Lo que pasó en la fiesta del vecino

Lo que pasó en la fiesta del vecino

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (38) · 10 lecturas · 7 min de lectura

La música latía como un corazón acelerado tras la pared del patio trasero. Las luces de neón del vecino, los Ríos, parpadeaban sobre las copas de los árboles, proyectando sombras que bailaban como si tuvieran vida propia. Natalia, con su vestido ceñido de color vino y los cabellos sueltos hasta la cintura, apoyaba el codo en el borde de la baranda de madera del deck, la piel brillante bajo las luces tenues, el sudor en las sienes mezclándose con el aroma del tequila y el limón que aún le quedaba en los labios.

Había ido sola. O casi. Su novio, Daniel, la había dejado media hora antes con una excusa de “urgencia laboral”, y ella había aceptado con una sonrisa seca, como quien acepta un regalo roto y no quiere hacer escenas. Pero esa noche no era sobre Daniel. Era sobre ella. Sobre el calor que se le subía por las piernas cada vez que alguien la miraba con intención, y sobre cómo, desde que llegó, había sentido su mirada: constante, pesada, cómplice.

Lucas. El vecino nuevo. El que había comprado la casa de al lado hacía dos meses, un tipo alto, de hombros anchos y mirada de gato, que trabajaba en diseño gráfico y decía que le gustaba “lo que se siente antes de que pase”. No era guapo a la manera convencional, pero tenía algo que hacía que sus músculos se tensaran sin avisar. Y esa noche, con la camisa desabotonada hasta el ombligo y una cerveza en la mano, se acercó como si ya lo hubieran ensayado.

—¿Te aburres de los del trabajo o solo estás esperando que alguien te invite a bailar? —preguntó, con esa voz grave que le hacía temblar los hombros aunque estuviera sentada.

Natalia le dedicó una sonrisa lenta, con la lengua pasándole por el labio inferior antes de responder.

—Depende de quién me invite.

Lucas se rió, bajo, con esa risa que no salía de la boca sino del pecho, como si le costara un esfuerzo contenerla. Se acercó más, hasta que su aliento rozó su cuello. Ella sintió el calor de su cuerpo antes de sentir el de la música.

—Entonces, ¿por qué no me lo dices con claridad? Que yo prefiero las claridades. Aunque… —hizo una pausa, sus ojos bajaron hasta sus labios—… también me vuelven loco las cosas que no se dicen.

No hubo un beso ese primer momento. Solo un roce. Un pulso acelerado. Una mano que le acarició la cadera y se quedó ahí, como si ya supiera que era suya. Ella no lo detuvo. Y cuando él la tomó de la muñeca, sin fuerza bruta, sino con esa seguridad que solo da el deseo bien calculado, ella siguió.

Subieron al cuarto de huéspedes, un espacio pequeño, limpio, con una cama deshecha y una lámpara de pie que proyectaba sombras largas en la pared. Lucas cerró la puerta con un clic suave, como si el mundo entero se hubiera quedado afuera. Entonces se volvió hacia ella y, por primera vez, la miró con calma.

—¿Estás segura? —preguntó, y en su voz no había duda, sino respeto.

Ella asintió, sin despegar los ojos de los suyos, y se desató el nudo del vestido con un movimiento lento. El tejido se deslizó por sus hombros, bajó por sus brazos, y cayó a sus pies como una hoja seca. Quedó en tacones, bragas de encaje negro y un sujetador que apenas contenía su pecho, redondo y firme, con pezones endurecidos por el aire frío y el calor de su mirada.

Lucas se quitó la camisa y ella la vio por primera vez: una piel bronceada, vello oscuro en el pecho, músculos definidos pero no exagerados, como si estuviera hecha para sostener, para empujar, para agarrar con fuerza. Él se acercó, sin prisa, y le pasó los dedos por la espalda, hasta encontrar el cierre del sujetador. Lo desabrochó con un clic seco, y ella exhaló como si le hubieran arrancado un peso invisible.

Él se inclinó, y con la boca cerrada, le mordió suavemente el pezón derecho. No fue un mordisco fuerte, pero sí una advertencia: *esto es mío ahora*. Ella gimió, bajó la cabeza, y le metió los dedos en el pelo, sin empujar, solo dejándose llevar.

—¿Te gusta que te trate así? —le preguntó entre dientes, mientras pasaba la lengua por el otro pezón, haciendo círculos pequeños.

—Sí —respondió ella, con la voz rota—. Sí me gusta.

Él sonrió, pero no la miró. Se puso de pie, se desabrochó el pantalón, y lo bajó con calma, mostrando su verga tiesa, gruesa, la punta húmeda y brillante. Ella la vio, la sintió con la mirada, y le dio la espalda, agachándose un poco, como ofreciéndose. Él entendió. Se acercó, le puso las manos en las caderas, le apartó las nalgas con los pulgares, y con la punta de su verga rozó su ano, lento, casi tierno.

—¿Estás lista? —preguntó, esta vez con un hilo de voz.

Ella asintió, sin girarse, y le pasó la mano atrás, agarrando su verga, guiándola un poco más.

—Sí. Chingarla.

Lucas respiró hondo, se humedeció los dedos con la loción que había traído en el bolsillo del pantalón (una muestra de su obsesión por el detalle), y le abrió su entrada con tres dedos, uno por uno, con una paciencia infinita. Natalia se mordió el labio, los ojos cerrados, los muslos tensos, sintiendo cómo su cuerpo se abría, cómo su cuerpo la traicionaba y la aceptaba a la vez. Él le acarició el clítoris con el pulgar, en círculos suaves, y ella se deshizo en un suspiro, como si él ya conociera su mapa interior.

Cuando se sintió lista, cuando su cuerpo la pidió, cuando el calor se le subió a la cara y el sudor le empapó la espalda, ella le dijo, sin voltear:

—Métele.

Lucas no esperó más. Empujó, con una sola estocada profunda, hasta la raíz. Natalia gritó, pero no de dolor, sino de sorpresa, de placer, de una satisfacción tan intensa que le temblaron las piernas. Él se detuvo un momento, la cabeza apoyada en su hombro, respirando fuerte, sintiendo cómo su cuerpo se acostumbraba al suyo.

—Tú mientes —susurró él—. Me dijiste que no te gustaba.

—Mentí —respondió ella, girándose un poco, para verlo en los ojos—. Me encanta.

Él empezó a moverse, lento, profundo, con una cadencia que le hacía temblar las rodillas. Cada embestida lo sacaba un poco para volver a meterse con más fuerza, como si quiera quedarse dentro para siempre. Natalia se apoyó en la pared, con las uñas clavadas en la madera, y dejó que él la cogiera como quería, como si no hubiera mañana, como si el mundo se hubiera quemado y ellos fueran los únicos que quedaban.

Él le tomó la cabeza, la apartó hacia atrás, y le mordió el cuello, no lo suficiente como para hacer daño, pero sí lo suficiente como para que sintiera el sabor de su propia sangre en la lengua. Ella gimió, arqueó la espalda, y se corrió sin previo aviso, con un grito que le salió entero, como si le hubieran arrancado el alma por la garganta.

Lucas la sostuvo mientras ella se deshacía, y cuando ella ya no pudo más, él se corrió dentro de su culo, con un gemido grave, sus manos apretando sus caderas como si temiera que se le escapara.

Se quedaron ahí, pegados, sudorosos, con el corazón latiendo al unísono. Él le besó la nuca, con suavidad, y ella se volvió, lo miró a los ojos, y le sonrió.

—Hasta cuando quieras —dijo ella.

Él le acarició la cara, con el pulgar pasando por su mejilla húmeda.

—¿Hablas en serio o me estás chingando?

—Chingándote —respondió ella, y se levantó, sin soltarlo, y lo besó, esta vez con sus labios, con su lengua, con todo lo que le quedaba.

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