Lo que pasó en la fiesta de mi jefe

Lo que pasó en la fiesta de mi jefe

@isabella_mar ·7 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Yo siempre he sido clara: los hombres jóvenes me vuelan la cabeza. No por inocencia ni torpeza, sino por ese fuego que les arde en los ojos cuando aún no han aprendido a disimular el deseo. Cuando mi jefe me dijo que la fiesta de fin de año sería en su casa —una casona en El Poblado con piscina iluminada y mariachi que tocaba cumbia hasta las tantas—, yo ya sabía que algo iba a pasar. Yo tengo 49, sí, ya cumplidos, y sigo viva, con el culo firme, el pecho generoso y un par de arrugas que me dan más autoridad que cualquier diploma. Él, en cambio, tenía 24, puro calentura, llamado Mateo, el nuevo asistente de producción que llegó hace tres meses con ese pelo despeinado, esos muslos largos y una sonrisa que parecía hecha a mano.

La fiesta iba bien: vino tinto, ron con coco, risas, y yo, con mi vestido negro ajustado que subía hasta la mitad del muslo, me movía como quien respira. Mateo estaba en la barra, tomando algo, con los ojos fijos en mí. No disimulaba. Y yo, que ya había bebido dos copas de más, me acerqué con la mirada lenta, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso.

—¿Te gusta la cumbia, Mateo? —le pregunté, acercando mi cuerpo hasta que el aroma de mi perfume —J’adore, de Dior— le rozó la nariz.

Él trago seco, y su mano, un poco temblorosa, se apoyó en la barra como si necesitara sostenerse.

—Sí, señora… —dijo, y me dio un trago más al vaso.

—¿Señora? —reí, poniendo una mano en su hombro—. En esta casa, soy Isabella. Y aquí, dentro de poco, no habrá señoras ni señores… solo cuerpo, calor y ganas.

Me miró como si lo estuviera viendo por primera vez. Sus ojos, claros, casi verdes, se oscurecieron. Bajó la cabeza, y cuando volvió a alzarla, sus labios estaban ligeramente entreabiertos.

—Usted… es muy guapa.

—Sí —asentí, sin vanidad, con la certeza de quien sabe que tiene algo que dar—. Y también soy buena en la cama. Pero no te preocupes: no te voy a comer sin que me lo pidas.

Él soltó una risita nerviosa, y esa risa me hizo recordar lo que me hacía falta: un hombre que aún no sabe lo que puede hacer conmigo, pero que quiere descubrirlo.

Subimos al segundo piso, en silencio, pero con el cuerpo hablando más que las palabras. La escalera era estrecha, y cada vez que su mano rozaba mi cintura, yo sentía un cosquilleo en la entrepierna. Cuando llegamos a su habitación —sencilla, limpia, con una cama ancha y luces tenues—, me giré frente a él. Me quitó la pulsera de oro que llevaba en la muñeca, como si fuera un rito.

—¿Tú sabes lo que quieres? —le pregunté, poniendo mis dos manos en sus hombros.

—Sí —dijo, y susurró—: quiero que me mames. Quiero que me tomes por detrás. Quiero que me digas que soy el mejor que has tenido.

Me reí, pero no con burla, sino con gozo. Me acerqué, y con los dedos le tracé el contorno de la mandíbula.

—¿El mejor? —susurré—. ¿Y si te digo que aún no has visto nada?

Lo empujé suavemente hacia la cama, y él se sentó, sin perderme de vista. Me arrodillé entre sus piernas, le desabroché la camisa con lentitud, dejando al descubierto ese pecho plano, peludo, con pezones rosados que se erizaron cuando pasé la punta de la lengua por uno. Él jadeó, y sus manos se agarraron a los bordes de la cama como si temiera caer.

—No te muevas —le dije—. Hoy no te toca controlar nada.

Le bajé el pantalón con calma, y cuando su pito saltó libre —moreno, grueso, con la punta brillante—, me lamí los labios. Era bonito, ese pito, como una promesa que aún no se cumple. Lo agarré suavemente, lo froté con la palma, sentí cómo palpitaba en mi mano. Luego, con la punta de la lengua, le hice un círculo al orificio, saboreando el sabor salado que ya tenía. Él se estremeció.

—Isa… —murmuró, y esa forma en que me decía mi nombre me hizo sentir vieja y poderosa al mismo tiempo.

Le abrí la boca, y lo metí hasta la mitad. No rápido, no agresivo. Con ritmo. Con paciencia. Lo chupé como si fuera lo único que existía en el mundo. Y cuando sentí que se iba a correr, lo saqué, le di la vuelta, y le puse la mano sobre la cabeza para que me mirara.

—No te vayas a correr sin que yo te lo diga.

Me puse de pie, me quitó el vestido por encima de la cabeza, y quedé en bragas negras y topless. Me arrodillé de nuevo, pero esta vez detrás de él. Lo besé en la nuca, le mordí suavemente, y cuando se volvió a temblar, le aparté las bragas con los dedos y le metí dos dedos mojados en la boca.

—Abre —le ordené—. Quiero que me mires mientras le mamas.

Él lo hizo. Y mientras le chupaba el culo, con la lengua extendida, rozando ese anillo apretado, él me mamiaba el pito como si le fuera la vida en eso. Yo me dejé llevar: mis dedos se metieron más hondo en su culo, lo estiré con cuidado, y cuando sentí que estaba listo, lo alineé con mi entrada, ya mojada, ya gritando su nombre dentro de mi cabeza.

—Ahora —le dije—. Empuja.

Él se lanzó. Y yo sentí su pito entrar, lento, firme, hasta la raíz. Me agarré de las sábanas, cerré los ojos, y dejé que el dolor suave se volviera placer. Cada embestida era una promesa: él no sabía nada, pero yo sí. Yo sabía que ese cuerpo joven, esa piel tersa, ese sudor en la frente, eran míos. Y cuando me volví hacia él, le dije al oído, en voz baja, con ese acento paisa que me sale cuando estoy emocionada:

—Mira cómo me mameo, mi vida… mira cómo te agarro con fuerza, cómo te pido más.

Le mordí el hombro, le lamí el cuello, y cuando se corrió dentro de mí, yo lo seguí, con un gemido que salió del fondo del pecho, como un lamento de quien ha encontrado el lugar donde siempre quiso estar.

Después, nos quedamos abrazados, sudados, con el corazón latiendo desbocado. Él me acarició el pelo, y yo le besé la frente.

—¿Volveremos a hacerlo? —preguntó, con esa voz de niño que aún no sabe que ya no lo es.

—Depende —le dije, sonriendo—. ¿Tú crees que puedas mantenerme despierta hasta el amanecer?

Él me miró, y por primera vez, no hubo duda en sus ojos. Solo fuego.

—Sí, señora… Isabella. Con gusto.

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@isabella_mar

Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.

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