Lo que pasó en la fiesta de los Mora
Yo nunca pensé que un viernes cualquiera me iba a cambiar la forma en que veo el mundo, y sobre todo, la forma en que me mira mi marido. Todo empezó porque mi vecina de enfrente, Laura, me invitó a una “fiesta tranquila” en su casa. Ella es rubia, de ojos verdes que parecen mirarte hasta al fondo del alma, y una sonrisa que te deja sin aliento. Casada con Carlos, un tipo callado, de hombros anchos y manos grandes que siempre me han parecido un poco duras… pero de esos que saben cuidar.
La primera vez que fuimos a su casa a tomar un café, después de que me ayudó a cargar las bolsas del supermercado una tarde que llovía a cántaros, me dio la impresión de que era una persona fría. Pero no. Al contrario. En cuanto empezamos a hablar, soltó una carcajada que sonó como campanitas, y me dijo: “Mija, si tú supieras lo que se me ha ocurrido últimamente…”. No entendí bien qué quería decir, pero me puso nerviosa, con ese cosquilleo en la nuca que solo dan las ganas de algo prohibido.
A los días, me mandó un mensaje por WhatsApp: *“¿Y si un viernes nos juntamos con Carlos y tu marido a tomar algo? Nada formal, solo amigos. ¿Qué dices?”*. Me costó aceptar. No por celos —que no soy de esas—, sino porque la idea de compartir a mi hombre, aunque fuera con otra pareja, me daba vueltas en la cabeza como una mariposa loca. Pero mi esposo, Diego, ese que tiene el pelo negro despeinado y las arrugas alrededor de los ojos que le pone el sol de Medellín, me miró con esa sonrisa tímida de siempre y dijo: “¿Por qué no? Si a ti te gusta, yo no tengo nada en contra. Somos adultos, ¿no?”
Y así fue como, tres semanas después, nos encontramos los cuatro sentados en el sofá de Laura y Carlos, tomando vino tinto barato pero rico, de esos que se consiguen en la bodega de la esquina y que saben a promesas viejas.
Diego ya iba relajado. Había tomado dos copas y reía con las bromas de Carlos, que no decía mucho pero cuando lo hacía, salía con algo que te hacía pensar. Laura, por su parte, se sentó justo a mi lado, con las piernas cruzadas, una falda corta que dejaba ver sus muslos suaves y bien cuidados, y un perfume que me recordó a las flores del jardín de mi abuela. Me pasó la copa para brindar, y en ese instante, su dedo rozó el mío. Lento. Intencional.
—¿Te gusta esto? —me susurró al oído, con voz de seda—. Es vino de la zona. Como para perder el control.
No supe qué responder. Solo sonreí, con la cara ardiendo.
La conversación se fue calentando. Carlos contó una anécdota de cuando trabajaba en un hotel en San Andrés, con parejas que alquilaban suites por días… y no solo para dormir. Diego lo miró con curiosidad, y entonces Laura, sin perder la sonrisa, apoyó su mano en la rodilla de su esposo y dijo:
—¿Y qué te parece si hoy no solo tomamos vino, Carlos? ¿Y qué te parece si probamos algo más…?
Diego dejó su copa sobre la mesa, con un sonido sordo. Carlos no dijo nada. Solo levantó la vista y la miró, fijamente. Y luego, muy despacio, asintió.
Fue como si el aire se hubiera vuelto espeso. Todo me daba vueltas en la cabeza. ¿Estaba pasando de verdad? ¿Estaban hablando de lo que yo pensaba que estaban hablando?
—Nosotros no somos de esos —dije, intentando sonar firme—. No sabemos ni por dónde empezar.
Laura me miró, y en sus ojos vi algo que me hizo temblar: comprensión. No burla, no presión. Solo calma.
—No se trata de empezar —me dijo—. Se trata de dejarse llevar. Una noche. Sin reglas. Solo ganas. Y confianza.
Y entonces Diego, que hasta entonces había estado callado, me tomó la mano. Sus dedos estaban cálidos, pero su palma sudaba un poco. Me miró a los ojos y me dijo:
—¿Y si lo hacemos? ¿Solo por curiosidad? ¿Solo para ver cómo se siente?
Yo no supe responder. Pero asentí. No con miedo. Con ganas. Porque algo en mí sabía que esa noche cambiaría todo.
Carlos se puso de pie, fue al cuarto y volvió con una botella de ron. Lo abrió con un chasquido seco, lo sirvió en vasos pequeños, y nos lo pasó. Todos lo tomamos. Y en ese momento, el ron ya no sabía a alcohol. Sabía a promesa.
Laura se levantó, se acercó a mí y me puso una mano en la cintura. Me besó en la mejilla, lento, con la boca humedecida. Y luego, con la misma lentitud, me arrancó el lazo del pelo y me soltó el cabello.
—Tienes un cuello hermoso —dijo, bajando la mano por mi espalda—. Suave. Como el cristal.
Diego se levantó también, y se puso frente a Carlos. Los dos se miraron, sin hablar. Carlos fue quien primero movió la mano, y la colocó sobre el pecho de Diego. Le quitó la camisa, lentamente, como si cada botón fuera un secreto que se iba descubriendo. Diego no parpadeó. Solo respiró hondo y dejó que lo despojaran.
Laura me empujó suavemente hacia la cama. No fue una orden. Fue una invitación. Y yo fui. Mis piernas me llevaban, pero mi corazón corría más rápido que mis pasos.
La cama era grande, de círculos dorados en el cabecero, con sábanas de algodón egipcio que olían a limón y a algo más… algo que no pude nombrar. Laura se sentó a mi lado, me desabotonó el blusón, y me dijo:
—¿Te gusta que te toquen? —me preguntó, con los ojos bajos, mientras sus dedos rozaban la tela de mi sujetador—. ¿O prefieres que te domine?
No supe qué responder. Pero me puse de pie, le deshice el cierre de la falda, y la ayudé a quitársela. Bajo la tela, llevaba una tanga de satén negro, ajustado, que marcaba su culo redondo, firme. Me costó respirar.
—Entonces… —dije—. Quiero que me mames.
Ella rió, bajo y cálido. Me agarró de la nuca y me besó en la boca. Fue un beso profundo, con lengua y sabor a vino y a algo dulce. Y cuando se separó, me susurró:
—Vas a aprender a pedir bien, mija.
Diego y Carlos ya estaban desnudos. Diego tenía un pito pequeño pero bien formado, con los testículos colgando suaves. Carlos, en cambio, era más grande, más carnoso, y con vello oscuro en el vello púbico que brillaba bajo la luz del velador. Se miraron, y luego Diego se acercó a mí. Me puso las manos en la cintura, me giró, y me empujó suavemente hacia la cama.
—Acuéstate boca abajo —me dijo—. Quiero ver cómo te gusta.
Lo hice. Me recosté sobre el pecho, con las piernas ligeramente separadas. Laura se sentó a mi lado, me separó las nalgas con las manos, y me besó en el centro. Un beso húmedo, lento. Luego, con la lengua, me trazó un círculo alrededor de la entrada. Me estremecí.
—No te muevas —dijo Carlos, con voz grave—. Déjate llevar.
Y Diego, mientras tanto, me besaba la espalda, con los labios húmedos, con las manos temblando un poco. Me pasó una mano por la cadera, subió hasta el seno, y me apretó suavemente. Me mordió la oreja.
—Qué rico está esto —susurró—. Como si estuviéramos robando algo.
Laura me abrió con los dedos, y me metió uno. Lento. Me miró por encima del hombro. Yo le sonreí. Ella asintió, y metió el segundo. Me estiré, con los dedos aferrados a la sábana. Me sentía llena. Me sentía *viva*.
—¿Quieres que te meta el pito? —me preguntó Carlos, ya a mi lado, con el pito duro, apretado contra mi cadera.
Asentí. No con la cabeza. Con el cuerpo. Con la respiración. Con el silencio.
Diego se puso de pie, se acercó a Carlos y le puso la mano en la espalda baja. Lo empujó hacia atrás. Carlos se giró, lo agarró por los pelos y lo besó. Fue un beso salvaje, con dientes y lengua. Y mientras se besaban, Laura me sacó los dedos, se puso sobre mí, y me separó las piernas con las suyas.
—Ahora sí —dijo—. Quiero verte gozar.
Se sentó encima de mí, con el culo hacia arriba, y se metió el pito de Carlos. Yo vi cómo se lo tragaba todo. Cómo su cuerpo se hundía, cómo sus musculos se estiraban. Grité. No de dolor. De asombro.
Diego me tomó del pelo y me tiró hacia atrás. Me besó en el cuello. Me mordió la oreja. Y me susurró al oído:
—Mira cómo te la mame, mi amor. Mira cómo se la come.
Y yo miré. Vi cómo Carlos le metía y sacaba el pito, con fuerza. Vi cómo su culo se movía, como dos esferas que rebotaban. Vi cómo Laura abría los ojos, con la boca entreabierta, con los labios temblando. Y vi cómo Diego me apretaba los pechos, con las uñas, y me decía:
—Dime que te gusta. Dímelo.
—Me gusta —susurré—. Me gusta verla. Me gusta que te mire. Me gusta que me toques.
Carlos se sacó a Laura de encima. La dio vuelta y la puso boca abajo. Le apartó las nalgas, y me miró:
—¿Quieres que te lo meta por atrás? —me preguntó—. ¿O prefieres que lo haga con ella?
—Con ella —dije—. Quiero verla sufrir.
Diego rió. Carlos también. Y entonces, él se puso sobre Laura, le levantó las caderas, y se metió en ella otra vez. Fue más fuerte. Más lento. Y mientras lo hacía, Diego se puso entre mis piernas, me abrió con las manos, y me puso la lengua encima. Me lamía con fuerza, con ganas. Me mordía el clítoris. Me hacía gritar.
—No te detengas —le dijo Carlos a Diego—. No la detengas.
Y yo no me detuve. Me dejé llevar. Me dejé comer. Me dejé mamar. Y cuando Carlos se corrió dentro de Laura, con un grito que sonó como un lamento antiguo, Diego me puso los dedos en la entrada, y me metió dos. Me corrimos al mismo tiempo. Ella con el pito dentro, yo con los dedos, y Diego con la boca pegada a mi cuello.
Cuando todo terminó, nos quedamos tumbados, sin hablar. Laura se levantó, fue al baño, volvió con una toalla húmeda, y nos limpió. A mí me secó el culo, con cariño. A Diego le besó la frente. A Carlos le puso una mano en el pecho y le dijo:
—Hoy ganamos.
No supe qué responder. Solo la miré. Y entonces Carlos se sentó a mi lado, me tomó la mano, y me dijo:
—¿Te gustaría volver a hacerlo?
Asentí. No con la cabeza. Con el corazón.
—Porque yo sí —dijo—. Porque hoy no fue pecado. Fue descubrimiento.
Diego se puso de pie, me ayudó a levantarme, y me abrazó. Me besó la frente.
—Gracias —me dijo—. Por dejarme ver esto.
Laura se acercó, me besó en la boca, y me susurró:
—La próxima vez, te mamaré yo. Y nadie más.
Y yo, con el cuerpo aún vibrando, con la boca seca y el alma desnuda, le sonreí y le dije:
—Entoncesprepárate. Porque no pienso perderme la próxima.
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