Lo que pasó en la fiesta del penthouse
La música bajaba por las escaleras de caracol del penthouse como un ronroneo de jaguar, grave y seductor. Afuera, la ciudad brillaba bajo un cielo sin estrellas, con sus rascacielos encendidos como velas de cumpleaños. Adentro, el aire olía a whisky caro, perfume de mujer y sudor ligero de cuerpos que se rozaban sin prisa. Había risas, copas chocando, murmullos de conversaciones que empezaban a perder formalidad. Era una de esas fiestas de clase alta donde todo se permite, siempre y cuando se haga con elegancia.
Sandra, con su vestido rojo ceñido que le marcaba las nalgas como una segunda piel, reía junto a la barra improvisada. Tenía los labios pintados de carmín oscuro y los ojos delineados hasta el infinito. Su mirada, pícara y segura, iba de uno a otro invitado, pero siempre regresaba al hombre de camisa negra que no dejaba de observarla: Raúl. Él no se movía mucho, prefería mirar, analizar, saborear con los ojos antes que con la boca. Llevaba el cabello corto, barba de tres días y unos hombros anchos que el traje no lograba esconder.
A un lado de la terraza, sentado en una silla de mimbre, estaba Julián. El más callado de la noche, el que nadie notaba del todo. Veintisiete años, delgado, ojos verdes que brillaban con la luz de las velas. Usaba lentes redondos y una camisa desabrochada que dejaba ver un poco del pecho. No era el más guapo, pero tenía algo que atraía: una calma, una mirada que parecía decir "yo sé algo que tú no sabes".
Sandra se acercó a Raúl con una copa en la mano.
—¿Te estoy gustando o solo finges que no me miras? —le dijo, con voz de seda.
Él sonrió, lento, sin prisa.
—Te miro porque no puedo evitarlo. Pero no sé si me gustas… todavía.
—Pues deberías darte una oportunidad —dijo ella, acercándose más—. A veces las mejores cosas pasan cuando uno se deja llevar.
Raúl bajó la copa y le tomó una mano. La llevó a sus labios, besó el dorso con lentitud.
—Tal vez me deje llevar… pero no prometo ser suave.
Ella rio, bajito, y se mordió el labio.
—Nadie te pidió que lo fueras.
Mientras tanto, Julián observaba desde su rincón. No sentía celos, ni envidia. Solo una especie de tensión, como si supiera que algo iba a pasar y él estaba destinado a formar parte. Sandra lo notó y, con una sonrisa traviesa, se acercó.
—¿Y tú? ¿Sigues viendo o vas a empezar a vivir?
Julián se quitó los lentes y los limpió con la camisa.
—A veces ver es lo más intenso que se puede hacer.
—Pero no es lo mismo que sentir —dijo ella, sentándose en la silla frente a él—. Dime, Julián… ¿te gustan las mujeres?
—Sí —respondió, sin titubear—. Pero también me gustan los hombres.
Sandra sonrió, como si hubiera ganado un premio.
—Qué bien. Porque esta noche va a pasar algo… y quiero que estés en medio.
Raúl se acercó, con las manos en los bolsillos.
—¿De qué hablan?
—De que esta noche —dijo Sandra, poniéndose de pie— vamos a hacer algo que nadie se atreve a decir en voz alta.
Se quitó los tacones y caminó descalza hacia el interior del penthouse. Los dos hombres intercambiaron una mirada. No había competencia, solo curiosidad. Y deseo.
Dentro, la habitación principal era un santuario de lujo: cama king size, cortinas oscuras, espejo en el techo. Sandra se recostó sobre la cama, con las piernas abiertas, sin vergüenza. Llevaba una tanga negra que apenas cubría sus nalgas redondas.
—¿Quién va primero? —preguntó, con voz ronca.
Raúl se acercó, se arrodilló frente a ella y le separó más las piernas. Le besó el muslo, luego el otro, subiendo lentamente. Julián se sentó en la cama, a un lado, sin dejar de mirar. Su respiración se aceleraba. Sandra lo tomó de la mano.
—No mires como espectador —le dijo—. Tócame.
Él obedeció. Le acarició el brazo, el hombro, el cuello. Luego, con timidez al principio, le desabrochó el vestido por la espalda. La tela cayó al piso como una hoja seca.
Raúl ya tenía la nariz entre sus piernas, oliendo su sexo, besando su ropa interior con devoción. Sandra gemía bajito, con los ojos cerrados, mientras Julián le masajeaba los pechos, ahora libres, con sus dedos temblorosos.
—No tengas miedo —susurró ella—. Hazlo como si fuera tu primera vez… y como si fuera la última.
Julián se quitó la camisa. Luego los pantalones. Quedó en ropa interior, delgado pero bien formado. Raúl se detuvo un momento, lo miró. No hubo palabras, solo un asentimiento. Luego, se levantó y se desvistió también. Su cuerpo era fuerte, marcado, con una verga dura que se adivinaba bajo el bóxer.
Sandra se puso de rodillas sobre la cama, con el culo al aire. Miró a Julián.
—Ven… cógeme.
Él se acercó, nervioso, excitado. Se colocó detrás, le separó las nalgas y acercó su verga al agujero. Pero Sandra lo detuvo.
—No ahí… por ahora no. Por aquí.
Señaló su sexo, ya mojado, hinchado. Julián asintió. Empujó despacio. Entró con dificultad al principio, pero luego se deslizó como si su cuerpo lo hubiera estado esperando. Sandra gritó, bajo, profundo. Raúl, detrás de Julián, le acarició los hombros, luego la espalda. De pronto, sin aviso, le bajó el calzoncillo y le besó las nalgas.
Julián se estremeció.
—¿Te gusta? —preguntó Raúl, con voz grave.
—Sí… —respondió Julián, sin aliento.
Raúl escupió sobre su verga y la acercó al agujero de Julián. Lo penetró con lentitud, sin prisa, mientras Julián seguía moviéndose dentro de Sandra.
Tres cuerpos, un solo ritmo.
Sandra sentía el doble empuje: uno dentro de ella, otro más allá, conectado a través del hombre que la cogía. El placer era intenso, eléctrico. Sentía cada gemido, cada jadeo, como si fuera suyo. Y cuando Raúl aumentó el ritmo, cuando Julián gritó su nombre, cuando ella misma sintió que el orgasmo la partía en dos, todo estalló.
Cayeron juntos sobre la cama, sudorosos, respirando con fuerza. Nadie habló. No hacía falta. Sandra se acurrucó entre los dos, con una mano en el pecho de cada uno.
—¿Y ahora? —preguntó Julián.
—Ahora —dijo Raúl—, descansamos… y luego vemos qué más nos da la noche.
Afuera, la ciudad seguía encendida. Pero en esa habitación, el mundo se había reducido a tres cuerpos, un solo latido, y el eco de un placer compartido sin vergüenza, sin fronteras.
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