Lo que pasó en la fiesta de mi prima
La primera vez que toqué una concha así, con la intención clara y el corazón disparado, fue en la fiesta de mi prima Lucía. Veinte y tantos, yo con esa mezcla de inocencia y ansiedad que solo tiene quien nunca se dio el lujo de perder el control. Ella, en cambio, tenía ese je ne sais quois de quien ya sabe qué le gusta y no tiene miedo de pedirlo: pelo negro como el ala de cuervo, ojos verdes que parecían mirar adentro, y una risa que me hacía sentir chiquito y grande al mismo tiempo.
Estábamos en el living, después de las dos cervezas que me atreví a tomarme en una hora, y ella se acercó con una copa de vino que me ofreció con una sonrisa de lado. —¿Te cansaste de los de siempre? —me dijo, y su voz me entró por los oídos como una mano caliente por la espalda. Yo, con la lengua un poco tiesa, solo asentí. Ella me tomó de la muñeca, sin pedir permiso, y me llevó al baño.
La puerta se cerró con un clic suave. El baño olía a lavanda y sudor, y la luz del espejo iluminaba su cara como una escena de película. Me miró, me dejó ver cómo se mordía el labio inferior, y luego me dijo: —Andá, sentate en la tina. Quiero verte.
Me senté. Me quedé quieto, con las manos apretadas en las rodillas, sintiendo cómo me corría la sangre hacia la entrepierna. Ella se puso entre mis piernas, me separó las rodillas con las suyas, y se agachó a desabrocharme el pantalón. Con lento, con intención, bajó la cremallera, me sacó la polla ya medio dura, y me miró fijo mientras me la acariciaba con la palma, como si me estuviera aprendiendo.
—Estás bien grande para ser tan nervioso —dijo, y me dio un beso en la punta, sin abrir los labios, solo con la lengua, rozando el glande. Yo solté un gemido que no reconocí como mío. Ella sonrió, y me tomó la polla con las dos manos, bajó un poco más el pantalón y se sentó sobre mí, con la entrepierna pegada a mi vientre.
Me pasó la mano por el pecho, por el cuello, y me dijo: —Mirá, querés garchar, ¿no? —yo asentí otra vez, con la boca seca—. Bien. Agarrá mi cadera, que no me caiga. Vos me controlás.
La agarré. Ella se levantó un poco, se posicionó, y bajó despacio sobre mi polla, como si temiera romper algo. Pero cuando el glande rozó su entrada, ella se hundió de golpe, y yo sentí su concha cerrarse sobre mí, apretada, húmeda, viva. Me puso las manos en los hombros, me miró a los ojos, y empezó a subir y bajar, lento, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Sí, así —me dijo cuando le toqué el culo, cuando le apreté las nalgas y sentí la carne cediendo bajo mis dedos—. Más fuerte, si querés. Acá no hay nadie. Solo vos y yo.
Yo le puse las manos en las caderas y la cogí con fuerza, con la polla que ya no era mía sino de ella, que solo quería entrar y salir, reventarla suavemente, sentir cómo su cuerpo se abría y se cerraba alrededor mío. Ella gemía en voz baja, con la cabeza hacia atrás, el pelo cayéndole sobre la cara, los ojos cerrados, y cuando yo le apreté un pecho, ella se estremeció y me dijo: —Apretá más, pija, que te la voy a dar toda.
Y cuando yo le dije: —Quiero entrar hasta el fondo, culera —ella se inclinó hacia adelante, me atrajo el rostro, me besó en la boca, y se bajó todo el camino hasta que sus nalgas tocaron mis testículos, y yo sentí su entrada más hondo que nunca, su cuerpo estirándose para albergarme entero.
Me quedé quieto un segundo, con la polla enterrada, sudando, jadeando, sintiendo cómo palpitaba dentro de ella. Ella me miró, me sonrió con los ojos mojados, y me dijo: —Agora sí, cagáme. Que me la sentí toda.
Y yo le dije: —Sí, culera. Te la voy a dar.
Empecé a garcharla de verdad: fuerte, rápido, con la polla que ya no sentía dolor sino pura necesidad. Ella se aferraba a mis brazos, se dejaba llevar, y cuando yo le dije: —Me voy, culera —ella me dijo: —Sí, andá, que ya me la venía buscando.
Y me corrí dentro de ella, con la polla que se hinchó, que latió una y otra vez, vaciándome entero dentro de su cuerpo. Ella se contrajo alrededor mío, gemía, me besaba el cuello, me decía: —Sí, sí, sí, así, que se me vaya todo.
Me quedamos así un rato, quietos, pegados, con el corazón a mil, con el aire frío entrando por la ventana y ella respirándome en el cuello, todavía sentada sobre mí, con mi polla flácida ya dentro de su concha, pero no la movimos. Solo nos miramos, y ella me dijo: —Bueno, primera vez. No está mal para un novato.
Y yo, con la voz quebrada, le respondí: —No fue tan mala, culera. La próxima, te la voy a dar dos veces.
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