Lo que pasó en la fiesta de mi jefe

Lo que pasó en la fiesta de mi jefe

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Recuerdo cada detalle como si aún estuviera allí, con el viento cálido de junio entrando por la ventana entreabierta del sótano, y ese olor a sudor, perfume barato y tabaco que se queda pegado a la ropa. Yo estaba apoyado contra el refrigerador industrial, medio oculto tras las puertas frías, observando cómo el movimiento de la gente formaba corrientes impredecibles en la sala iluminada por luces bajas y luces de neón que bailaban sobre los cuerpos. Yo no era de esos que se lanzan a las fiestas de empresa —yo soy más de los detalles, de lo que se oculta entre miradas, de lo que se susurra entre tragos—, pero aquella noche, por alguna razón, me sentí invisible y visible al mismo tiempo.

Y luego apareció ella.

Me llamó la atención antes de que yo supiera que la estaba buscando. No por su risa, ni por su forma de caminar —que era elegante, segura—, sino por cómo se detenía en el umbral, como si estuviera midiendo el espacio, evaluando el terreno. Llevaba un vestido de seda color vino, ajustado en la cintura, abierto hasta la mitad del muslo, y el brillo del neón rojo le marcaba la curva de la espalda baja. Su piel era café oscuro, tersa, con un brillo natural que no necesitaba maquillaje excesivo, solo una línea fina de delineador que resaltaba sus ojos almendrados. Se llamaba Valeria. La conocía de oídas: era la nueva gerente de proyectos, recién llegada de Medellín, con un historial que ni el CEO alcanzaba a igualar. Pero en esa fiesta no era la gerente, era solo una mujer entre muchas, con una copa en la mano y una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos.

Me acerqué con la excusa de ofrecerle un vaso de agua. El hielo tintineó contra el cristal.

—¿Tienes sed? —pregunté, como si fuera lo más natural del mundo.

Ella me miró, y en ese instante su sonrisa sí llegó a sus ojos. Pequeños pliegues a los lados, una leve curvatura en la boca, y una chispa de curiosidad que me hizo sentir que yo también estaba siendo observada.

—Sí —dijo, tomando el vaso con los dedos largos, las uñas pintadas de un rojo oscuro—. Gracias.

Nada más. Solo eso. Pero su voz tenía un tono bajo, casi gutural, como si cada palabra la escogiera con cuidado, como si hablara con la boca cerrada en lugar de abierta.

Me quedé allí, cerca, sin alejarme. El aire entre nosotros se volvía más denso a cada segundo. Ella no me miraba directamente, pero sentía su mirada en la nuca, en la muñeca, en la curva de la rodilla que asomaba cuando cruzaba las piernas. Hablamos de cosas banales: el calor, el ruido, el vino barato que servían. Pero cada frase tenía un doble sentido, una pausa entre sílaba y sílaba que hacía temblar el aire.

—¿Por qué no te unes a la pista? —le pregunté cuando una canción lenta empezó a sonar: un tema de jazz moderno, con bajo profundo y piano susurrante.

Ella se encogió de hombros, dejando que la seda se deslizara sobre sus brazos al levantarlos.

—Porque no conozco el ritmo.

—Yo tampoco —mentí—. Pero es como aprender a caminar: al principio, solo se trata de no chocar.

Me miró de nuevo, esta vez con una sonrisa más amplia, más verdadera.

—Entonces, ¿me guías?

Le tomé la mano. No con fuerza, pero con firmeza. Su piel era tibia, suave, y sentí cómo sus dedos se cerraron automáticamente sobre los míos, como si ya conociera esa textura. Caminamos hacia la pista, donde el calor era más intenso, y el movimiento de los cuerpos formaba una corriente constante. Ella no se apartó. Se acercó hasta que su hombro rozó el mío, y luego, sin romper el ritmo, su cadera se pegó a mi muslo.

Nos quedamos allí, quietos, balanceándonos al compás de la música. Sus ojos estaban fijos en los míos, y en ellos leí algo que no era solo atracción: era reconocimiento. Como si, desde el primer momento, hubiera sabido que yo era de los que miran, de los que esperan, de los que se dejan seducir por lo que se esconde entre lo dicho y lo callado.

—¿Te gusta mirar? —me susurró al oído, tan bajo que apenas pude distinguir la palabra.

Asentí, sin apartar la vista. No hubo vergüenza en ese gesto, solo honestidad.

—A mí también —respondió, y sus labios rozaron mi oreja, solo un roce, como una promesa—. Pero prefiero que me vean mientras me dejo ver.

No supe qué decir. Me limité a apretarle la mano. Ella sonrió, y esa vez sí hubo algo de peligro en esa sonrisa. Me guió hasta una esquina más oscura, donde la luz del neón apenas llegaba, y el silencio era más espeso que el ruido de la fiesta.

—¿Sabes qué es lo más erótico? —preguntó, mientras sus dedos trazaban círculos pequeños en mi antebrazo—. No es lo que se ve, sino lo que se imagina.

Me incliné, acercándome lo suficiente para sentir su respiración en la piel.

—¿Y qué imaginas tú?

Ella no respondió de inmediato. En cambio, llevó su mano libre hasta mi cuello, y con la yema del pulgar, rozó la línea de mi mandíbula. Su tacto era lento, deliberado, como si estuviera leyendo algo en mi piel.

—Imagino que me quitas el vestido con los ojos —dijo—. Que no necesitas tocar para saberte adentro.

Su voz era un susurro, pero en ese susurro había fuego. Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba antes de que mi mente pudiera detenerlo: la tensión en el estómago, el calor que subía por el pecho, la forma en que mis pestañas temblaron cuando su mano descendió hasta mi pecho, sin presionar, solo dejándose caer, como si ya supiera que no necesitaba más.

—¿Y si te digo que ya lo he hecho? —le confesé.

Ella se apartó un poco, solo lo suficiente para verse en mis ojos. Y entonces me besó.

No fue un beso de pasión desbordada. Fue un beso lento, profundo, como si estuviera aprendiendo mi sabor, como si cada milímetro fuera un territorio nuevo. Sentí su boca tibia sobre la mía, sus labios ligeramente secos, pero cálidos, y la forma en que su lengua rozó la línea de mis dientes antes de permitirme entrar. No hubo prisa. Solo la certeza de que eso era lo que ambos queríamos, y que lo haríamos con calma, paso a paso, sin miedo a lo que pudiera surgir entre los dos.

Cuando se separó, su respiración era más agitada, y sus ojos brillaban con algo que ahora sí reconozco como deseo puro, sin disfraz.

—Entonces… ¿quieres que sigamos imaginando? —preguntó.

Asentí. No con palabras, sino con el cuerpo, con la forma en que mis dedos volvieron a apretar los suyos, con la forma en que mi pulgar rozó su pulso, acelerado bajo la piel fina de su muñeca.

No fuimos a ningún cuarto. No necesitamos. En el rincón oscuro, entre risas contenidas y besos que se repetían como un mantra, nos permitimos ser lo que éramos: dos adultos que saben lo que quieren, y que no tienen prisa por apresurar lo que ya está sucediendo. Ella apoyó su frente contra la mía, y mientras la música seguía sonando al fondo, me susurró:

—Tú me miras, y yo te dejo. Pero recuerda: lo más bello está en lo que se oculta.

Y yo, en ese instante, supe que tenía razón. Porque lo erótico no está en lo que se ve, sino en lo que se deja entrever, en lo que se espera, en lo que se sueña antes de que llegue.

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