Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi tía
7 minLo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi tía
Yo, Diego, veinticuatro años recién cumplidos, con la vergüenza aún clavada en el pecho como un clavo oxidado, nunca pensé que un simple “hola” en una fiesta familiar pudiera encenderme como una antorcha en seco. Pero ella… ella se llamaba Lucía, cuarenta y nueve años, divorciada, dos hijos ya criados, y una sonrisa que me hizo tragar aire como si me hubieran pegado un puñetazo en el estómago.
La conocí porque mi tía me empujó hacia su mesa —“Diego, ven a saludar a Lucía, que es amiga de tu mamá desde antes de que tú nacieras”—. Yo, con mi camiseta un poco apretada en los hombros y los pantalones nuevos que me picaban en los tobillos, le extendí la mano. Ella, sentada en un sofá de terciopelo rojo, me miró de arriba abajo sin rubor, con esa lentitud de quien ya ha visto mucho y le encanta lo que descubre. Me tomó la mano, no la estrechó, sino que la rozó con el pulgar, como si estuviera comprobando la textura de un vino nuevo.
—¿Y qué te trajo por aquí, Diego? —preguntó, con una voz grave que se le envolvía en el acento del DF, pero con ese toque de Toluca que le dejó su exmarido, según me dijo después—. ¿Te dejaron venir solo o tu mamá te puso un rastreador en el celular?
Yo me reí, nervioso, con las manos sudando ya. —Mi tía me obligó. Dice que debo “salir más”, que me encierro con mis videojuegos y mi café.
Lucía soltó una risita baja, casi un gruñido, y se levantó con esa elegancia que solo dan los años: no apresurada, no torpe, sino con una seguridad que no se compra ni se estudia. —Pues te va a gustar salir más, hijo. Porque hoy vas a descubrir que el mundo no gira solo alrededor de tu pantalla.
Me ofreció una copa de vino tinto. Yo acepté. Ella, en cambio, se sirvió una medida generosa de tequila, lo bebió de un trago y luego me lo mostró con una ceja levantada. —¿Otra vez?
—No, yo ya me he quedado sin palabras —dije, jugando con la copa—. Con solo mirarme así, usted ya me las quitó.
Su mirada se volvió más densa. No era burla, tampoco indulgencia. Era algo más… evaluativo. Como si estuviera midiendo si valía la pena que me dejara caer en su juego. Y sí, lo hizo.
—¿Sabes cuántas veces he estado en una fiesta como esta, con hombres jóvenes que se ponen rojos al hablar conmigo? —se acercó más, y su perfume, jazmín y cuero, me golpeó en la nariz como una ola—. Tantas que ya no las cuento. Pero ninguna vez me ha dicho algo tan honesto… ni tan peligroso.
Me llevó al balcón, entre risas y silencios, mientras el mariachi sonaba más lejos y el cielo de la ciudad se tiñó de naranja y violeta. Allí, apoyada en el barandal, con la falda acortada que le marcaba las caderas anchas y las piernas largas, me preguntó: —¿Te gustan las mujeres que saben lo que quieren?
—Sí —respondí, con la garganta seca—. Pero… yo no sé si soy capaz de seguir el ritmo.
—No tienes que seguirlo, Diego —dijo, y esta vez me tocó la mejilla, con la yema de los dedos—. Solo tienes que dejarte llevar. O no. La decisión es tuya. Pero si te quedas aquí, sin hacer nada, mañana recordarás este momento como el día en que dejaste pasar algo… bonito.
Me mordí el labio. Me miró los ojos, y en ese instante supe que no era solo una mujer bonita con experiencia. Era una mujer que sabía que tenía el poder, y que no lo usaría si yo no se lo daba. Me incliné, sin pensar, y besé su cuello, suavemente, con la punta de los dientes. Ella exhaló un suspiro largo, casi un gemido, y me tiró suavemente de la camiseta.
—Vamos abajo —susurró—. Mi cuarto. Tengo un par de botellas escondidas, y no quiero que nadie nos vea hacer el ridículo.
Su cuarto estaba al final del pasillo, con la puerta entreabierta y una luz tenue que dejaba ver el reflejo de un espejo grande. Me hizo entrar con un gesto de la mano, y cerró tras de nosotros. El silencio fue más espeso que el viento en verano. Me deshice de la camiseta sin pedir permiso. Ella no se movió. Solo me observó, con los codos apoyados en la mesita de noche, y se mordió el labio inferior.
—Tienes buen cuerpo, Diego —dijo—. Joven, firme… pero aún no has aprendido a usarlo. Aún no sabes que la verga más dura no es la que se mueve más rápido, sino la que sabe esperar.
Me senté en el borde de la cama, y ella se puso de rodillas frente a mí. No fue precipitado. Fue lento. Me desabotonó los pantalones con dedos seguros, y cuando saqué la verga, ya dura y palpitando, ella la sostuvo con ambas manos, como si la pesara, como si midiera su peso en la palma.
—¿Cuánto tiempo hace que no te la meneas? —preguntó.
—Dos semanas —mintí.
Ella rió, baja y gutural. —Mentira. Te veo temblar. Te veo sudar. Ya te dije que no tienes que fingir conmigo, Diego. Aquí no se juega. Aquí se coge, se chinga, o se sale. Tú eliges.
Me incliné hacia adelante, y le pasé los dedos por el cuello, por la nuca, por el cabello suelto que olía a humo y a promesas. Le desabroché el sostén con un solo gesto, y sus pechos cayeron suaves sobre mis manos. Maduros, pesados, con pezones morenos y hinchados. Ella cerró los ojos, y esta vez sí soltó un gemido, corto, contenido.
—Tú no sabes lo que me haces, Diego —susurró—. No sabes cuánto me gusta que me toques así, como si no tuvieras miedo de romperme. Pero yo no me rompo. Yo me abro. Para ti.
Me tiró de la cabeza hacia adelante, y puse mi lengua en uno de sus pechos. Ella gritó, apenas, un “ahh”, como si hubiera estado esperando ese momento desde hace años. Me levanté, y ella se deslizó la falda por las caderas, quedando solo con la ropa interior de encaje negro. Me señaló la cama con un gesto. —Acuéstate. Yo me encargo de ti.
Me acosté, y ella se subió, abriendo las piernas sobre mis costados. Me besó de nuevo, y esta vez su lengua entró en mi boca con seguridad, y yo sentí su cuerpo contra el mío: caderas anchas, nalgas duras, pechos pesados sobre mi pecho. Me separó un poco, y me miró a los ojos mientras se deslizaba la ropa interior por las caderas.
—¿Me quieres? —preguntó, con la verga ya pegada a su labio inferior.
—Sí —susurré.
—Entonces no me preguntes. Cógeme.
Me puse sobre ella, y cuando la entrada, húmeda y caliente, me aceptó, sentí que el mundo se detenía. No fue rápido. No fue agresivo. Fue lento. Profundo. Ella me guío con las caderas, y yo me dejé llevar. Sus manos me agarrotaron los hombros, y sus gemidos, cada vez más fuertes, me decían que no era un chico más. Que era el único que estaba ahí, en ese momento, con ella.
—Sí, Diego… sí… así… no pares… —me decía, con los ojos cerrados y la boca entreabierta—. Eres mejor de lo que pensaba… mejor de lo que cualquiera me ha dado en años.
Y cuando ella llegó, gritó mi nombre como una plegaria, como una maldición, como una promesa. Y yo, con las manos en sus caderas, sentí que mi verga se inflamaba dentro de ella, y que todo se volvía oscuro, y cálido, y mío.
Después, tumbados boca arriba, ella me pasó un dedo por el pecho, y me dijo: —¿Te gustó, Diego?
—Sí —respondí—. Pero no fue mi primera vez.
—No —dijo, y me sonrió—. Pero sí la más intensa.
Y entonces, con esa voz que ahora me pertenece como un secreto compartido, me susurró al oído: —Mañana, si quieres, volvemos a jugar. Pero esta vez, no te escondas. Porque yo sé lo que quieres… y tú ya sabes lo que yo quiero.
La miré. Y en su rostro, no vi edad. Vi deseo. Vi experiencia. Vi vida. Y por primera vez, sentí que yo también era adulto. Que yo también valía. Que yo también podía ser el hombre que una mujer como ella necesitaba… por una noche, o por muchas.
¿Te ha gustado? Valóralo