Lo que pasó en la lavandería
7 minLo que pasó en la lavandería
La lavandería de la esquina, “La Limpia y Listo”, olía a jabón en polvo, vinagre y sudor de camisetas usadas. Las máquinas giraban como cápsulas de un sueño mecánico, y el calor del secador número tres, el único que funcionaba bien, se filtraba por los techos polvorientos como un suspiro constante. Eran las ocho y media de una noche de sábado, humedad pegajosa y luces fluorescentes que zumbaban como abejas cansadas. Valeria había entrado con dos bolsas de ropa sucia, una camiseta negra ajustada que marcaba el contorno de sus pechos, y el pelo recogido en un moño deshecho que dejaba al descubierto la curva de su nuca. A los 32 años, Valeria había aprendido que el desorden no era caos: era preparación para el encuentro.
Él estaba en la máquina de al lado, lavando unos jeans oscuros y una sudadera gris. Se llamaba Mateo, tenía 35, era del barrio, trabajaba en una imprenta de La Candelaria, y siempre usaba anillos pequeños en los dedos del mano izquierdo. No era guapo a primera vista, pero sí *rico* de una manera que se notaba cuando lo veías bien: mandíbula firme, brazos marcados por el esfuerzo diario, y una sonrisa que no salía con frecuencia, pero cuando lo hacía, parecía que se le abría una puerta en el pecho.
Valeria lo había visto antes, varias veces: cuando llegaba a las once de la mañana con una mochila negra y una botella de agua de plástico; cuando salía con una bolsa de ropa limpia y una expresión de cansancio dulce. Hoy no lo había reconocido de inmediato, porque la luz de la lavandería no era propicia para nada: ni para ver bien ni para sentir mal. Pero cuando él levantó la cabeza y sus ojos se encontraron —no con sorpresa, sino con una especie de reconocimiento lento, como si ya lo hubieran soñado—, Valeria sintió un cosquilleo en la base de la columna.
—¿Necesita ayuda con eso? —preguntó Mateo, señalando la lavadora de Valeria, que daba vueltas con un ruido irregular.
Ella asintió, sin apartar la mirada. —Sí, pero no es de esas cosas. Es que ya se le acabó el agua y empieza a hacer ruido como si estuviera llorando.
—A veces pasa —dijo él, acercándose—. Esta máquina es vieja, pero le tiene cariño. Solo hay que darle un poco de paciencia… y un toque de aceite en la tina.
Valeria rió, bajito, con la boca cerrada. Mateo metió la mano por la ranura y giró la tina con cuidado, como si estuviera tocando algo frágil. Ella se acercó también, y el olor a jabón y a su piel se mezcló: un aroma cálido, con toques de tabaco suave y café recién hecho. Ella notó que tenía una marca en la muñeca, un lunar grande y oscuro, como una letra mal escrita.
—¿Vive por acá? —preguntó él, sin dejar de girar la tina.
—Sí, tres cuadras más arriba. En el edificio nuevo, el que tiene el balcón de hierro forjado.
—Ah. El de las flores secas.
—¿Las vio?
—Las vi. Y me llamaron la atención. No por las flores, sino por cómo las dejó allí. Como si se hubieran olvidado de morir.
Valeria sintió que su pecho se le hinchaba. No era miedo, ni nervios: era otra cosa. Algo que llevaba tiempo esperando, como el agua que sube por una grieta en el concreto hasta que, de pronto, se filtra.
—¿Le gusto las flores secas? —preguntó ella, con la voz más baja.
—No. Me gusta cómo las dejó allí. Como si estuvieran esperando algo.
Mateo dejó la tina. No se separó. Quedaron frente a frente, a escasos treinta centímetros, con la luz del techo cayendo en ángulo sobre ellos, como si el mismo lugar los estuviera iluminando para que se vieran bien.
—¿Y si le digo que hoy no vine a lavar ropa? —dijo Valeria.
—Entonces le diría que vine por otra cosa.
—¿Por qué?
—Porque la he estado viendo desde hace semanas. Y cada vez que entra aquí, me acuerdo de una frase que leí en un libro viejo: “El silencio entre dos personas puede ser tan denso como un abrazo”.
Ella no respondió de inmediato. Miró sus manos: grandes, con venas levemente marcadas, uñas cortas, sin esmalte. Manos que escribían, que sostenían lápices, que arreglaban cosas.
—¿Y si le digo que yo también he pensado en eso? —preguntó, bajando los ojos hasta su boca.
—Entonces estaríamos empezando.
—¿Empezando qué?
—Lo que ya sabemos que vamos a hacer.
Valeria no respondió con palabras. Se acercó más. Y cuando sus labios se tocaron, fue como si el aire de la lavandería se hubiera vuelto más denso, más cálido. Él la tomó de la cintura con suavidad, sin apuro, como si ya la conociera desde siempre. Ella apoyó una mano en su pecho, sintió el latido fuerte, constante. Como una máquina que funciona bien, sin fallas.
—¿Te importa si te toco? —le preguntó él, rozándole la mejilla con el pulgar.
—Me importa que no te detengas.
Él besó su cuello, con la boca húmeda, con el tiempo que se merecía. Le desató el moño del pelo, dejó que se le cayera sobre los hombros, y entonces le pasó las manos por la espalda, bajando hasta la curva de su culo. Ella gimió, bajito, con la boca entreabierta, y él la apretó contra sí, sintiendo el calor que ya brotaba entre ambos.
—¿Quieres subir? —susurró él, con la voz ronca.
—Sí. Pero no por la escalera. Por la de atrás.
—¿La de atrás?
—La de los vecinos. Tiene una puerta pequeña, que da a un pasillo vacío. Nadie la usa.
—¿Estás segura?
—Estoy segura de que quiero esto.
Subieron en silencio, con la respiración entrecortada, las manos entrelazadas. La puerta de atrás era de madera vieja, con una manija de latón que crujía al girar. El pasillo estaba oscuro, con una luz tenue que entraba por una rendija en el techo, como una grieta por donde se colaba la luna.
Valeria abrió la puerta de su apartamento, lo invitó a entrar con una mirada que no necesitaba palabras.
La habitación era sencilla: una cama pequeña, una mesa con un par de libros, una ventana con cortinas color miel. Mateo se quedó en la puerta, viéndola, mientras ella se quitaba la camiseta. La tela cayó al suelo como una hoja seca. Llevaba un sostén negro, de encaje fino, que dejaba ver la curva de sus pechos, hinchados por la excitación. Él se acercó despacio, le quitó el sostén con la punta de los dedos, y cuando los pechos quedaron libres, los tomó con las dos manos, los rozó con la palma, sintió la dureza de los pezones.
—Estás hermosa —murmuró.
—Y tú tienes las manos más cálidas que he sentido.
Él la llevó hacia la cama. Ella se sentó, lo miró mientras se quitaba la camisa y los jeans. Se quedó en calzoncillos negros, y ella se acercó, le pasó la mano por el abdomen, sintió el vello ralo, la dureza del músculo. Luego bajó, desabrochó el cierre, y sacó su pito, ya medio duro, grueso, con la punta húmeda. Valeria lo tomó con ambas manos, lo acarició con lentitud, sintiendo el peso, la temperatura, el latido que se sentía hasta en la punta.
—¿Te gusta? —preguntó él, con la respiración cortada.
—Sí. Me gusta que esté aquí. Que esté conmigo.
Ella se acostó, abrió las piernas con un gesto sencillo, y Mateo se colocó entre ellas. Le separó los labios de la vagina con la punta de los dedos: estaba húmeda, con un brillo natural, con un calor que se sentía a centímetros. Él rozó su pito contra su entrada, y ella exhaló un gemido largo, como si hubiera estado esperando ese momento desde que nació.
—¿Estás lista? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Sí. Mete ese pito rico.
Él empujó con suavidad. Ella sintió la presión, el estiramiento, la plenitud. Y cuando él se metió hasta el fondo, Valeria arqueó la espalda, con los pechos hacia adelante, los pezones duros, los ojos cerrados.
—Ay Dios… —susurró.
—No digas eso —dijo él, empezando a moverse con lentitud—. Di lo que sientes.
—Siento que me llenas… siento que no quiero que te detengas… siento que esto es lo que quería desde que entraste a la lavandería.
Mateo aceleró el ritmo.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.