vez. Ya llevaba veinte minutos sentada en esa silla de plástico duro, con el bolso apretado entre las rodillas, el corazón acelerado por la ansiedad y por algo más, algo que no quería nombrar. No era solo el dolor de la hernia discal. Era ella. La fisioterapeuta. Clara.
La puerta se abrió sin aviso. Clara entró con una toalla en la mano, el cabello mojado por la ducha rápida, el uniforme ajustado al cuerpo, los muslos redondos y firmes bajo la tela del pantalón corto. No dijo nada. Solo cerró la puerta con un clic suave, se acercó y se detuvo frente a Lucía, mirándola con esos ojos oscuros que siempre la hicieron tragar seco.
—¿Te duele mucho? —preguntó Clara, la voz baja, casi un susurro, pero con algo caliente debajo.
Lucía asintió, sin mirarla. No podía. Tenía miedo de lo que vería en su propia mirada.
—Entonces no vamos a seguir con la terapia convencional —dijo Clara, y se sentó al lado de ella, tan cerca que el calor de su cuerpo ya tocaba el muslo de Lucía.
—¿Qué… qué vas a hacer?
Clara no respondió. Sus dedos se deslizaron por el brazo de Lucía, lentos, como si estuviera leyendo su piel. Luego, con una suavidad que no dejaba lugar a dudas, bajó la mano hasta el muslo, bajo el vestido. Lucía contuvo la respiración. No se movió. No dijo nada. Solo sintió el roce de los dedos, cálidos, seguros, subiendo por el interior del muslo, rozando la costura del slip.
—Estás tensa —susurró Clara—. Y no por el dolor.
Lucía tragó saliva. Su boca estaba seca. El pulso le latía en la garganta.
—¿Y si no quiero que me toques así?
Clara sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa.
—Pero sí quieres.
La mano de Clara ya estaba en la entrepierna. No se detuvo. No preguntó. Solo presionó, firme, con la palma, sobre el slip mojado ya. Lucía gimió. No pudo evitarlo. Un sonido bajo, ahogado, que salió de su garganta como un lamento.
Clara se inclinó, su aliento caliente en la oreja.
—Dime que sí, Lucía. Dime que quieres que te toque.
—Sí —susurró Lucía, los ojos cerrados, el cuerpo temblando.
La mano de Clara se deslizó bajo el slip. Un dedo, luego dos, hundidos en la humedad, sin pausa, sin piedad. Lucía arqueó la espalda, las uñas se hundieron en el brazo de la silla. Clara la mordió suavemente en el cuello, justo donde el pulso se aceleraba, y siguió moviendo los dedos, entrando y saliendo con un ritmo lento, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Estás tan mojada —murmuró Clara—. Tanto que me moja los dedos.
Lucía gritó, pero no pudo hacer ruido. Solo gemidos, cortos, desesperados. Clara la atrajo hacia sí, besándola en la boca con una ferocidad que la dejó sin aire. La lengua de Clara entró en su boca, húmeda, sabrosa, y la besó como si quisiera devorarla. Lucía respondió, mordiéndole el labio, chupándole la lengua, las manos ya en su cintura, tirando del uniforme.
Clara se levantó, con una sola mano, y se desabrochó el uniforme. Lo dejó caer al suelo. No llevaba sujetador. Los pechos, redondos, con pezones duros como guijarros, se movieron con el aire frío de la sala. Lucía los miró, la boca abierta, el cuerpo temblando de deseo.
—Quiero que me chupes —dijo Clara, y se sentó en el borde de la mesa de examen, abriendo las piernas.
Lucía no dudó. Se levantó, se arrodilló entre sus piernas, y sin más, metió la lengua en su vulva. Clara gimió fuerte, la cabeza hacia atrás, las manos en el cabello de Lucía, empujándola, tirando, exigiendo más. Lucía lamió con voracidad, pasando la lengua por el clítoris, chupando con fuerza, hundiéndose con dos dedos en su interior mientras la otra mano le apretaba un pecho, mordiendo el pezón con los dientes.
—Sí, sí, así —gimió Clara—. No pares. No pares.
Lucía se lo tomó todo. La saliva le resbalaba por el mentón, el olor a sexo, a mujer, a deseo, la embriagaba. Clara se movía contra su boca, empujando, buscando más, más profundidad, más presión. Lucía la chupó hasta que sintió que Clara se tensaba, que sus piernas se cerraban alrededor de su cabeza, que su cuerpo se sacudía en un temblor que no podía contener.
—Voy a venir —gritó Clara—. ¡Voy a venir ahora!
Y lo hizo. El cuerpo de Clara se arqueó, la vagina se contrajo con fuerza, y un chorro caliente de líquido salió, empapando la lengua de Lucía, su barbilla, su cuello. Lucía no se movió. Siguió chupando, succionando, tragando cada gota, hasta que Clara se desplomó, jadeando, los ojos cerrados, el cuerpo flácido.
Lucía se levantó, los labios brillantes, la cara manchada. Clara la miró, con una sonrisa cansada, satisfecha.
—Ahora te toca a ti —dijo, y la tiró sobre la mesa, desabrochando el vestido con un solo movimiento.
Lucía no se resistió. Estaba empapada, el clítoris pulsando, el cuerpo exigiendo. Clara la besó de nuevo, profundamente, y luego bajó, lamiendo su vientre, sus caderas, hasta llegar a su sexo. La abrió con los dedos, la lamió con lentitud, chupando el clítoris como si fuera el último bocado de un banquete. Lucía gritó, las piernas temblando, las manos agarrando el borde de la mesa.
—Clara… por favor… ya… ya no aguanto…
Clara no paró. Metió tres dedos dentro de ella, y la chupó con más fuerza, hasta que Lucía se vino con un grito desgarrado, el cuerpo sacudido por olas que no terminaban, el sexo contrayéndose alrededor de los dedos de Clara, el líquido saliendo en espasmos, mojando la boca de la fisioterapeuta, que lo tragó con avidez.
Cuando todo terminó, Lucía estaba tendida, sin fuerzas, el cuerpo temblando aún. Clara se acostó a su lado, la abrazó, la besó en la frente.
—Mañana, misma hora —dijo, con voz ronca.
Lucía sonrió, cansada, satisfecha.
—No me hagas esperar tanto.
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